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¡Hola, de nuevo!

Estos dos años han sido raros, tanto que dejé por un tiempo de escribir. Le eché la culpa al comodín del bloqueo creativo, pero al final me di cuenta que era más un bloqueo emocional. El último post fue sobre la crisis de los 30 y aunque ya vamos en 32, siempre hay algo nuevo por aprender de “la vida adulta” (porque no existe un tutorial o un paso a paso para eso).

A la etapa de los +30 la han catalogado como la época de las crisis, pero cuando entras en ella te enfrentas más bien a una temporada de aprender a “abrazar” los cambios para crecer de adentro hacia afuera. Un proceso que implica redescubrirnos y ser cada vez más responsables con lo que somos y hacemos. 

 

¿Abrazar los cambios? ¿cómo se hace eso?

Pensé que para hablar de estos dos años tendría que empezar por hacer una lista de las cosas que me han venido taladrando la cabeza: 

  • Hablar de que ahora trabajo como UX writer, un oficio que aún se sigue inventando y con la variable de estar 100 % remoto. 
  • Escribir sobre lo extraño que ha sido tener a muchos de mis amigos y personas importantes viviendo lejos. Algo que me ha implicado construir relaciones a distancia (con lo bonito y lo difícil que trae eso).
  • Desahogarme del dolor que sentí por la muerte repentina de un familiar. 
  • Reflexionar sobre lo duro que ha sido el mantenerme firme en mi decisión de quitarme roles y dejar actividades a las que le dedicaba gran parte de mi tiempo para conocerme sin etiquetas (y decidir no retomarlas hasta estar segura de que es realmente lo que quiero). 

La lista podría continuar, pero hacer una enumeración de cambios externos sería quedarse en lo superficial. Para no perderme a mí en esta temporada he tenido que ir mucho más profundo.

Me repitieron varias veces que solo se trataba de “abrazar” los cambios, esa habilidad de adaptarse a las transformaciones de rutina o del entorno que nos toman por sorpresa. Y sí, pero no siempre. Porque cuando no es solo lo externo lo que cambió, sino también nuestro universo interno, ya no solo se trata de “abrazar” una situación, sino de “abrazarse a uno mismo”.

¿Qué pasa cuando todo a tu alrededor se vuelve a estabilizar, creas nuevas rutinas, asimilas tu nuevo entorno, pero eres tú quien está cambiando por dentro? 

Parece fácil, pero el problema empieza cuando te das cuenta que no suelen entrenarnos para aprender a “abrazar” nuestros cambios internos.

¡Para no perderse a veces hace falta normalizar eso de “panquequearse” de manera consciente! Entendiendo que cambiar responsablemente de opinión, de gustos o metas hace parte del proceso de repensarnos y eso no nos hace incoherentes ni significa un retroceso, sino que es el camino lógico de cualquier ser humano que jamás será producto terminado:

 

ALGO QUE NO ESTÁ MAL Y QUE DE HECHO HACE PARTE DE CRECER

(esto debía ir en mayúscula sostenida)

 

Y hago énfasis en consciente y responsable porque reencontrarse con uno mismo, en medio de verdaderos cambios internos, jamás justifica el actuar de manera egoísta o herir a otros bajo la frase:

“Es que ahora soy así” 

Tampoco debería ser una herramienta para defender la irresponsabilidad emocional o argumentar que es válido dar amor en migajas a los otros aplicando la regla del mínimo esfuerzo. Ya a los +30 no estamos para esos trotes de hacer sufrir a otros por nuestra falta de claridad sobre lo que queremos o por no ser transparentes con los que nos pasa. 

Cambiar debería empujarnos a respetar más a los otros y a ser valientes para amar más bonito (y sano). Hacer las veces de colador para dejar o reafirmar esas decisiones, relaciones y principios que elegimos… ¿y por qué no? Dejar el miedo al compromiso y tomar la decisión de construir vínculos en los lugares que valen la pena. 

No olvidarse a uno es también tomar conciencia de esas situaciones, heridas y confrontaciones internas que nos han afectado para perdonar y hacer las cosas de manera distinta. Entender que todo lo que hemos vivido nos ha llevado a ser las personas que somos hoy y por eso tomar esa conciencia también nos empuja a reparar y madurar. 

A veces será inevitable sentir miedo, pero sería un desperdicio perderse de esas versiones nuestras que no habrían salido a flote si no hubiéramos llegado a este punto. 

Personalmente el “ver hacia adentro” también ha ido cambiando mi perspectiva sobre la espiritualidad y lo valioso que es el que no todos pensemos igual.

Me ha empujado a conocer a Dios como alguien que está dispuesto a acompañarme en medio de la incertidumbre derrochando gracia. Y que aunque yo cambie, permanece en su promesa de estar conmigo y por eso indudablemente está en el asunto  🎵. 

Ese que no me quiere metida en una rutina agotadora o en una carrera imposible por ser la mujer perfecta, pues no soy un producto en masa que debe cumplir con ciertos estándares de calidad. Sino al que le encanta lanzarse a la aventura conmigo, que me conoce en mi individualidad y que no quiere relacionarse a partir del miedo o una larga lista de requisitos sobre lo que yo debería ser porque disfruta de mi proceso para crecer (aún si eso a veces implica equivocarme). 

¿Y cómo es eso de no perderse en el camino?

Quizá el punto de partida está en dejar de asumir que debemos estar llenos de certezas y pasar a ser personas abiertas a hacernos preguntas constantes para llegar a ellas. Lanzarse a hacer esas cosas que jamás pensamos y atravesar esos debates internos sin prevenciones, pues hay cosas que solo van a llegar a la vida si uno se atreve salir de las cajas en las que se ha escondido.  

Muchas veces evité los cambios por el terror a romperme, pero he venido aprendiendo la riqueza que hay en eso. No para morir en el intento, pero sí para descubrir esas cosas de mí que no podía ver porque estaban enterradas bajo paradigmas y estereotipos que fui arrastrando con el tiempo.

Los cambios internos son necesarios, al fin y al cabo: “nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se pierden; sino que se echa vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan”.

Si estás aterrado(a) por esta temporada de cambios ¡Abrázala! ¡Abrázate! Ve más profundo, descubre esa versión mejorada de ti, acéptala sin miedo al qué dirán y déjate sorprender por lo nuevo que traerá consigo.

¡Cuando el camino se pone “trinco” es importante saber con quién se camina al lado! Así que cierro recordando lo importante que es tener una red de apoyo valiosa (que no se mide por la cantidad de personas, sino por la fidelidad y disposición para permanecer sin importar cuantas versiones de ti afloren).  Gracias a los que han sabido ser compañía y compañíant. Ustedes han hecho que este proceso valga muchísimo más la pena.


Para cualquier comentario, sugerencia de temas para la próxima entrada, testimonio o simplemente intercambiar ideas, puedes escribirme por Instagram en @dianaravelom ¡Nos seguimos leyendo!

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PERFIL
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Periodista de la Universidad Javeriana de profesión y en eterna formación. Aprendiendo del mundo digital y descubriendo poco a poco el terrenal. Vivo para Dios, amo ser mujer y creo que los jóvenes tienen el poder de cambiar el mundo entero: si se lo proponen.

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