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Hace poco me pararon en un retén de tránsito por exceso de velocidad. No importó cuánto rogué, pataleé, lloré y discutí, no pude hacer nada para evitar el comparendo. No importó la creatividad en las excusas, que mi mamá estaba enferma e iba a recogerla para llevarla al hospital, que tenía dolor de estómago, que se me dañó el velocímetro, que el novio de mi abuelita se estrelló en la Harley Davidson, que iba tarde para ver el partido de James. El agente de tránsito solo se limitó a decir: “Viejo, me toca ponerle el comparendo, ¿no ve que yo tengo una cuota diaria para cumplir?” Siguió escribiendo en la fatídica libreta azul, me entregó el comparendo con mis papeles y me fui.

No importa cuánto lo nieguen, el asunto de las cuotas de comparendos es un “secreto” a voces desde hace mucho tiempo. Lo he escuchado de muchos conocidos y la verdad nunca me escandalizó. De hecho siempre me pareció un muestra más del ingenio colombiano. Me imaginaba un grupo selecto de economistas, políticos y sociólogos brillantes, reunidos en el cuarto oscuro donde se toman las decisiones que de verdad importan, con miles de hojas de estudios en la mesa, preguntándose qué es eso que los colombianos hacemos bien y podríamos vender. Y la conclusión es que lo que mejor hacemos es quebrar la ley. ¿Entonces por qué no sacarle plata a eso? ¿Por qué no aumentar el presupuesto distrital y nacional con nuestro talento? ¿Por qué no entender el comparendo como un producto nacional, a los agentes de tránsito como vendedores, y crear un negocio? La demanda existe. Donde quiera que miremos, hay alguien mal parqueado (en el sentido literal y en el otro también), excediendo el límite de velocidad, violando el pico y placa o hablando por celular. Me pareció hasta buena idea las cuotas de comparendos, es igual que las metas de ventas de las empresas. Somos pioneros mundiales en monetizar el mal comportamiento.

Pero aunque sea creativo, por supuesto que tenemos que reaccionar frente a este abuso. El problema es que vamos a reaccionar con análisis que no nos lleva a nada. Vamos a decir que se está generando corrupción en la policía. Que es por lo menos éticamente cuestionable que la policía esté para castigar y no prevenir, que el agente no debería estar escondido detrás de un arbusto para coger al que hizo el giro prohibido sino que debería estar evitando que la gente lo haga. Que esto de castigar y no prevenir se parece a la política antidrogas. Que la meta debería ser cero comparendos, pero eso traerá miles de millones de pesos en sobornos. Que seguro esta es la forma de cubrir huecos en el presupuesto del distrito. Que de nada sirve, porque siempre que cogen a un conductor de bus sale la noticia de que debe 80 millones en multas y sigue manejando. Pero más allá del análisis improductivo necesitamos pensar en cómo vamos a responder como sociedad frente al cuestionable comportamiento del distrito y de la policía. Cómo nos vamos a rebelar y hacer respetar como ciudadanos en una sociedad moderna. Y la respuesta, francamente, es muy aburrida.

No hay que hacer caminatas ni protestas, ni inventar comparendos ciudadanos a los policías. No hay que demandar a la policía ni echar a las cabezas. Si el problema es de plata, lo mismo pasará con los nuevos La revolución contra este abuso es una muy diferente. Lo que tenemos que hacer es no dar papaya. Que los agentes de tránsito no tengan razón alguna para poner comparendos. Que el distrito se vea decepcionado y abrumado por la inhabilidad policial de ponernos multas. ¿Qué tal una revolución así? Que en las calles, cada que miremos el tráfico, veamos la ciudad fluir sin carros mal parqueados, que se reduzcan los accidentes por exceso de velocidad, que todos los vehículos tengan sus papeles en regla, que nadie haga giros prohibidos ni contravías. Que se reduzca la cantidad de policías pendientes de poner multas y se aumente aquellos que se dedican a la seguridad ciudadana. Podrá no ser una revolución digna de contar a nuestros hijos y nietos, con marchas y conciertos y hashtags. Pero a veces, sobre todo en este país, seguir la ley puede ser el acto más revolucionario que podemos hacer.

@viboramistica

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Ingeniero Industrial y periodista de la Universidad de los Andes. Empresario y propietario del restaurante Casa Bizarra, y experiencia profesional en investigación y mercadeo con multinacionales en Latinoamérica. Bloguero y colaborador en varios medios en internet.

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