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(esta es la última parte de una historia real que comenzó acá)

Y… ¿para qué escribir una historia sobre una persona que se quemó la pierna hace trece años y que, de hecho, hasta él ya lo había olvidado?

Una respuesta inmediata es la obvia: me dediqué una semana entera a escribir esa historia por puro narcisismo. De pronto no estaba recibiendo suficiente atención y encontré una historia perfecta para recobrarla. Conociéndome, hasta de pronto eso es cierto entonces dejémosla como una opción válida.

Otra posible respuesta es que escribí esto por sádico: como lo parecieron hacer los directores de Biutiful y Precious, la idea era destruir la moral de quienes leyeron esto y no enseñarles casi nada en el proceso (igual ya sabían que la vida es terrible y que su finalidad es la muerte). Ese objetivo lo logré sin tenerlo, como bien me lo hicieron saber varias personas cada vez que publiqué una entrada nueva.

Pues no, yo escribí esto por tres razones. La primera fue porque era una terapia que necesitaba, y que de hecho recomiendo a cualquiera: si tiene algo por ahí metido en la mitad de su estómago que no le deja pensar, entre al baño…. o escríbalo todo y sin parar de escribir. Escríbalo rompiendo el teclado de la rabia y hasta que se ponga a llorar y dedíquele por lo menos una hora diaria a ese ejercicio hasta que ya no tenga nada más que contar. No olvide hacerle corrección de estilo y asegurarse de que no está siendo excesivamente grosero, pero escríbalo y decida luego si lo va a publicar o si lo va a quemar o guardar bajo llave o dentro de esa cajita fuerte de la que solo usted tiene la llave y que solo la pueden leer cuando muera. Cualquiera que sea su decisión, sepa ud que escribir es mucho más barato que una terapia y a veces más efectivo. Que el álgebra del lenguaje de Vygotsky les haga libres, camaradas.

La segunda razón por la que hice esto es porque me pareció una buena manera de convencer a alguien de que echar pólvora (o hacer cosas prohibidas por los papás en general) está mal. Poder describir en tanto detalle el proceso entero, sus consecuencias y las dificultades que eso implicó puede haberle demostrado a una que otra persona que no es tan chévere jugar con pólvora – en sentido real y figurado. Kohlberg estaría orgulloso de mí, y de hecho uno de los comentarios que recibí a estos posts fue que era bueno poder describirlo por esa razón. Al mismo tiempo me di cuenta que estaba “dándole voz” a quienes no la tenían y que habían pasado por algo similar – esto lo supe a raíz de otro comentario que recibí agradeciéndome por escribirlo.

La tercera razón es porque, pensándolo durante mucho rato, me di cuenta que esa experiencia de quemarme la pierna y recuperarme me había enseñado muchas cosas, y había hecho posible que yo me volviera como soy, y que tal vez era necesario describir eso en mayor detalle para quien quisiera entenderlo. Haberme quemado la pierna hizo posible que yo aprendiera a resistir ciertas cosas más que otras, que fuera un poco más intenso y perseverante ante otras, y que lograra cosas que de otra manera no habría logrado. Al final, fue una manera difícil de formar mi carácter, con lo bueno y lo malo que eso implicó – que lo atestigüen quienes tratan de tomarme una foto sonriendo, o quienes se han atrevido a pedir mi opinión sincera sobre cualquier tema. En esto tenía el razón el papá de Calvin (la caricatura, no el filósofo).

De ñapa, gracias a esta experiencia fui declarado inhábil para prestar el servicio militar, que según el ejército fue porque mi operación implicaba un riesgo difícil de especificar pero que no querían ser responsables por lo que pudiera suceder mientras me “entrenaban”. Yo creo que también alguien que vio mi pierna cuasi-destruida en alguna de esas sesiones denigrantes en que nos paraban empelotos ante nuestros compañeros de colegio dijo “pues con esa quemada él ya sufrió lo suficiente para ser Un Hombre, no tiene por qué prestar el Servicio Militar”. Poteito potato, Tomeito tomato (gracias Louis).

Pero en el proceso de examinar milimétricamente esa experiencia de quemar mi pierna me di cuenta de una cosa que tal vez no está relacionada pero que desde ayer me gusta pensar que es cierto: yo monto en bicicleta porque con eso fue que pude demostrar que sí tengo una pierna y que sí funciona. De pronto es pura ridiculez y novelería, pero tal vez tengo algo de razón cuando pienso que soy tan intenso con el tema de las bicicletas por haber estado a punto de perder mi pierna derecha. Si no fuese por eso, yo seguiría feliz con las guitarras eléctricas, oyendo Deep Purple y tocando cualquier pendejada que me enseñara Lemo (mi profesor de guitarra). De pronto si no hubiese acontecido el episodio de la quemada, nunca me habría tumbado la bicicleta de montaña de mi papá de vez en cuando para darle vueltas por el parque y nunca habría vendido la Stratocaster para comprarme la Hawk Hill en 1996. Quién quita, de pronto este blog sería sobre música y no sobre transporte. Como algún psicólogo de saco con parches dijo que la realidad se construye en el lenguaje, pues digamos que mi vida es así porque yo lo acabo de decir.

(y sin más, por fin se terminó esta historia)

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Carlos Felipe Pardo es un colombiano con maestría en urbanismo de la London School of Economics que trabaja en temas de transporte sostenible, desarrollo urbano y calidad de vida. Le ha tocado ir a más de 60 ciudades en Europa, América Latina, Asia y África a dar asesorías, presentaciones y cursos sobre esos temas. Ha escrito libros y capítulos (unos más buenos que otros), varios de los cuales están en la página de su organización Despacio.org

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