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La guerra deja heridas indelebles en la vida de un campesino, de un indígena o de cualquier colombiano, aún el de las ciudades, que de una forma u otra ha padecido los males de su causa.

Seguramente usted y yo (los citadinos) no podemos esclarecer con precisión cuáles son esos males que colateralmente nos ha traído el conflicto. Podríamos pensar en la estigmatización internacional, por ejemplo, o en las oportunidades de negocio que perdió el país por la guerra interna, en el miedo a salir de paseo de una ciudad a otra, etc. Sin embargo, aunque son razones de valor, parecen también minucias cuando se piensa en quienes verdaderamente han visto y palpado la guerra.

En efecto, yo que sigo siendo una entusiasta de lo que espero sea un retorno masivo, en los próximos años, de los desplazados a sus tierras de origen, he tenido que preguntarme si ese soñado retorno es lo que ellos, los realmente afectados, quieren.

Pues es, desde luego, revelador que una encuesta realizada por Codhes encontrara que el 18 por ciento de los desplazados en 1999 y así hasta entrado el 2000, escapara de sus territorios por temor y no por amenazas directas o atentados en su contra.

Debo confesar entonces que no logro entender del todo cómo el miedo puede ser mayor que la esperanza del retorno; sin embargo, ahí está precisamente el punto. El colombiano “promedio” no entiende las heridas de la guerra que no quedan inscritas en la piel, sino en lo más profundo de la existencia de una persona que lo ha sufrido todo.

Por eso es tan complicado ejecutar un plan de retorno de víctimas del desplazamiento forzado, cuando se tiene en cuenta que Colombia, con aproximadamente 6 millones de desplazados internos, contando a los de desaparición y secuestro, es el país en que más se comete este atropello contra los derechos humanos en el mundo.

Es decir, cuando un desplazado hoy dice que no está interesado en devolverse al campo ni en aplicar a los planes de restitución de tierras ni en saber nada sobre ese pasado que dejó hace años ya, hay que entender la razón de fondo.

Primero, muchos de los desplazados se han asentado en las ciudades por más de una década. Aquí, han llegado a municipios aledaños, como es el caso de Soacha. Han construido casas, redes de apoyo y de trabajo, barrios enteros constituidos principalmente por desplazados; lo que les ha dado una suerte de identificación cultural que les ha permitido, a algunos, echar raíces en las ciudades.

Sus hijos ya no son campesinos, sino que han nacido entre los edificios, los centros y los barrios de invasión. Muchos de ellos no saben labrar la tierra ni están dispuestos a aprender…y con toda justificación.

Segundo, desde el primero de diciembre hasta hoy han asesinado a 17 líderes sociales. Sin duda, este número no es un gran incentivo para quienes quieren regresar. Los señores de la guerra harán hasta lo imposible para ponerle palos a la rueda, porque vivir de la muerte es tan rentable como vivir de las drogas. Desde antes de los años 80, cierto sector comprendió, incluido el Estado, que es más fácil hacer la guerra que hacer la paz y, sobre todo, más popular.

Por otro lado, sí están sucediendo cosas positivas. Por mencionar alguna, en Betulia, Antioquia, más de 3100 familias que habían tenido que marcharse a Medellín y a otros lugares del país, están listas, con la entrega de sus parcelas y casas, para regresar. Allí, se espera un plan de transición y adecuamiento para que puedan volver a trabajar la tierra.

También está el caso puntual de Carolina Torres Posada, a quien los paramilitares le habían dado 24 horas para dejarlo todo e irse. Ella era muy joven cuando sus papás empacaron en menos de 6 horas y tuvieron que dejar Urabá para buscar una nueva vida. Después de 10 años ha regresado a su finca. Le han dado 24 millones de pesos distribuidos en mejorar el terreno, la casa y en comprar cabezas de ganado.

Usted estará pensando finalmente en toda la plata que se roban, en todos los casos que no son como los de las familias de Betulia o el de Carolina, en todo lo que no se ha hecho y en cientos de negativas que a mi también me pueden resultar; pero hay algo que siempre será invaluable y es la cada Carolina que existe en el país y a la que se le puede regresar su derecho fundamental de devolverse al territorio de origen y tener una vida digna, si así lo quiere, y si no de dársela en donde le plazca.

La guerra sin duda deja heridas indelebles, pero eso no significa que la paz no pueda dejar recuerdos implacables.

 

 

 

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Algo he aprendido del Periodismo y de la Literatura y es que no son profesiones, oficios o prácticas, son vocaciones ligadas a un amor inmenso por la sociedad y, sobretodo, por las historias. El periodista entrega su vida a las letras, igual que el literato. El primero, es un intermediario de los tantos muchas veces silenciados, y el segundo es un ladrón de realidades. Por mi parte, como estudiante de ambas, me declaro una eterna enamorada de este estilo de vida, y desde ya prometo entregarlo todo a la curiosidad y a la búsqueda de relatos.

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