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Colombianos

Que hablemos de Tarkovsky como hablamos de Ciro Guerra, que aunque incomparables, son ambos dignos de reconocimiento. Que se nos llene la boca de flores y no de quejas. Ver lo nuestro como un pájaro de verano en ascenso, no sirve de nada si hacemos una tormenta encima. Y para hacer tormentas somos unos expertos.

Colombianos, nos falta sentido de pertenencia, no amamos lo nuestro. Nos han metido el cuento de que nuestro cine es basura, que una película colombiana se caracteriza por su falta de todo y su todo de nada. Y nos hemos comido ese cuento enterito. Sin ir a una sala e intentar probar lo contrario, sin dudar de la reputación negativa.

Colombianos, nos falta riesgo. Nos siguen dando miedo las historias diferentes, porque no venden. Y si no venden es porque nadie compra, y si nadie compra es porque nadie se arriesga. Y este es un círculo vicioso que debe parar definitivamente.

Colombianos, nos falta amor. Queremos criticar antes de ver. Y lo peor, al ver, enfocar lo negativo. Tenemos la lengua afilada y el ojo clínico. Listos y al ataque. Bajemos la guardia un poco. No se trata de ser indulgentes ni permisivos, sino de reconocer que hay cosas que están bien hechas, dejando paradigmas a un lado.

Colombianos, nos hace falta conocernos. Todavía no hemos visto que somos justamente nosotros, las gallinas de los huevos de oro. Que tenemos la sensibilidad y los instrumentos al placer de la imaginación para construir historias que todo el mundo quiera ver. Tenemos la montaña a nuestras espaldas, pero vamos tocando arbustos en el camino.

Colombianos, nos hace falta creer. Creer que hay ideas, que hay gente que sabe y que se está arriesgando, que le ha puesto el pecho, la frente y todo el cuerpo a nuestro cine. Que sin contar barreras, hacen películas de millones de dólares. No tenemos fe en nosotros, y desde ahí no se construye nada.

Y ahora colombianos, nos hace falta actuar. Seguimos consumiendo lo mismo, no hemos abierto nuestra mirada. Nos hace falta contundencia, crítica y carácter para cambiar nuestro pensamiento. Debemos entender que el cine no es cosa de un ratico, que es mucho más que un entretenimiento pasajero y dejar ojos abiertos, mentes en blanco y corazones dispuestos.

¿Qué estamos consumiendo? Aquí unas estadísticas de cuatro películas colombianas que rondan la cartelera por estos días:

  1. Y nos fuimos pal’ Mundial: 182.201 espectadores (3 semanas en cartelera)
  2. Matar a Jesús: 35.913 espectadores (15 semanas en cartelera)
  3. Virus tropical: 10.020 espectadores (5 semanas en cartelera)
  4. Vía Crusis: 624 espectadores (2 semanas en cartelera)

Fuente: Proimágenes Colombia / Corte al viernes 22 de junio de 2018.

Podemos ahora confirmar (reconfirmar más bien) cuáles son las preferencias de taquilla de los colombianos. Hombre, el que es famoso es porque ‘lo volvieron famoso’. No hay nadie que maneje esos números más que nosotros mismos. Urge un cambio de mentalidad a la hora de consumir.

Bueno, hay que decir que no todo es malo, y para muestra de un botón veamos las estadísticas en donde ‘Matar a Jesús’ (una ‘peliculaza’), está lejos de ser la primera en taquilla, pero se ha mantenido 15 semanas. Esto demuestra que sí ha habido un cambio. ¿Que si es un cambio sustancial? Yo no lo creo, pero los cambios se dan de a poco. Nos falta, sí. Tenemos con qué, sí (desde realizadores hasta público).

Las próximas generaciones relevarán este puesto, es hora de entregarles este legado de una Colombia que empieza a despertarse y a tener un criterio para defender lo que es nuestro y que además es hecho con inteligencia. A los que ya están haciendo ese relevo: gracias y por favor no paren, en esta labor conjunta está el éxito, nuestro éxito.

