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  • Mi comandante, la selección Colombia acaba de llegar al estadio –informó el coronel de la Guardia Bolivariana a Nicolás Maduro.
  • ¡Compatriotas, ejecuten ya! –respondió el dictador-presidente e inmediatamente se levantó de su puesto, empuñó su mano derecha, miró a los ojos a sus militares subalternos y exclamó: ¡este partido no lo podemos perder!

La última ocurrencia del Mandatario era inaudita. Quería secuestrar al mejor y más famoso jugador colombiano, James Rodríguez, y obligarlo a hablar bien de su Gobierno y la revolución socialista. Maduro pensó retenerlo unos días para arreciar contra el “capitalismo pitiyanqui” del que tanto se quejaba. “¡El mundo me va a escuchar pronto!”, prometía a cada rato en sus cotidianas alocuciones.

El equipo colombiano llegó a Venezuela sin problemas. La crisis era evidente, con gente atrincherada en las calles, hogueras y motociclistas armados, pero el bus que transportaba a los jugadores no tuvo reparo en alcanzar el estadio Pueblo Nuevo de San Cristóbal. Poco antes de bajar, Dávinson Sánchez, defensor recio, alto y negro, miró con atención la plaza de Toros Monumental y profetizó: “¡Hoy vamo’ a regar sangre en la cancha! ¡Vamo’ al Mundial porque vamo!’”. Y todos lo acompañaron con un ensordecedor ¡Viva, Colombia!

La Selección tricolor se jugaba ante un equipo eliminado su paso al Mundial de Rusia. Pero el juego como tal no lo era; era más conveniente hablar de un enfrentamiento con un tinte político de altas dimensiones. El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, había utilizado durante meses a Maduro con tal de acabar a la guerrilla de las Farc en un proceso de paz y después de callar mil injusticias contra el pueblo venezolano tuvo la osadía de criticar, ahí sí, al Gobierno del vecino país. En su típico estilo, Maduro le contestó con rabia en la boca: “Santos, eres una sanguijuela”, “lacayo”, “esclavo del imperialismo”. “¡En la cancha también te vamos a ganar, traidorrrr!”.

Inicialmente, James no iba a estar en Venezuela por culpa de una lesión menor, pero el técnico Pékerman se arriesgó como pocas veces y le ordenó públicamente acompañar al equipo en todo momento. “No me importa lo que diga el Bayern, James quizás no juegue, pero va a estar con nosotros, así sea en las tribunas”, sentenció el DT en rueda de prensa.

Cuando empezó el partido, cerca de 500 militares chavistas habían acordonado el estadio (Aquí están los planos utilizados). Varios estaban también al interior informando lo que estaba sucediendo. Dos en especial tenían la misión de seguir todos los pasos de James. Aunque al comienzo todos pensaban que el crack iba a estar en las gradas, el técnico lo mandó al banco de suplentes. La idea inicial era retenerlo en la tribuna y sacarlo en segundos del estadio para llevárselo a Maduro a la casa presidencial, donde él observaba el juego.

Colombia fue un desastre al inicio del cotejo. Unos niños de 20 años que habían quedado subcampeones del Mundial Juvenil tocaron el balón sin misericordia y velocidad. El 1-0 para los locales a los 28 minutos fue más que justo. Un misil de media distancia de Tomás Rincón fue inevitable para el portero David Ospina. Maduro celebró diciendo: “¡Y ahora vamos por ti, James!”. Poco después, lo llamaron:

  • Mi comandante, esperamos nuevas órdenes. ¿Vamos por James antes de que termine el primer tiempo o en el segundo? Si me permite, en el descanso no es conveniente, todos estarán con él –comentó por radioteléfono uno de los militares que observaba a James con sigilo, desde la pista atlética.
  • ¡Parece que la patria de Bolívar no te parió! ¡La revolución no sucumbe ante la adverrrrsidad! –ripostó Maduro-. Apenas vayan saliendo los jugadores a la cancha para el segundo tiempo, se lo llevan del banco. ¡Le dicen que es por su seguridad, chamo! Si alguno más pregunta, afirman lo mismo y advierten que no hagan escándalo por el bien de los miles de aficionados que están en el estadio–complementó, y cortó la transmisión de golpe.

Colombia se había salvado del 2-0 y del 3-0 gracias a su portero. Cuando Wilton Pereira Sampaio pitó el final de la primera etapa, Pékerman estaba desesperado y sus jugadores, agobiados. James se había comido todas las uñas de sus manos. Y Pékerman, como pocas veces se le había visto, se mostró desencajado, con la corbata suelta y la camisa por fuera, y no quiso que sus jugadores ingresaran a la parte baja del estadio para la charla técnica.

