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Por Paula Angarita*

Seguridad vial

aún no contamos con una normativa que exija comercializar vehículos y motos con los estándares de seguridad exigidos por Europa o Estados Unidos. | Dejusticia con imagen de EFE

Esta semana se celebra la sexta edición de la Semana Mundial de las Naciones Unidas para la Seguridad Vial, una iniciativa liderada por la Organización Mundial de la Salud que nació en el año 2005, como una propuesta para abordar la problemática de siniestralidad en las vías. La cual afecta de manera desproporcionada a los países de ingresos bajos y medianos, quienes registran el 93 % de las muertes por el tránsito en el mundo.  

“Calles para la Vida” es el tema para esta versión de la Semana Mundial de la Seguridad Vial, que hará un llamado global a que se establezca el límite de 30 km/h para las calles del mundo. Y es que la movilidad es un elemento esencial en casi todos los aspectos de nuestra vida diaria, por lo que garantizar la seguridad en las vías y facilitar un transporte sostenible a velocidades adecuadas desempeña un papel importante en la reducción de la pobreza y las desigualdades, en el  acceso al empleo y a la educación, la equidad de género, así como en la mitigación del impacto del cambio climático. 

A pesar de lo anterior, muchos países siguen tolerando las lesiones y las muertes por siniestros de tránsito como un precio inevitable del transporte, incluso cuando son la principal causa de muerte de niños, niños y jóvenes entre 5 y 29 años. Nuestro país no es ajeno a esta problemática, pues la siniestralidad vial ha estado dentro de las 10 primeras causas de muerte durante los últimos 14 años. Y al menos el 50 % de los siniestros registrados en los últimos 12 años han involucrado al menos una persona lesionada o fallecida. De los cuales, los usuarios de motocicletas entre 20 y 25 años son los que más fallecen. 

Por ello, es a través de estas iniciativas como la Semana Mundial y la inclusión de la seguridad vial en la Agenda 2030 que se aborda esta problemática mundial, pues es claro que se requiere un mayor compromiso y colaboración por parte de los Estados, dado que los esfuerzos actuales son insuficientes. Por lo que, la seguridad vial tiene el mismo nivel de importancia de otras cuestiones internacionales como el cambio climático en tanto que es una de las amenazas más graves para el desarrollo sostenible de los países.


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Para ello, todavía es necesario contar con voluntad política y buena gobernanza, algo con lo que en Colombia nos hace falta. De acuerdo con las cifras de la OMS, en dos décadas únicamente nos hemos enfocado en trabajar en dos de los cinco factores de riesgo de seguridad vial: conducción bajo los efectos del alcohol y uso del cinturón de seguridad. Y se han rezagado otros factores que influyen en las vías y que al momento de un siniestro propenden por la vida y la salud de las personas, como el exceso de velocidad, el uso adecuado de cascos para motocicletas y la incorporación de estándares de seguridad para nuestros vehículos y motos.

Tan solo por dar un ejemplo, únicamente Bogotá y Cali cuentan con una regulación sobre los límites de velocidad. Y aún no contamos con una normativa que exija comercializar vehículos y motos con los estándares de seguridad exigidos por Europa o Estados Unidos. Lo que significa que nos seguimos transportando a altas velocidades sin los elementos de seguridad necesarios, como los las sillas de retención para proteger a los niñas y niños.

Por lo que es momento de emprender acciones destinadas a reducir el riesgo de fallecer o resultar lesionado en un siniestro. A nivel mundial, los acuerdos y estándares internacionales que se han venido desarrollando han sido un avance clave, pero aún quedan muchos retos por enfrentar para motivar los cambios necesarios a nivel nacional. No hay que olvidar que detrás de cada siniestro vial hay una muerte o una lesión que puede ser evitada.

Mediante esta columna queremos rendirle un homenaje a las miles de personas que en nuestro país pierden la vida en un siniestro vial y en especial a un miembro de nuestro equipo, Jako Jajoy Juagibioy, quien falleció el pasado domingo, en el municipio de Santiago, Putumayo, mientras conducía su moto. Jako era comunero indígena de los pueblos Inga y Kamentsá del Valle de Sibundoy y estudiante de derecho en la Universidad de Nariño. Lamentamos esta pérdida y acompañamos a su familia. 

