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Migrante de corazón

Ese día, en el aeropuerto, me despidieron las dos personas que más quiero en el mundo, porque han sido las dos únicas personas que me hicieron sentir ganas de vivir y de convertirme en un mejor ser humano. Caminaba triste pero sonriente mientras avanzaba con un nudo en la garganta, lleno de miedo, pero sin mirar atrás. Un último abrazo, un último beso y sales rumbo a pasar los miles de filtros de seguridad que aseguran que ningún hijo de vecina se vaya a ganar un buen dinero mandando droga fuera del país, porque esa actividad está reservada para los amigos y familiares del buen gobierno. Ya después no alcanzas a ver afuera, y sigues caminando sin querer, tratando de no pensar porque si te ven llorando los agentes de inmigración te pueden preguntar que porqué llora si va a ver a Mickey Mouse. ¿O es que acaso el civil piensa ir a trabajar?

La gente te llena de consejos pendejos que no sirven cuando vas a viajar, porque no les interesa que te vaya bien, sino hacerte saber que ellos han viajado más que tú.

Durante el comienzo del año 2018 mi vida estaba vacía, y era una vida mediocre pero bonita. Sin amor, sin amigos, sin ganas de vivir, pero con un contrato en la oficina de prensa del senado, lo que suena muy grandilocuente, pero en la práctica no representa tanto. De mis antiguos clientes comerciales casi no me quedaba ninguno, ya que desde el proceso de paz había visto bajar el interés y el presupuesto para las actividades relacionadas con las consultorías que hacía. Cada vez se ponía más difícil conseguir clientes porque miles de agencias medianas y pequeñas ofrecen mucho más de lo que un simple consultor puede dar. Y lo hacen a muy buen precio. Ese año mi vida cambió, porque cuando ganó las elecciones el presidente actual hubo un revuelo por debajo de la mesa entre las personas con las que trabajaba. Muchas veces se escuchaban rumores, cuchicheos, conversaciones a medias y un sentimiento pesimista generalizado. Muchos contratistas como yo, de los que teníamos que pagarnos la salud, la pensión y llenar mil reportes para cobrar el sueldo, comenzaron a alistar papeles y a sacar la visa americana. Esa visa que para muchos representa el boleto VIP con el que se puede disfrutar del concierto de la vida en primera fila sin pogos, empujones, miles de requisas, raqueteadas, atracos ni atarreadas. Y el run run era que se venía el momento más oscuro para el país.

En este momento, cuando hablo con ellos, todos coinciden en que lo peor no ha llegado aún.

Ese run run lo escuché de muchas personas en distintos cargos, secretarios, oficinistas, asesores y sobre todo contratistas. Los empleados que tienen contrato directo con el estado gozan de una especie de invulnerabilidad. A ellos no les preocupa nada porque pueden seguir trabajando después de pensionarse y hasta elegir a quién le van a dejar su puesto una vez desatornillen el culo del asiento que les asignaron. En cambio, los otros estamos en el aire porque en cualquier momento nos envolatan la renovación del contrato y tenemos que seguir colaborando “honoris causa” mientras que se estira jeta en la oficina del director administrativo a la espera de la tan anhelada resolución. Y eso puede tomar meses.

Ante tan oscura perspectiva me uní al pánico. Comencé a hacer las averiguaciones, a alistar los papeles y busqué la manera de solicitar la visa aprovechando el relativo prestigio que otorga trabajar para el estado. Saqué mi visa, la de mi hija y la de la mamá de mi hija, pensando en que, quizá, en algún momento me iría a buscar futuro en la tierra del tío Sam y así mi hija podría ir a verme en caso de que tuviera que quedarme por un tiempo. No tenía claro qué hacer, excepto que no me iba a quedar porque no tengo amigos ni familia en USA, nunca había salido del país y mi autoestima es casi inexistente. Por ejemplo, yo tardé muchos años en sacar la licencia de conducir porque pensé que nunca iba a tener un carro, nunca solicité la visa porqué pensaba que no era nadie y me la iban a negar, y nunca intenté comprar una casa porque sabía que como contratista o consultor ya no podía arriesgarme a pagar una cuota mensual. Uno de colombiano se siente muy poquita cosa, no puede tener un buen teléfono o zapatos bonitos porque lo matan para quitárselos, y tiene que salir cada día a enfrentarse a una guerra sin cuartel contra todos sus conciudadanos. Yo andaba en una motico AKT que después mejoré a una Himalayan, y la forma de defenderme de policías y delincuentes por igual fue usar casco y chaqueta parecidos a los de la policía, y de esa manera evitaba tanto a unos como a otros. Vestía de manera sencilla, no hablaba con nadie, por su adolescencia mi hija estaba un poco distanciada de mí, y mi única alegría era tomarme una cerveza con la gente del barrio después del trabajo. Lo hacía casi a diario, me había vuelto alcohólico hacía muchos años, recayendo, yendo y viniendo dependiendo de mi precario estado emocional.