  • No puedo creer lo que está pasando –comentó el DT, con su voz seca y experimentada-. ¿Así representan a un país, a sus familias? –cuestionó-. Nos quedamos aquí en la cancha, no vamos al camerino; sientan esto, es la vida, es el Mundial lo que está en juego; miren las tribunas, muchachos, hay miles de colombianos… David, gracias por tu compromiso en el arco –continuó Pékerman-. Haremos unos cambios por el bien de este equipo. Dávinson, tu nariz sigue sangrando luego del cabezazo con Rondón en el tiro de esquina. Vamos entonces con tres en defensa y entra Giovanni (Moreno) para acompañar a Edwin (Cardona).  Abel (Aguilar), me equivoqué, estás mal en tu club y hoy también. Barrios estará en tu lugar. Y sales Yimmi (Chará), tendrás revancha el martes en Barranquilla, contra Brasil. James, confiamos en ti, calienta que vas a jugar…

Los jugadores,  estupefactos y sentados en círculo a un costado de la cancha, se miraron entre sí sin entender muy bien lo que pasaba. James se señaló con su dedo índice hacia el pecho. “¿Yo… yo?”, preguntó. Y sin más se quitó la chaqueta y la sudadera, le pidió al utilero sus guayos y calentó. La tribuna se emocionó. “Oeeee oeeeeee ¡Jameeees!, ¡Jameeeees!”.

Maduro, arrellanado en su silla presidencial, lamentaba lo que veía en el televisor. Todas las cámaras enfocaban a la estrella calentando. Luego, la izquierda no socialista de James empezó a repartir balones a placer. ¡Fue un crack! Dejó mano a mano a Falcao a los 60 minutos, pero el delantero botó el gol. Ya era otro el juego. James pedía la pelota, la repartía, buscaba pases gol, remataba de media distancia, en fin… ¡Colombia buscaba la victoria! Maduro, energúmeno ya, no tuvo más remedio que ordenar a sus hombres especiales de la Guardia Bolivariana esperar hasta el final del partido ahí mismo en la pista atlética y a los que estaban rodeando el estadio les ordenó la retirada. “¡Este partido no lo podemos perder!”, “¡el mundo me va a escuchar!”, gritó, y rompió un vaso contra la pared.

Al minuto 85 del choque, Colombia también rompió el arco venezolano. Giovanni Moreno, tras un pase genial de James, pateó fuera del área y fulminó cualquier resistencia con una pelota que viajó, por poquito, a 80 kilómetros por hora. La red no soportó semejante balonazo y se descosió. Fue un gol sublime que, tristemente, no fue celebrado como se merecía porque el empate no era suficiente. Falcao pidió rápido a los recogebolas otro balón, lo llevó al centro del campo y apuró a los venezolanos a reanudar el juego. Todos los colombianos intentaron otro gol, con desorden, pero con amor. El campo de la “vinotinto” fue invadido por la escuadra tricolor. Un riflazo de Cardona, un cabezazo de Murillo, un penalti que no fue, centros y más centros… ¡Dios! ¡Fue espeluznante el ataque! Pero el 1-1 no cambió. “¡jueputa!”, se lamentó James al oír el silbato final.

Sin que Pékerman lo pidiera, los jugadores se quedaron en el campo, no se fueron al camerino. Se quitaron la camiseta amarilla y algunos, como Santiago Arias, la intercambiaron con jugadores venezolanos.  Debajo, todos tenían un esqueleto blanco con una impronta en el pecho. Titulares y suplentes de los dos equipos y ambos cuerpos técnicos se formaron rápidamente en fila en el medio campo. Juntaron sus brazos, los alzaron y todo el mundo vio entonces un par de frases escuetas, pero reconfortantes: “¡Fuerza, Venezuela!” “¡Fuera, Maduro!”. La ovación en el estadio y tras los televisores fue absoluta. Colombianos y venezolanos se abrazaron y aplaudieron a rabiar.

Maduro apagó con rabia el televisor, caviló y tras unos segundos espetó: ¡Esclavos del imperialismo! ¡Millones y millonas que no saben nada del fútbol, si acaso Maradona!