 

* Investigadora de Dejusticia

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Qué es lo que recordamos, y qué olvidamos, es seguramente una pregunta difícil de responder.

La mayoría de los humanos somos capaces de recordar experiencias pasadas, o fechas especiales, y hoy en día unos cuantos números de teléfono. Seguramente muy pocos.

Como quizás usted sepa, estimado lector, nuestra memoria parece "guardar" recuerdos de varios tipos; es de cierta forma clara la diferencia entre el recuerdo que se tiene de la fecha de su nacimiento, al que viene a la mente al recordar un libro especial o una película o una persona. Así que hay recuerdos más "ricos" que otros; más llenos, más complejos, si se quiere. Recuerdos que se componen de imágenes y también de sonidos, de olores, de sentimientos e incluso de recuerdos. Recuerdos de recuerdos, como por ejemplo los de los sueños; no es usual recordar directamente un sueño varias horas después de haber despertado, pero si justo al abrir los ojos el personaje se concentró suficiente en lo que acababa de soñar, entonces es probable que en la noche aún lo recuerde.

En fin. Hemos vivido muchas cosas a lo largo de nuestras vidas, pero a medida que pasa el tiempo las impresiones que podamos tener sobre ellas se van como desvaneciendo, como desgastando, y todo de forma natural y progresiva. No se puede detener. Olvidar es algo necesario, he oído decir a algunos, para poder mantenernos concentrados y con los pies en la tierra.

Borges, en su relato Funes el memorioso, nos muestra la realidad de un personaje (se llama Ireneo Funes, es argentino) que, producto de un accidente, no puede olvidar. Es uno de esos argumentos llamativos, formas de experimentos sociales con visos de realidad y casi de periodismo, que le permiten al que quiera imaginar por un momento cómo sería su encuentro con un personaje así de particular. Así imagina Borges la condición de Ireneo:

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero (...) Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

No sé a ustedes, pero a mí me parece una imagen literaria muy fuerte, uno de los relatos más agradables e interesantes que he leído. Por eso lo recomiendo fuertemente.

Desconozco la existencia de casos reales tan impresionantes como el de Funes. Aún así, sé de varios savants o personas con ciertas deficiencias en ciertas habilidades naturales (autistas, en la mayoría de los casos), que sin embargo parecen verse "retribuídas" en capacidades asombrosas. Es así como algunos hombres, siendo naturalmente incapaces de bañarse y vestirse por sus propios medios, pueden realizar operaciones matemáticas complejas más rápidamente que ciertas calculadoras, y con una exactitud y seguridad asombrosas. Existe también (y éste es un ejemplo bien popular) Stephen Wiltshire, un inglés al que se le diagnosticó autismo a temprana edad, y que tiene la impresionante habilidad de dibujar un paisaje con precisión casi fotográfica habiéndolo visto una sola vez. Algunos considerarán que "mostrarlo" de esta manera equivale a ponerlo en posición de curiosidad de circo; aun así, creo sinceramente que es posible admirar de corazón a este hombre por sus capacidades, sin verlo como un espécimen raro. En este video, Wiltshire es llevado a Tokio para hacer una vista panorámica grandísima de la ciudad.



Interesante, ¿verdad?. Wiltshire se gana la vida de esta forma; dibujando por dinero. Es básicamente lo mismo que hacen algunos artistas callejeros, sólo que no lo hace por física necesidad.

Fenómenos como el Alzheimer o el autismo afectan la memoria humana incrementándola o borrándola gradualmente. En su relato, Borges nos muestra de forma impersonal (y, creo yo, bastante respetuosa) la situación de una persona que se ve afectada por una de estas situaciones extremas; nos hace ver que no es lo que se llamaría una bendición, pero que en cierta forma tampoco puede considerarse algo malo. Es un punto de vista sobre una realidad que toca a pocos, pero que nos permite reflexionar y aprender algo nuevo. La literatura, entonces, nos enseña un poco de realidad a través de la ficción.


dancastell89@gmail.com

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