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¿Derecho a “morir dignamente” o “jugar a ser Dios”?

Semanas atrás, desde el capitolio nacional, sede del congreso de la República, parlamentarios de diferentes bancadas e invitados internacionales se opusieron férreamente al derecho que todo mortal tiene de “morir dignamente”. Expusieron sus respectivos argumentos en contra de la eutanasia. Unos con más credenciales que otros y, algunos, improvisando apenas y convenciendo poco, como muy bien lo han sabido hacer durante su trayectoria política.

Vuelve el neurálgico tema de la eutanasia a estar en medio de la controversia. Debates, polémicas extenuantes y agónicas de nunca acabar, como el tema en sí.

¿Pero quiénes se oponen a que exista un derecho a “morir dignamente” y qué debería exactamente entenderse por ello?

Voy a empezar a definir de una manera simple lo que para mí debería ser la interpretación de la expresión “derecho a morir dignamente”; que no es otra diferente a la decisión individual, autónoma, libre, consiente y amparada por la ley de renunciar a la vida, cuando la misma se ha convertido, única e ineludiblemente, en un tormentoso dolor constante, irreparable, mortificante, que anula por completo cualquier asomo digno de la existencia humana.

¿Qué dice al respecto la Constitución en Colombia?

Palabras más, palabras menos, la eutanasia en la legislación actual es el procedimiento a través del cual se busca causar la muerte a un paciente de forma deliberada con la finalidad de poner fin a su sufrimiento. La Corte Constitucional despenalizó su práctica en 1997, aún cuando todavía aparezca sancionada en los anaqueles del Código Penal colombiano y la Constitución Política establezca tajante, como inviolable, el derecho a la vida.

Para resumir, a diferencia de otras latitudes, en Colombia está más viva que nunca la polémica al respecto. La discusión, por ejemplo, sobre la competencia de la Corte Constitucional para modificar un precepto establecido en la Carta Magna arde como nunca. Lo que de manera insoslayable genera una incertidumbre jurídica para la aplicación, entre otras, de la guía presentada por el Ministerio de Salud y Protección Social. Pero de los vericuetos, obstáculos y paradojas que la eutanasia ha tenido que sortear en el convulsionado y minado campo de la normatividad colombiana no me desgastaré por ahora, ocupándome de ello, quizá, en otra oportunidad.

Volviendo atrás, en síntesis, el grupo de aquellos que se oponen a una “muerte digna” a través de la eutanasia en Colombia (y en gran parte del continente) bien podrían clasificarse en 3 grupos:

Quienes arropados en las hojas sagradas de la Biblia o bajo la concepción religiosa que lo determine solo ven indemnes en la voluntad divina, y no en otra, la facultad de quitar la vida. Pase lo que pase.

En segundo lugar, están aquellos para quienes el dolor hace parte de la existencia humana; sin tarifas o grados de sufrimiento. Incluso, entrelazan y relativizan muchas veces de manera muy confusa los conceptos de dignidad con el de sufrimiento como una ecuación inescindible al ser humano. Sus postulados no distan mucho de los primeros.

Y, finalmente, está el grupo de aquellos que a la sombra de una percepción no tan estricta de la religión defienden con gran entusiasmo los cuidados paliativos como una opción suficiente para enfrentar, soportar, mitigar y hacer más llevadero el dolor. No importa la naturaleza ni la intensidad del mismo. Muchos, amigos muy cercanos de la industria farmacéutica, defienden con ahínco el avance de la ciencia y la medicina.

En cuanto respecta al primer grupo, respetando a profundidad sus credos y dogmas; en lo personal considero que dejar a merced de la voluntad de Dios la suerte de quien está siendo torturado en virtud de una enfermedad incurable o una condición exasperante que le impida llevar una vida mínimamente digna y soportable, es algo definitivamente cuestionable. Para aquellos que así piensan, me pregunto, dónde queda el concepto de “libre albedrío” que los textos sagrados proclaman. En circunstancias absolutamente extremas y concretas creo estar convencido de que el optar por una decisión tan controversial como acabar con la vida en aras de erradicar un dolor o tormento de la naturaleza que fuere, que sobrepase los niveles de tolerancia más allá del promedio de los límites establecidos, producto de una enfermedad incurable, que reduzca al ser humano solamente a la agonía constante de tener que sobrevivir a una tormentosa existencia, es una posibilidad que, amparada en el libre albedrío, empezando por Dios, nadie reprocharía. Con gran respeto lo manifiesto e insisto, ante todo, en casos absolutamente concretos y extremos. La polémica con respecto a quienes piensan diferente está abierta y considero eso sí que mi argumento no necesita de más recursos para desengañar y persuadir, que la declaración resuelta de quienes puedan llegar a encontrarse en una situación así: de agonía irreparable y perpetua.

A los del segundo grupo, que bajo el argumento de que el dolor es inherente al ser humano y que la vida concebida sin dolor no es vida, les diría que tal lectura es parcialmente cierta, porque irrefutablemente la vida es dolor en sí, pero el precepto se torna odioso cuando pretenden, ufanándose demasiado, argüir que no existe diferencia alguna entre soportar un dolor y sufrir viviendo la agonía de una implacable tortura. Si tal visión no se relativiza, podría llegar a tornarse tan controversial como indolente.

Y, finalmente, para aquellos que le conceden una dimensión exagerada a los cuidados paliativos, a tal punto de calificar su efectividad como suficiente para paliar el dolor, “dado que para ello fueron concebidos y dada su acreditada eficiencia hacen posible hacer llevadero cualquier dolor”, como le oí un exsenador colombiano decir sin empacho alguno, sin desconocer lo valioso que son estos cuidados, la sola afirmación causa repulsión cuando se transmite con la arrogancia típica de un político que al parecer no sabía muy bien de lo que hablaba y, no sería descabellado considerarlo, en varios momentos de su intervención generó ciertas suspicacias con respecto a la imparcialidad de su discurso y sus intereses personales.

Afirmar que los cuidados paliativos son suficientes para afrontar, por ejemplo, una enfermedad no solamente terminal sino inenarrablemente tortuosa y aniquilante en todos los espectros de la existencia humana es, por decir lo menos, inexacto y atrevido.

Sin desconocer los avances de la ciencia y la efectividad de algunos aciertos del espectro farmacéutico, hay cientos, miles de enfermedades y padecimientos aún inexplorados o simplemente desafíos mórbidos a donde la ciencia médica no ha llegado o, simplemente, resulta insuficiente; penosas y devastadoras condiciones humanas físicamente insoportables aún bajo el amparo del juicioso (inútil para algunos pero prefiero, por ahora, no manifestar nada al respecto) cuidado paliativo y el destacable esfuerzo médico.

De cualquier manera, soy un convencido partidario de que quien debe tener la última palabra es el paciente, que en uso de sus facultades volitivas íntegras (y consientes) pueda llegar a tomar una decisión de tal trascendencia. Y en el evento de no poder auto determinarse por sí mismo, ni poder decidir lúcida y juiciosamente, cualquier primer depositario de su íntima confianza, suficientemente acreditado, que mínimamente tenga la facultad de conmiserarse y compadecerse con el dolor ajeno como si fuera propio. El dolor de un ser amado, para ser más exacto. Aquél dolor inaudito e imposible de llevar.

En todo caso, muy consciente de lo delicado del asunto y la relatividad de todas sus formas, el tema da para un debate interminable que la mayoría de veces “la víctima” no está dispuesta a resistir y mucho menos está dispuesta a esperar.

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