Pronto, llamó a los dos militares que aún permanecían en la pista atlética y les dijo que esperaran allí hasta que no hubiera una sola persona en el estadio. Luego marcó, desde otro teléfono móvil, uno más sofisticado y secreto, a un personaje sin nombre al que le ordenó liquidar a los dos agentes. Los cuerpos fueron encontrados esa misma medianoche en la Plaza de Toros con sendos disparos en sus cabezas. Maduro no quiso dejar ningún rastro de sus intenciones. Al otro día, salió como si nada a visitar un barrio pobre de Caracas y allí un joven chavista le dijo: “Comandante, ese partido no se podía perder y no lo perdimos”.  Maduro botó una estruendosa carcajada. Como premio a su comentario, le regaló al joven un mercado y siguió saludando a la muchedumbre. “¡Este mundo me tiene que escuchar!”, susurró.

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PERFIL
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Periodista y Magíster en Comunicación Digital. Amo el fútbol. Trabajo en El Tiempo. Soy columnista en Kienyke. Bogotano y casado. He escrito para medios como Semana, Futbolred, Portafolio, Gol Caracol, entre otros. Mi Twitter: @javieraborda

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-->Tequilera, bar tender, lavaplatos, cocinera, mesera, estos son muchos de los trabajos de primera línea a los que se puede enfrentar un inmigrante, iniciando su nueva vida en Canadá. Así lo hice yo.

¿Devolverme a Venezuela o quedarme en Canadá? Esa era la pregunta que retumbaba en mi cabeza mientras ese ángel que encontré en Migración hacia mi aplicación, la cual me permitió como estudiante de idiomas y con mi nuevo status llamado Destitute Student (‘Estudiante Indigente’) conseguir una visa de trabajo Después de pensarlo por tres días, decidí quedarme a trabajar en Canadá para poder pagar mis estudios y como decimos los venezolanos’’echarle bolas’’, porque definitivamente en esta vida no se escoge dónde se nace, pero sí dónde vivir.  Bienvenidos a la segunda parte de mi historia, donde les presento un momento fundamental de mi pasado y mi presente en este país. Debo confesarles que nunca pensé que fuese a ser tan difícil, pero ahí estaba yo, aventurándome a un mundo desconocido, con el único objetivo de reunir, en poco tiempo (4 meses), el dinero para pagar el cincuenta por ciento (15.000 CAD) de mi maestría, pero no solo eso, debía pagar también la renta y mis gastos personales y lo sé, suena descabellado, pero lo asumí con mucha planificación y meticulosidad.
’’Uno nunca sabe lo fuerte que es, hasta que en realidad tiene que ser fuerte’’
Conseguí el primer trabajo de mi vida. Este quedaba en el Viejo Puerto, una zona muy turística de Montreal. Allí aprendí lo que es ser multitask: servir diferentes tipos de cervezas, hacer pizzas, fajitas, poutine, alitas de pollo, hamburguesas, de todo. No era mi único trabajo, tenía que reunir el dinero suficiente, así que de domingo a domingo y durante esos meses mi rutina se resumía en: tomar órdenes, cargar montañas de platos y limpiar baños como a muchos inmigrantes nos toca al inicio. 
’Y es que en las adversidades es donde nacen nuevos guerreros’’
Creo que jamás en mi existencia he trabajado tanto. No tenía más vida: todas las tardes salía del Viejo Puerto, a iniciar mi siguiente turno en un restaurante italiano en el que más que salario trabajaba por comida. El dueño amablemente me brindaba lo que no se vendía y así yo podía ahorrar gastos. Ese señor se convirtió como en mi abuelo, mi abuelo italiano.
 
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Además del trabajo, yo seguía estudiando francés todas las mañanas hasta el mediodía. Al terminar el verano comencé el máster. Un año más tarde, me gradué de abogada en Derecho Internacional de Negocios, LL.M de la Universidad de Montreal, con un GPA de 3.8, demostrándome que en mi vida no habría obstáculos más grandes que mis ganas de crecer y de superarme. Inspirada en esto, apliqué a la Residencia Permanente.  Al cabo del tiempo, empecé nuevos estudios, pero esta vez, en Inmigration consulting y logré culminarlos también. La vida comenzó a sonreír un poquito más, después de tantos sacrificios, todo estaba dando los mejores frutos. En medio de esta travesía, comprendí que no estaba sola en esta situación, ni era la única con un sueño por cumplir. Somos miles de migrantes a diario dejando todo atrás y buscando una mejor vida, así que algo detonó en mi cabeza, era el momento de que Eddy Ramírez pusiera en práctica sus estudios, experiencia y todo lo que aprendí de mi mamá.  Finalmente, llegó el día de materializar y darle vida a esta Tierra de Inmigrantes.    Continuará… Con amor, Eddy.   

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5 Comentarios
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  1. Bastante malo, no pierda el tiempo con la literatura, que usted carece de talento. Tampoco le ayuda tratar de darselas de chistoso con la tartamudez de James Rodriguez, recurso bastante predecible y bajo.

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