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Compartimos con los lectores una versión resumida de la columna publicada en ABC Color.

Muchos son los que me han contactado en los últimos días sorprendidos por el resultado electoral en España del pasado domingo 23 de julio. Puedo entender el asombro, la extrañeza, incluso la consternación de quienes no daban crédito al resultado, sobre todo por parte de quienes querían un cambio. Porque Pedro Sánchez, líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), encarna a la perfección la figura enferma del político sin alma, sin principios y sin escrúpulos, que es capaz de pactar con quien sea para llegar al poder, y de mentir descaradamente al pueblo, como de hecho ha hecho en reiteradas ocasiones, defendiendo que no es grave hacerlo porque “es legítimo cambiar de opinión”, con tal de lograr los acuerdos necesarios para mantenerse al frente del gobierno el tiempo que sea necesario.

 

A todos digo que la sorpresa mayor no es que el partido favorito en las encuestas, el Partido Popular (PP) de centro derecha, no haya logrado el apoyo necesario para gobernar. Por el contrario, la noticia verdaderamente bomba, que para los eruditos en la materia pasará a los anales de la historia electoral española, es el hecho de que el líder socialista haya sacado un millón de votos más que hace cuatro años. Es decir, si en noviembre de 2019 se sintió legitimado para ser presidente con el apoyo de los independentistas, hoy lo estará aún más, a pesar de la pésima gestión realizada.

 

Para los que no estén bien informados de lo que ocurre en España, es decir, para los que sólo saben de España por los canales internacionales y por las agencias de noticias oficiales, bueno es recordar lo que ha supuesto el gobierno de Pedro Sánchez: los mayores escándalos de corrupción de la historia democrática, los pactos con EH-BILDU (el brazo político de la banda terrorista ETA que abierta y públicamente defiende el objetivo de destruir los fundamentos de la nación española como condición previa para el éxito de la independencia), los acuerdos (de impunidad) con golpistas, la supresión del delito de sedición y malversación (que afectaba a los políticos, socios actuales y futuros de Sánchez), la violación flagrante de la separación de poderes nombrando a miembros de su gabinete para cargos en los altos tribunales de justicia, etc., además de las peores cifras económicas de toda la Unión Europea en casi todos los indicadores, junto a una violación de derechos constitucionales de los ciudadanos jamás realizada por un presidente, con la excusa de la pandemia, entre otros muchos “logros”, imposibles de sintetizar aquí, como el gran esfuerzo que hizo Pedro Sánchez durante el 2022, recurriendo a prácticas “chavistas”, para hacerse con el control absoluto de Indra, la empresa encargada de la gestión y difusión del escrutinio de los votos en las elecciones generales.

Sólo una España incomprensible es capaz de premiar semejante actitud, gestión y resultados. Por todo ello, que Pedro Sánchez haya conseguido 1 millón de votos más como recompensa, es algo complicado de explicar: es la España ilegible, insondable, oscura. Pero el misterio y el enigma español no lo es tanto y tiene su explicación, para quien conoce bien lo que es el socialismo y de lo que es capaz de hacer y destruir: todo lo bueno que hay en el ser humano, empezando por su capacidad moral, es decir, la conciencia y la inteligencia de discernir lo que está bien de lo que está mal. Con profundo dolor digo que observo a mis compatriotas como víctimas de un sistema profundamente tóxico, patológico y herido de muerte. Víctimas que se convierten en sus propios verdugos, martirizadores, justicieros. Proféticas suenan hoy para España las palabras de Santiago Rusiñol i Prats: “El trabajo del verdugo no se sabe ni quién lo comienza ni quién lo acaba”. España, como nación, parece en estado de descomposición, proceso natural que se produce cuando algo ha muerto.

 

Un dato que pasó casi desapercibido en su momento cobra hoy máxima actualidad. El pasado 7 de junio, Pedro Sánchez se reunió ante sus grupos parlamentarios del Congreso y Senado de España, para lanzar un discurso que incluyó la siguiente “perla”: “Me acusarán de dar un pucherazo y querrán detenerme”. Bien sabe la neurociencia y la psicología que, a ningún ser humano que esté en sus cabales, se le ocurre manifestar tal locura, a no ser que tenga interiorizada tal posibilidad. No es de extrañar, en el fondo, que una España tóxica, enferma y corrupta tenga a un líder con similares síntomas, indicios y manifestaciones.

