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Como si se tratara de una jugada del destino, luego de cuatro años de estar refugiado en una ciudad de hielo -escribiendo una tesis sobre la historia reciente de Colombia y sus contradicciones estructurales-, aterrizaba en unos de los vértices de mis ansiedades intelectuales y longevas cavilaciones: la antigua zona de distensión, y particularmente el municipio de Vista Hermosa, Meta.

Hace quince años, cinco municipios del país fueron escenario de un proceso fallido de negociación entre el gobierno de Andrés Pastrana y las Farc. Aún no se tiene claro si esta iniciativa no fue más que una excusa de la guerrilla para fortalecerse, o si desde el principio el gobierno tenía previsto el fracaso de los diálogos para legitimar el fortalecimiento de las fuerzas militares y la consiguiente declaratoria de guerra abierta contra la insurgencia. Incluso, es difícil esclarecer si realmente había voluntad de paz, y lo que finalmente sucedió fue un triste revés que impulsó las confrontaciones por más tiempo y con inconmensurables costos sociales, políticos y económicos.

Lo cierto es que hoy en día la situación ha cambiado bastante. No hay zona de despeje, pero si un nuevo proceso de negociación con las Farc. Esta vez por fuera del país, pero con expectativas razonablemente altas -alguien me dijo que el conflicto ya se acabó, y lo que se está negociando aún es cómo se van a acomodar fuerzas e intereses. El estado tiene, a primera vista, efectiva presencia en Vista Hermosa, y cuando se les pregunta por el destino de su municipio hay respuestas optimistas y referencias permanentes a la palabra mágica de esta etapa de la historia de Colombia: el postconflicto. Sin embargo, también se perciben cosas que le hacen pensar a uno que este hito no es sino la finalización de una confrontación militar, pero que el conflicto estructural permanece intacto, y que las acciones encaminadas a su resolución se encuentran en vilo. Esto, por la gran cantidad y complejidad de los intereses que se están tocando.

La figura con la que uno se encuentra es la de un territorio pacificado, en la que sin embargo hay muchas capas, que chocan unas con otras. A la sombra del “Indio Acostado” (una hermosa montaña que encarna la leyenda de la región), la vía que lleva de Villavicencio a Vista Hermosa aparece perfectamente pavimentada y bien asegurada por el ejército. Curiosamente, a unos kilómetros de llegar al casco urbano del municipio, la camioneta en la que viajo tiene que disminuir abruptamente la velocidad para sortear un cráter que aparece, solitario, en medio de la carretera. Pregunto, y me contestan que es la cicatriz de una acción terrorista que sucedió no hace mucho, la quema de un bus, y de la cual no hay pista de sus responsables.

Una vez se arriba a la plaza central del municipio, el panorama es de completa normalidad. El centenario monumento del colono llanero recuerda la forma en la que esta región se erigió como un asentamiento urbano: sin presencia del estado, a punta del esfuerzo de unos cuantos que decidieron salir de la pobreza de sus enclaves para probar suerte en la selva agreste. Hoy en día, sin embargo, las oficinas de la administración municipal rodean dicha plaza y se apropian del paisaje. De ser uno de los focos de nuestra guerra fratricida, Vista Hermosa transmite un aire de tranquilidad e institucionalidad que se antoja difícil de explicar.

Ahora bien, Vista Hermosa tiene una serie de particularidades que empiezan a configurar un escenario complejo, contradictorio y casi que reminiscente de un eterno retorno de la tragedia. Se trata del segundo municipio del país con la mayor cantidad de minas antipersonal plantadas, así como con el mayor número de solicitudes de restitución de tierras por parte de las víctimas del conflicto armado. En esa medida, le pregunto a algunos funcionarios públicos y gente de la región el por qué no se avanzado en tal sentido, de acuerdo con lo que se ha venido haciendo desde el 2011 con la famosa Ley de Víctimas. La respuesta es sorprendente, pero luego de pensarlo un poco, resulta evidente: hasta que no se decida algo en La Habana, nadie puede intervenir en el territorio. Nadie puede quitar una mina o entregar una sola hectárea de tierra.

Desde el nivel central -Ministerio del Postconflicto para abajo- hay muchos procesos que se encuentran estacionados debido a que al no haber un efectivo control territorial, no es posible continuar con el proyecto de justicia transicional en lo local, que es donde realmente se ven los resultados. Las víctimas aguardan expectantes, y la verdad es que luego de tanto tiempo de negación de derechos y reincidencias, ven desde la barrera todo lo que se anuncia como un hecho. Alguien que no ha podido regresar a Vista Hermosa, luego de su desplazamiento forzado, me dijo que creía que el indio acostado se levantaría de su sueño antes que la efectiva llegada de la paz para la gente.

Y es que aun cuando se firme el cese definitivo de hostilidades entre gobierno y Farc, hay una serie de asuntos que quedan sin resolver. Primero, que el paramilitarismo nunca se ha desmovilizado del todo, sino que han transformado sus estructuras hacia grupos segmentados y con una vocación cada vez más enfocada hacia el manejo de negocios y lugares estratégicos. Segundo, que prácticamente toda el área del municipio está concesionada a compañías petroleras para actividades de exploración y explotación minero-energética. De alrededor de 800 perforaciones aprobadas, sólo 7 se han hecho, por lo que no se entiende qué tierra es la que se le va a restituir a quienes fueron desplazados y despojados de sus lugares de habitación y convivencia. Y tercero, que, al ser un área con vastas zonas de protección natural, tampoco se tiene claro cómo es que las víctimas del conflicto van a poder recibir títulos de propiedad en dichas zonas, que en virtud de la constitución son inalienables. Y así sucesivamente, lo que se observa es que los conflictos sociales, económicos y políticos desbordan lo militar.

Hay que creer en el proceso de paz, en el proyecto de justicia transicional colombiano, y en todo lo que se puede lograr si llegamos a una etapa de ausencia de violencia directa entre los actores del conflicto. Sin embargo, casos paradigmáticos como los de este municipio invitan a pensar en que los obstáculos que tiene la paz estable y duradera se encuentran dispersos en un sinnúmero de factores estructurales y dinámicas que van mucho más allá de lo militar. En esa medida, la principal lección que nos quedará a los colombianos de este proceso es que, más allá de rechazar el uso de la fuerza para resolver los problemas sociales, si no contamos con un estado fuerte, que haga presencia en las regiones y que tenga la capacidad de intervenir para resolver desigualdades y proteger a los más vulnerables, la confrontación armada regresará. Hace 15 años Vista Hermosa simbolizaba incertidumbre y hoy en día sigue habiendo incertidumbre. Pero al menos también hay esperanza.

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PERFIL
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Estudió derecho y a pesar de todo, se creyó el cuento de la justicia social y a eso se dedica. Cuando no está sumergido en la tesis doctoral le interesa la música latina y alternativa, el ciclismo colombiano en el mundo, la historia del más allá y el más acá, y los problemas públicos a nivel urbano y rural.

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2 Comentarios
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  1. Falta comentar que a quince kilometros se nota el abandono del estado y que caserios como.palmeras,la reforma a un no poseen ni luz ni un puesto de salud y la trocha en abandono total

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