Cuando uno está metido en malos pasos los confunde la felicidad y desoye a los que quieren ayudarlo.

Entonces, medio decidido o, mejor dicho, inseguro de qué hacer pasó algo increíble: la gordita llegó a mi vida y la llenó de color, de alegría y de ganas de vivir. Ya no quería irme, calculaba qué hacer, cómo ganar un poco más, ya que ahora el contratico no se veía tan mal y tenía la posibilidad de ganar un poquito más allá. En realidad ya nada se veía tan mal. Hasta Bogotá, esa ciudad que tanto despreciaba, se había vuelto bonita. Me gustaba ayudarle a entregar los álbumes de fotos, creo que podría recordar cada álbum que llevé en la moto. El hemocentro, el Perdomo, esas que entregué en una casita que estaba junto a una torre del transmicable, las del norte, Castilla, Fontibón… Para ese momento ya pensaba cómo conseguir más clientes, meterme a una agencia de nuevo y ayudarla para construir algo juntos.

Siempre fui bueno para construir cosas, pero he sido mejor para repararlas.

Cuando estaba más ilusionado y en medio de tantas inseguridades solo sabía una cosa: quería casarme con ella. No podía seguir en las mismas, estaba buscando cerrar ciclos, pero, como siempre, lo estaba haciendo al contrario. Mal. Y para completar una situación familiar me hizo entender que no podía contar con el apartamento en el que pensaba vivir con ella. En ese momento, lleno de rabia y miedo, decidí viajar. Vendí las pocas cosas que pude, le dejé a ella otras, entre ellas mi contratico, la recomendé bien pensando que no fuera a pasar necesidades mientras yo estaba lejos y así, con dos maletas de mochilero llenas de nada, me fui dejando atrás todo con la ilusión de conseguir lo suficiente al menos para completar una cuota inicial o un pequeño capital para empezar una nueva vida junto a ella.

Pero lo que sucedió fue que aquí en Estados Unidos no encontré dinero, fue mucho más difícil de lo que todo el mundo me había dicho. En cambio de eso, me encontré a mí mismo. Fue horrible descubrir mis defectos, y ver cómo poco a poco iba perdiendo la razón y me volvía más obsesivo con el sexo, que obviamente jamás llegó. Al principio nos tomábamos unas cervezas con los gringos, pero después dejé de tomar. Casi al tiempo también dejé de fumar. Al principio trabajaba con un señor mexicano, don Fili, pero luego de 3 meses empecé a desesperarme porque se acabó el trabajo con ese señor y ya no conseguía nada. Caminaba horas bajo el implacable sol de la Florida buscando de tienda en tienda si necesitaban ayudantes, pero todo el mundo pedía papeles. Me sentía perdido y agobiado, pero no quería regresar derrotado. Insistí, busqué y logré encontrar la manera de quedarme legalmente. Empecé el proceso de asilo y durante ese proceso la perdí, porque aunque hoy en día le puedo ofrecer los papeles aquí para ella y su hijo, ella siempre me dejó claro que no quería venir. Y yo solo tengo claro que si me lo pides, volveré.

Siempre admiré su fuerza y la claridad de su visión, ya que aún tan joven ya tenía claro que quería para su futuro.