 

En todo caso, a mis allegados he explicado que los resultados electorales del 23J no son tan incomprensibles, chocantes y sorprendentes. Pocos días antes de las elecciones, el mismo expresidente José Luis Rodríguez Zapatero manifestó ver de cerca la remontada e incluso una posible victoria por sorpresa. La victoria no se dio, porque ganó el PP de Feijóo, pero sí la remontada, hasta el punto de conseguir que la unión de todos los partidos de izquierdas, más los nacionalistas catalanes y vascos, que buscan la independencia de España, puedan aupar al socialista Pedro Sánchez cuatro años más en el poder.

La remontada socialista tiene muchas explicaciones, pero sin duda un hecho tuvo un rol preponderante: el error garrafal que cometió el líder del PP, Alberto Nuñez Feijóo, al forzar una alianza con el partido de derechas VOX para gobernar una región de España llamada Extremadura, tradicionalmente socialista. Este hecho humillante no solo despertó al socialista dormido, escondido y avergonzado, debido al peor gobierno de la historia democrática española, sino que hizo pensar a muchos ciudadanos de derechas de que era mejor el voto útil al PP, para que pudiera gobernar holgadamente sin tener que pactar con VOX, un hecho que, a la postre, resultó fatídico, para los intereses de Feijóo y de la derecha española.

 

El socialista Gordon Brown, ex primer ministro británico del 2007-2010, alertó de la amenaza de que el modelo de Extremadura se replicara en toda España como fruto de las elecciones del 23 de julio. A su parecer, era una maldición que había que detener por todos los medios posibles, porque Europa no se puede permitir que España se uniera al frente, todavía minoritario, de países europeos que se oponen a la agenda 2030. En cambio, un eje España-Italia sí era algo preocupante que debía evitarse a toda costa. Según Brown, había que impedir, por todos los medios, un gobierno del PP-VOX en España, y su denuncia tenía mucho sentido desde el punto de vista geopolítico. Porque de producirse y tener éxito un gobierno de “derechas” en España, seguiría la Francia de Marine Le Pen, y con un eje Italia-España-Francia, la Europa de Bruselas, es decir, la Europa gobernada con principios socialistas, tal y como la entendemos hoy, estaría muerta. La Europa de Davos no podía permitir tal escenario, porque estaba en juego su supervivencia.

 

Más allá de lo que hayan podido hacer desde Indra gente conocida y reputada por seguir el principio de que “el fin justifica los medios”, para mí la explicación principal del “sorprendente” resultado electoral puede estar en la propia España y en su alma inexplicable. Esa España conformada por las dos Españas: los que la aman y los que desean a toda costa su destrucción: la España cainita, que, siguiendo el espíritu de Caín, desea la muerte de su hermano, y hace ofrendas que no son del agrado de Dios, como es el odio, la envidia y el resentimiento, que habitualmente transpira y que provocó cuatro guerras civiles en 100 años. Una España que no se baja de su propio burro ni aunque se hunda el barco.

 

Una razón más profunda

Luego está la explicación más profunda, de la España incomprensible, que vengo denunciando con creciente vigor y empeño en los últimos años: España ha caído en las trampas del Estado de Bienestar, un sistema que ha resultado ser un espejismo de bienestar, porque es sólo temporal; un engaño, porque es una bomba de tiempo; una verdadera estafa piramidal, porque la mayoría pagan la “gran fiesta” de una minoría, y porque los últimos en llegar se encontrarán sin nada que celebrar y con mucho que llorar y lamentar.

Mi crítica no es al Estado de Bienestar como ideal, como utopía, como deseo, de que el estado provea a los habitantes de un país de los servicios esenciales, es decir, que el estado desarrolle una gestión de los recursos respetando los derechos sociales del ciudadano con el fin de que a ninguno le falte lo básico para sobrevivir y vivir con dignidad. Como modelo teórico nada que objetar a las buenas intenciones de un sistema que busca combatir la pobreza, la desigualdad y otras formas de injusticia social.

 

Por el contrario, mi juicio sobre el Estado de Bienestar está basado en un principio político y ético, esto es, en la más pura realidad fáctica: el Estado de Bienestar está en crisis, ha demostrado ser un sistema insostenible, que no cumple con sus objetivos, porque la “justicia social” la consigue vía deuda, es decir, a través de la injusticia que supone robarle bienestar a las siguientes generaciones, además de incentivar la violación de un principio básico de la justicia -el repartir a cada uno según el mérito- dañando gravemente la economía. Al castigar a los sectores productivos para otorgar beneficios injustificados a los sectores menos productivos, la economía de los países con Estado de Bienestar ha caído en una espiral destructiva e insostenible de deuda que genera más inflación, que afecta gravemente a las clases medias y bajas, y merma la productividad.

