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De vez en cuando sale la noticia de que muere un joven en un robo, seguido de la rasgadura de vestiduras usual: “País de mierda”, “País en la que la vida vale lo que vale un celular”, “Acá la vida no se respeta” o “Los colombianos somos unos hijueputas”, y todos los titulares de prensa, todos los policías y todos los analistas dicen “Al joven lo mataron por robarle el celular”. Pero lo cierto es que a uno no lo matan por el celular. Cuatro hombres armados, si van por el celular de alguien, pueden hacerlo de muchas formas sin necesidad de matar. Pueden rapar. Pueden amenazar. Pueden reducir físicamente a la víctima y arrancarle el aparato. En últimas pueden herirlo o golpearlo, pero es innecesario matarlo. La cosa es que hay gente ahí afuera que sale armada a la calle y sale a matar, con la excusa de un celular, de una billetera, de una chaqueta o un reloj. Que salen con sed de sangre a divertirse con la vida de cualquier inocente. Que eso es lo que somos.

Nada nos produce más angustia que saber que son muy pocas las cosas que podemos controlar. Que no podemos controlar el clima, ni los fenómenos naturales, ni nuestra salud, ni las decisiones de los demás ni las tragedias. Entonces contratamos chamanes, rezamos, cargamos amuletos o inventamos sistemas sofisticados de cálculo y predicción para sentirnos seguros. Y aunque es inútil, nos sirve para sentir que entendemos el mundo y que lo tenemos bajo control. Que siempre podemos hacer algo al respecto.

En cuanto al asesinato, lo primero que hacemos es justificar la muerte. A él lo mataron por el celular. Al otro lo mataron porque se acostó con la esposa. Lo mataron por apoyar al equipo contrario. Lo mataron porque no dejó dormir a los vecinos. Lo mataron por grosero o altanero. Lo mataron por tratar de defender a una mujer. Y lo hacemos para tratar de darle sentido a la muerte, darle una explicación al asesinato. Pero el hombre es una animal violento, nos matamos entre nosotros con cualquier excusa, y nos hemos vuelto bastante buenos en eso. Tenemos armas cada vez más sofisticadas, y matamos con gases, con jeringas, con aviones no tripulados, con bombas y balas, por petróleo o por seguridad o por religión o por plata o por honor, pero el caso es que simplemente nos matamos. Somos una especie animal que se mata por cualquier excusa y nada podemos hacer para evitarlo. Y no solo matamos a sangre fría, sino que pagamos asesinos a sueldo, matamos con licor, drogas o medicinas adulteradas, matamos con máquinas defectuosas, matamos manejando borrachos, matamos y matamos.

Pero la indignación nos empuja a hacer algo al respecto. Entonces culpamos al alcalde por la seguridad en la ciudad, culpamos a la Policía por no estar alerta y no tener un policía en cada esquina, culpamos al Parque Nacional por no estar lo suficientemente iluminado, culpamos a los vendedores de celulares robados por ser parte de la mafia asesina, y culpamos a los operadores de telefonía celular porque no hacen lo suficiente para evitar el robo de celulares. Entonces construimos cárceles, doblamos la fuerza policial, iluminamos la ciudad, endurecemos las penas y bloqueamos los celulares robados a nivel mundial para sentirnos seguros. Y eso está bien. Es lo que podemos hacer para sentir que hay algo que está bajo nuestro control. Pero lo cierto es que no podemos hacer nada. No hay suficientes bombillos, suficientes policías, suficientes cámaras o alarmas o jueces o celdas que nos puedan salvar de nosotros mismos. Estamos a merced de nuestra propia humanidad. Nada podemos hacer para evitar que un hombre mate a una mujer en un parque, que otro mate a su esposa en un centro comercial, o que maten a un joven en una esquina en la madrugada. Eso es lo más angustioso y desesperanzador, que somos una especie asesina, y que estos actos de violencia irracional y dolorosa está fuera de nuestro control. Y seguirán pasando, irremediablemente, aquí o en cualquier parte del mundo. No hay nada que podamos hacer.

Ahora, no se qué hacer con esta información. También soy consciente de que es una generalización, y que hay factores socioeconómicos, culturales, educativos y políticos en juego que hacen a Colombia un país particularmente violento. Que hay que tener a los asesinos en las cárceles, controlar el tráfico y porte de armas, acabar con las mafias y tener policía y jueces más efectivos. Pero también sé que los resultados serán mínimos. Que cualquier loco puede salir a las 2 de la mañana o a las 4 de la tarde con el cuchillo de la cocina y apuñalar un transeúnte, y que diremos que lo mataron por la chaqueta de cuero y endureceremos más las penas y regularemos la venta de chaquetas, y nos sentiremos bien hasta el siguiente asesinato. Sé que no estoy ayudando ni aportando nada, porque no tengo una solución. Pero si lo escribo, siento que algo de eso está bajo mi control. Todos somos iguales.

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Ingeniero Industrial y periodista de la Universidad de los Andes. Empresario y propietario del restaurante Casa Bizarra, y experiencia profesional en investigación y mercadeo con multinacionales en Latinoamérica. Bloguero y colaborador en varios medios en internet.

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