También le podría interesar: Entre colombianos, hagámonos pasito.

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Realizador audiovisual con alma de otra cosa. Escribir me da vida.

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-->Tequilera, bar tender, lavaplatos, cocinera, mesera, estos son muchos de los trabajos de primera línea a los que se puede enfrentar un inmigrante, iniciando su nueva vida en Canadá. Así lo hice yo.

¿Devolverme a Venezuela o quedarme en Canadá? Esa era la pregunta que retumbaba en mi cabeza mientras ese ángel que encontré en Migración hacia mi aplicación, la cual me permitió como estudiante de idiomas y con mi nuevo status llamado Destitute Student (‘Estudiante Indigente’) conseguir una visa de trabajo Después de pensarlo por tres días, decidí quedarme a trabajar en Canadá para poder pagar mis estudios y como decimos los venezolanos’’echarle bolas’’, porque definitivamente en esta vida no se escoge dónde se nace, pero sí dónde vivir.  Bienvenidos a la segunda parte de mi historia, donde les presento un momento fundamental de mi pasado y mi presente en este país. Debo confesarles que nunca pensé que fuese a ser tan difícil, pero ahí estaba yo, aventurándome a un mundo desconocido, con el único objetivo de reunir, en poco tiempo (4 meses), el dinero para pagar el cincuenta por ciento (15.000 CAD) de mi maestría, pero no solo eso, debía pagar también la renta y mis gastos personales y lo sé, suena descabellado, pero lo asumí con mucha planificación y meticulosidad.
’’Uno nunca sabe lo fuerte que es, hasta que en realidad tiene que ser fuerte’’
Conseguí el primer trabajo de mi vida. Este quedaba en el Viejo Puerto, una zona muy turística de Montreal. Allí aprendí lo que es ser multitask: servir diferentes tipos de cervezas, hacer pizzas, fajitas, poutine, alitas de pollo, hamburguesas, de todo. No era mi único trabajo, tenía que reunir el dinero suficiente, así que de domingo a domingo y durante esos meses mi rutina se resumía en: tomar órdenes, cargar montañas de platos y limpiar baños como a muchos inmigrantes nos toca al inicio. 
’Y es que en las adversidades es donde nacen nuevos guerreros’’
Creo que jamás en mi existencia he trabajado tanto. No tenía más vida: todas las tardes salía del Viejo Puerto, a iniciar mi siguiente turno en un restaurante italiano en el que más que salario trabajaba por comida. El dueño amablemente me brindaba lo que no se vendía y así yo podía ahorrar gastos. Ese señor se convirtió como en mi abuelo, mi abuelo italiano.
 
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Además del trabajo, yo seguía estudiando francés todas las mañanas hasta el mediodía. Al terminar el verano comencé el máster. Un año más tarde, me gradué de abogada en Derecho Internacional de Negocios, LL.M de la Universidad de Montreal, con un GPA de 3.8, demostrándome que en mi vida no habría obstáculos más grandes que mis ganas de crecer y de superarme. Inspirada en esto, apliqué a la Residencia Permanente.  Al cabo del tiempo, empecé nuevos estudios, pero esta vez, en Inmigration consulting y logré culminarlos también. La vida comenzó a sonreír un poquito más, después de tantos sacrificios, todo estaba dando los mejores frutos. En medio de esta travesía, comprendí que no estaba sola en esta situación, ni era la única con un sueño por cumplir. Somos miles de migrantes a diario dejando todo atrás y buscando una mejor vida, así que algo detonó en mi cabeza, era el momento de que Eddy Ramírez pusiera en práctica sus estudios, experiencia y todo lo que aprendí de mi mamá.  Finalmente, llegó el día de materializar y darle vida a esta Tierra de Inmigrantes.    Continuará… Con amor, Eddy.   

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