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«Recuerdo los días en que me llegó a gustar vivir. Parece que la vida fue hace mucho, cuando me enganché del orden que vi. El orden que me develó el científico. Las armonías y disonancias con que están compuestas las series y los organismos. Tantos seres ocultos detrás de las piedras. Un artificio natural, frágil, susceptible de ser saboteado por el hambre».

La vida fue hace mucho es la primera novela de Marita Lopera. Está protagonizada por Alea, un personaje que conduce su historia en un viaje por mar. Eso sí, por un mar desértico que ya no alberga vida, solo oscuridad, silencio y basura. Su barco es un regalo no pedido que le permite buscar la comida que no existe. También es un recordatorio de la catástrofe que ni ella ni el científico, su mentor, pudieron evitar. Todo lo que Alea entiende del valor de la naturaleza se lo debe a él, por quien siente tanta gratitud como dolor.

El hambre es su cotidianidad. La angustia es perceptible precisamente porque contrasta con un pasado natural exuberante. Como puede canjea productos y engaña al estómago con café. Navega sin un rumbo claro, al tiempo que relata otras épocas. Su niñez con su madre, su padre y sus hermanos. Su tiempo en tierra con la seño, con los vecinos y con las náuseas que le produce no estar en el agua. Todos su vínculos personales simbolizan el deterioro de los ecosistemas y dilatan sus decisiones.

Los animales sufren, unos son víctimas del fuego, otros del agua, casi todos de la falta de comida. El Pacífico colombiano, en su rincón más selvático, es la región del abandono, la resignación y la muerte. El sufrimiento se toma la geografía y cada capítulo del libro es una muestra de sus territorios vulnerables.

Alea no lo sabe pero su lenguaje, que es el lenguaje de una vida en el mar, tiene la riqueza que perdieron los escenarios de su entorno. Trasmallo, balandro, estribor, sotavento, driza y otros referentes que se sienten poéticos. Con toda la destrucción que ha visto, este personaje comprende que lo peor no ha ocurrido: «Voy a estar ahí cuando se incendien los bosques y se calcinen sus animales. Me acompaña la premonición de que veré el cinturón de fuego arder, los días de ceniza, los organismos asfixiados. La sequía sin precedentes, la subida del nivel del mar, la hambruna de los seres vivos». La suerte de Alea siempre estuvo echada.

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Máster en Escritura Creativa, Magíster en Estudios y Gestión del Desarrollo, Politóloga e Internacionalista. Leo, escribo, doy clase. Organizo talleres y un club de lectoescritura.

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Si quieres conocer más de mi vida y a lo que me dedico, sígueme en:

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-->Tequilera, bar tender, lavaplatos, cocinera, mesera, estos son muchos de los trabajos de primera línea a los que se puede enfrentar un inmigrante, iniciando su nueva vida en Canadá. Así lo hice yo.

¿Devolverme a Venezuela o quedarme en Canadá? Esa era la pregunta que retumbaba en mi cabeza mientras ese ángel que encontré en Migración hacia mi aplicación, la cual me permitió como estudiante de idiomas y con mi nuevo status llamado Destitute Student (‘Estudiante Indigente’) conseguir una visa de trabajo Después de pensarlo por tres días, decidí quedarme a trabajar en Canadá para poder pagar mis estudios y como decimos los venezolanos’’echarle bolas’’, porque definitivamente en esta vida no se escoge dónde se nace, pero sí dónde vivir.  Bienvenidos a la segunda parte de mi historia, donde les presento un momento fundamental de mi pasado y mi presente en este país. Debo confesarles que nunca pensé que fuese a ser tan difícil, pero ahí estaba yo, aventurándome a un mundo desconocido, con el único objetivo de reunir, en poco tiempo (4 meses), el dinero para pagar el cincuenta por ciento (15.000 CAD) de mi maestría, pero no solo eso, debía pagar también la renta y mis gastos personales y lo sé, suena descabellado, pero lo asumí con mucha planificación y meticulosidad.
’’Uno nunca sabe lo fuerte que es, hasta que en realidad tiene que ser fuerte’’
Conseguí el primer trabajo de mi vida. Este quedaba en el Viejo Puerto, una zona muy turística de Montreal. Allí aprendí lo que es ser multitask: servir diferentes tipos de cervezas, hacer pizzas, fajitas, poutine, alitas de pollo, hamburguesas, de todo. No era mi único trabajo, tenía que reunir el dinero suficiente, así que de domingo a domingo y durante esos meses mi rutina se resumía en: tomar órdenes, cargar montañas de platos y limpiar baños como a muchos inmigrantes nos toca al inicio. 
’Y es que en las adversidades es donde nacen nuevos guerreros’’
Creo que jamás en mi existencia he trabajado tanto. No tenía más vida: todas las tardes salía del Viejo Puerto, a iniciar mi siguiente turno en un restaurante italiano en el que más que salario trabajaba por comida. El dueño amablemente me brindaba lo que no se vendía y así yo podía ahorrar gastos. Ese señor se convirtió como en mi abuelo, mi abuelo italiano.
 
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Además del trabajo, yo seguía estudiando francés todas las mañanas hasta el mediodía. Al terminar el verano comencé el máster. Un año más tarde, me gradué de abogada en Derecho Internacional de Negocios, LL.M de la Universidad de Montreal, con un GPA de 3.8, demostrándome que en mi vida no habría obstáculos más grandes que mis ganas de crecer y de superarme. Inspirada en esto, apliqué a la Residencia Permanente.  Al cabo del tiempo, empecé nuevos estudios, pero esta vez, en Inmigration consulting y logré culminarlos también. La vida comenzó a sonreír un poquito más, después de tantos sacrificios, todo estaba dando los mejores frutos. En medio de esta travesía, comprendí que no estaba sola en esta situación, ni era la única con un sueño por cumplir. Somos miles de migrantes a diario dejando todo atrás y buscando una mejor vida, así que algo detonó en mi cabeza, era el momento de que Eddy Ramírez pusiera en práctica sus estudios, experiencia y todo lo que aprendí de mi mamá.  Finalmente, llegó el día de materializar y darle vida a esta Tierra de Inmigrantes.    Continuará… Con amor, Eddy.   

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