 

En el Estado de Bienestar en el que se ha instalado la sociedad española, lo de menos es el desastre económico y el hecho irrefutable de que la mayoría de los españoles serán más pobres dentro de cuatro años, estarán más endeudados y dependerán más de las migajas que le pueda dar el Estado, obviamente después de que éste se haya endeudado aún más, en un ciclo perverso de egoísmo, porque quien pagará las cuentas de lo que gastamos hoy serán nuestros hijos y nietos mañana. ¿Se puede ser tan desalmado y miserable como para votar bienestar individual propio presente a cambio de la pobreza de nuestros hijos y nietos en el futuro? -Sí se puede: la España socialista es la última prueba.

 

Los políticos lo saben, porque los números no mienten, pero no quieren parar este sistema corrupto porque es más fácil manipular y comprar el voto de los sectores improductivos o dependientes del Estado, que forman, además, una mayoría suficiente para mantenerlos en el poder un periodo más. El principio de realidad me lleva a denunciar a un sistema fraudulento que promete ser estado de bienestar cuando en verdad es “bienestar del estado”.

 

El Estado de Bienestar genera, además, un pánico terrible a lo diferente, a la vez que incentiva en los ciudadanos una mayor dependencia del Estado y de las estructuras de poder. Escalofriante la cifra de que la mayoría de los jóvenes españoles prefieran ser funcionarios, estar condenados a una paga de 1.900 euros promedio mensuales de por vida, en lugar de emprender y atreverse con retos grandes. Según Adecco, el 81% de los españoles prefiere trabajar como funcionario público, cifra que baja al 63% en los jóvenes menores de 25 años. La estabilidad laboral, la carga horaria y la facilidad para conciliar la vida personal y profesional son los principales motivadores de los españoles a la hora de preferir tal ideal de vida.

 

Por todo lo anterior, no es tan incomprensible que una buena parte de los españoles hayan preferido seguir igual, porque han tenido miedo al cambio que iba a implicar un posible gobierno del PP-VOX. Un miedo que, como todos los miedos disfuncionales, está basado en una creencia indemostrable: que lo que iba a venir, con el cambio, iba a ser peor. ¿Hay alguna evidencia de ello? -Ninguna.

 

Esta es la esencia, a cuentagotas, de una España incomprensible. Un país cada vez más lleno de gente que no quiere trabajar, ciudadanos conformistas, envidiosos, que se alegran cuando el Estado aumenta los impuestos de los ricos y se queda con la mayor parte del dinero que genera el que trabaja, arriesga y gana. Es la España cainita, que prefiere ver que al prójimo le vaya peor, antes que a uno le vaya bien emprendiendo y labrando su propio futuro; unos ciudadanos que pretenden que el Estado les proteja de todo lo básico y además les llene de todo tipo de comodidades y beneficios, en lugar de ser independientes y dueños del propio destino; un país aparentemente democrático, pero que hace el vacío a quien denuncia sus vergüenzas.

Esta es la España incomprensible, donde ciudadanos en democracia son, en muchos aspectos, menos libres, ilusionados, trabajadores, optimistas y emprendedores que cuando estaban bajo el yugo de una dictadura. ¿Es culpa de la democracia? -No, pero sí del Estado de Bienestar desarrollado con principios socialistas, demostrando una vez más a la humanidad que el socialismo es la mayor fábrica de pobreza, egoísmo, cobardía, superficialidad, resentimiento, engaño y muerte de toda la historia. España no es, por desgracia, una excepción. No es de extrañar que con estos valores socialistas la natalidad de la población española esté en el 1,23 y la cifra del número de abortos legales producidos ascienda a más de 1 millón sólo en la última década. Se dice pronto, pero es una verdad tan aterradora, como estremecedoras son sus consecuencias. A los que interpretan esta España oscura con pesimismo, hay que recordar que las cosas más asombrosas de la vida tienden a ocurrir, precisamente, cuando estás a punto de perder la esperanza. Yo no tengo ninguna duda: España sobrevivirá a esta época de inconsciencia, que confunde el progreso con la traición, y el bien prevalecerá.

Pablo Álamo PhD

@pabloalamocoach

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PhD en Economía y Empresa. Profesor Distinguido Internacional de CETYS Universidad. Miembro del Instituto de Consejeros y Administradores de España.

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