Mis constantes errores, el no haberle sabido dar su lugar como mi mujer y el desespero, me llevaron a sacar lo peor de mí. No la tuve en cuenta y cuando me terminó sentí morir. Mantenía la esperanza de volver a recuperarla hasta enero de este año, cuando confirmé una noticia que me acabó de romper el corazón. Todo, absolutamente todo, fue mi culpa y en ese momento en realidad casi me muero. Entré en depresión, porque estaba en una ciudad que no conocía, completamente solo, durmiendo en un cuarto de 2 x 2 pintado de un triste gris industrial. Me dio un ataque de pánico en Orlando cuando mi maleta se la llevaron en otro bus que iba para Miami y yo estaba ahí sentado como un pendejo en la estación pensando en ella. Cuando empezó a dolerme el pecho mi mente se fue, no la pude controlar, se me bajó la presión, se me encalambraron las piernas y me dolía mucho el brazo izquierdo. Y yo solo pensaba que estaba solo un par de años por encima de la edad que tenía mi papá cuando se murió de un infarto por su mal genio. Afortunadamente, mi hermano me sacó de ahí solo con su voz. Truquito es un ángel.

Literalmente me rompí, me derrumbé. Y solo, como estoy ahora, tuve que volver a ensamblarme. Tuve que acercarme a mi familia, y en el proceso aparecieron un par de personas especiales que me han ayudado mucho. Mi hija está cerca de mi nuevamente, y a pesar de la tristeza he podido ver mis defectos, mis problemas y he comenzado a resolverlos. Como decía antes, me tuve que ensamblar de nuevo, pero esta vez estoy intentando no usar los pedazos muy rotos o dañados. Sucedieron cosas extrañas, paranormales que me han hecho pensar en brujerías y maldiciones, pero he tenido que saber combatir todas estas cosas. La semana que estuve deprimido más profundamente estaba cortando pasto en un cementerio inmenso, y yo lloraba sobre las tumbas de los niños no nacidos hasta que le dije a D que nos fuéramos de ahí, que ya no podía más con esa tristeza. Una semana después comencé a trabajar en un hotel en el que tenía que vestir completamente de negro, llevando un carrito en procesión, como llevando un luto. Tuve que enfrentar mis temores, como por ejemplo esa vergüenza que no sé de dónde viene y que me impide golpear en una puerta desconocida. En ese hotel debía golpear 100 puertas cada día, y lo hice hasta que superé ese miedo tan pendejo. Y así he venido reensamblándome, a veces triste, a veces menos triste, pero poco a poco siento que me he ido convirtiendo en la persona que quería ser para poder casarme con ella. Es por eso que digo que me cambiaste por otro, porque ahora soy otro.

Ya he empezado a ver el dinero, después de todo ese proceso comenzó a llegar. Ahora solo quiero cumplirle a la gordita, así me tome un tiempo, porque la casa que iba a comprarle ya no va a ser para los dos, pero va a ser, así yo ya no quepa en ella. Si no lo hago habré perdido mi tiempo aquí. Yo pensaba viajar para conseguir billete, pero no, viajé fue para conocerme a mí mismo, para entender por qué tantas vergüenzas e inseguridades, tantos miedos de infancia, porque ese sentimiento de inferioridad siempre y, sobre todo, porqué esa incapacidad para amar sin lastimar. Y ahora que he empezado a entender por qué, he podido cambiar. Me estoy convirtiendo en otra persona, he descubierto que sí soy fuerte, física y emocionalmente, que puedo dejar mis vicios, que puedo destacarme haciendo algo que me gusta y que hago sin remordimientos morales, que puedo ganar plata y que puedo aprender a amar. Porque para enseñarme a amar, la vida me quitó a la mujer que más he amado, y esa lección no la voy a olvidar nunca.

Ese día, en el aeropuerto, me despidieron las dos personas que más quiero en el mundo. Ya pronto podré volver a ver a mi niña, y sé que va a ser muy lindo, porque un hijo nunca es una carga, sino que es un motor que te impulsa y no te deja detener, que te recarga de amor y de energía todos los días. Y no ha habido una sola noche en que con las manos entrelazadas con fervor no le pida al universo que me permita ver a la gordita de nuevo, para mirarla a los ojos una vez más y poder pedirle perdón por todo, y que tal vez me permita tratar de enmendar todo. Porque te amo y no dejaré de buscar el camino que me lleve nuevamente a ti a través de este infinito jardín de senderos que se bifurcan.

@jorgitomacumba

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Jorgito Macumba es escritor amateur y mamagallista consumado. A sus años, y sin saber ya si es rolo, costeño, valluno o camarita juzga desde su ignorancia todo lo que se le cruza enfrente. Bienvenidos.

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