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Escudo republicano y escudo colonial de Cartagena de Indias

Escudo republicano y escudo colonial de Cartagena de Indias

Debajo de una india con los senos descubiertos, la pianista Valentina Lisitsa navegaba por las teclas de un piano importado, de Nueva York al corazón del Teatro Adolfo Mejía.

Los mismos senos que sonrojaron a Dionisio El Hermoso y lo hicieron regresar al escudo colonial, fueron los acariciados por Don Pedro de Heredia con tanta pasión que doblegó el corazón “salvaje” de la luego “pacificadora” Catalina, o traidora, usted dirá.

En la cuna de la aristocracia, sin importar si el teatro es Heredia o Mejía, una india gigante y encuera se cierne sobre el espectáculo de la ucraniana de acordes clásicos universalmente reconocidos. No es la única desnuda en el recinto, las nueve musas de Grau flotan en paños menores en el cielo raso.  La rancia aristocracia local se da cita para conmemorar 10 años del Festival Internacional de Música de Cartagena, el que en su próxima edición,  “Hacia Tierra Firme” dará cuenta de la riqueza cultural que se produjo con el encuentro de “los dos mundos”.

Curioso, este mismo aposento de la “civilización” tuvo en el cierre del Hay Festival a la “Champeta”, tantas veces vilipendiada por unos y discriminada por los mismos.  Tristemente tuvo que ser un “cachaco” el que le diera el sitial a este género musical nacido en las entrañas de los barrios populares de “La Heroica”.  Tuvo que esperar Viviano Torres, a lo menos 30 años, para cantarles la tabla a ciertos dirigentes en el centro de su ombligo y retumbar en “El Heredia” la distorsión de una guitarra que se hermana con el Gran Caribe y pone a latir la raza de la que se denigra pero con la que se mezclaron sin pudor, y amaron, en el cuerpo del momento y en la sangre de su descendencia. Era justo e irónico verles alzar los brazos y cantar la música de la que sienten vergüenza; pero estaban en el “El Heredia” y en el “Hay”; el pecado se traslapa y hay licencia hasta para bailar esos ritmos del demonio.

La semana pasada, en el festival de cine de Cannes, Ciro Guerra, un costeño, no sólo escribió junto con Cesar Acevedo la más importante página de la historia del cine en Colombia hasta ahora, sino que con su película “El abrazo de la serpiente” mostró al mundo la sabiduría indígena y la ignorancia de un científico europeo en medio de esa selva que por estos siglos debe protegerse con tanta o más cautela que como lo han hecho desde siempre los indígenas de la región.

Hoy se cumple un año más de la fundación de Cartagena de Indias.  Quiero pensar que por el vacío instinto de celebrarlo todo, no reflexionamos.  Heredia robó, abusó y mató  a “esos” sabios ancestros que “descubre” Guerra en su película.  El festival de música reconocerá la riqueza cultural que se “produce” en el “descubrimiento”. El teatro que admite indígenas y musas por igual, fue renombrado “Adolfo Mejía”, quien supo introducir en las partituras las notas de lo nuestro. Somos todo lo que sucede en el teatro.

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