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El año pasado las movilizaciones masivas que tuvieron lugar en Chile fueron una sorpresa, pues décadas atrás se le había considerado como paradigma de democracia y estabilidad.  Las protestas, sin embargo, pusieron al descubierto las enormes contradicciones de la transición chilena lo cual no debería significar el fracaso de la democratización. Es más, lo ocurrido en 2019 es una demostración fehaciente del carácter democrático del proceso iniciado hace 30 años, pero que dejó tareas incompletas que no deben ser aplazadas indefinidamente, ya que se corre el grave riesgo de un retroceso y de que la polarización siga su curso.

La historia detrás del proyecto plebiscitario acordado el año pasado es compleja y data de la propia democratización iniciada en Chile a finales de los ochenta. La Constitución de 1980 todavía vigente en Chile fue redactada bajo la tutela de Augusto Pinochet. Por consiguiente, se acordaron principios contrarios a la democracia como la prohibición de cualquier ideología «fundada en la lucha de clases» en clara alusión al marxismo y a partir de esta se persiguió por terrorismo a cualquier persona que difundiese ideas en ese sentido. Aquello fue clave para elevar a rango constitucional los principios que inspiraron uno de los gobiernos militares más represores de la segunda mitad del siglo XX en América Latina, responsable de la desaparición, tortura y muerte de al menos 3000 personas.

En 1988 se llevó a cabo el plebiscito que terminó con la dictadura pinochetista y si bien se abolió el famoso artículo 8 que proscribía el marxismo, la estructura política y sobre todo económica, dejada por el aparato militar parecía poco alterada. Los militares conservaron un margen de maniobra relevante para el proceso de toma de decisiones y la rigidez para reformas a la Constitución fue uno de los aspectos más críticos. Los primeros gobiernos de la concertación de partidos de izquierda-demócratas cristianos- mostraron un avance en términos de alternación, pero los pasivos jamás desaparecieron. A comienzos de siglo la llegada de socialistas -Ricardo Lagos y posteriormente Michelle Bachelet- aceleró el cambio. Con Lagos se le otorgó al presidente la potestad de remover a jefes de las Fuerzas Militares, se eliminaron los cargos de senadores vitalicios (una figura ejercida en el pasado por Pinochet), el Consejo de Seguridad Nacional se convirtió en órgano de consulta sin decisiones de carácter vinculante y se redujo el periodo presidencial de 6 a 4 años, entre otros. Chile pasó de un presidencialismo con un fuerte componente militar a un sistema más equilibrado.

A pesar de las reformas, la Constitución del 80 sigue siendo un legado del periodo pinochetista y su vocación de reducir a la mínima expresión el papel de la Estado en la economía despierta inconformidad. Esto se explica además por las contradicciones socio-económicas de la transición, cada vez más difíciles de ocultar. La magnitud inédita de las protestas de 2019 hizo que el gobierno de Sebastián Piñera aceptara la convocatoria el 26 de abril de este año, de un plebiscito en el que los chilenos se expresarían en favor o en contra de una nueva constitución y en caso de optar por la primera, sobre la forma para componer un cuerpo encargado de su redacción. De forma justificada, el gobierno anunció un aplazamiento de la jornada por la gravedad de la crisis sanitaria. No obstante, Piñera se ha alejado cada vez más del tema sanitario para invocar razones económicas en la dilación de la consulta. Aquello ha despertado una polémica, pues si bien los argumentos sanitarios son irrebatibles, las consideraciones económicas parecen generar menos consensos y son leídas por la oposición como una oportunidad del establecimiento para mantenerse al abrigo de la reforma. La postura de Piñera también hace pensar a varios sectores que apoyan la consulta, que pretende aprovechar la crisis para acudir a un esquema «desde arriba» para la concreción de la reforma, es decir, que, miembros del actual congreso la gestionen. Se trataría de una decisión con efectos devastadores sobre la legitimidad futura del proceso y un nuevo estímulo para una polarización.  

@mauricio181212

 

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Profesor de Estudios de América y Latina y el Caribe e Introducción a las Relaciones Internacionales en la Universidad del Rosario. Doctor en Ciencia Política de la Universidad de Toulouse I.

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2 Comentarios
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  1. mauricio.jaramillo.jassir

    Coincido en que el marxismo ha perdido muchas batallas y hoy es difícilmente atractivo en términos electorales. No obstante, una de las principales características de las protestas en Chile fue que no hubo ningún partido movimiento o ideología que las recogiera o tuviese maternidad/paternidad sobre estas, menos el marxismo.

  2. En plena pandemia, importa esa reforma de clara agenda marxista e impulsada por agentes externos a la democracia chilena? Tras ver los destrozos y desmedro de la economía chilena, el movimiento que logró poner en la agenda dicha reforma perdió mucho de su apoyo y les conviene mantenerla en la esfera política, ya que la calle ya no les es favorable. El marxismo ha perdido otra batalla en Latinoamérica, mientras su principal promotor, el chavismo, comienza a sufrir los estragos de sus principales patrocinadores, China y Rusia.

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