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Partir del supuesto que concibe al fundamentalismo desde la falta de inteligencia es problemático debido a que, generalmente, dicha ignorancia se relaciona con una carencia y, según concluía Platón, no es así. Si la inteligencia es un estado dubitativo constante, una falta, la ignorancia únicamente puede ejemplificarse como un estado de plenitud. Uno en el que las personas deciden confiar ciegamente en la totalidad de sus ideas. Un mundo en el que no existe exigencia racional alguna de entenderse, determinarse y existir guiados por un sentido crítico.

La única forma de superar a las expresiones del radicalismo cultural, político o religioso es cimentar una transformación del haber social y del individuo. Mientras la premisa reduccionista que define al fundamentalismo como un conjunto de deficiencias subjetivas, u errores individuales, siga manteniéndose como la causa que explica el ascenso del dogma en la sociedad continuaremos en el círculo vicioso de preguntas y respuestas superficiales que hemos recorrido una y otra vez.

Las ideologías no son cuestiones cuya simple refutación teórica pueda hacerlas de lado ya que se basan en un complejo cúmulo de circunstancias, tanto individuales como colectivas, que encausan al individuo por un camino de conformismo. Lo impulsan a través de estímulos casi imperceptibles y se favorecen de sus falencias racionales para que se circunscriba a posturas que prescinden de la autocrítica y lo ubican en un sitio aparentemente privilegiado. Lo colman de certezas hasta acabar con sus dudas y con su capacidad de dudar.

La excesiva idealización de la realidad ha dado lugar a que contrasentidos, como la autoexplotación, pasen por verdades absolutas, generando espacios para adiciones indebidamente concebidas a los principios que rigen nuestras vidas. El temor al cuestionamiento, a la transgresión del status quo dispuesto por el sistema de dominación al que estamos sometidos, reduce el plano en el que el sujeto se proyecta y lo motiva a tomar decisiones sin suficiente información, impidiéndole realizar reflexiones profundas sobre lo que ve y siente y obligándolo a permanecer en la oscuridad en la que la irracionalidad y su insuficiencia cognitiva lo tienen sumido.

Entre las nuevas generaciones ha ganado espacio una expresión del fundamentalismo muy particular, el antinominismo. Estanislao Zuleta lo definió como “una actitud de oposición global a las normas, a la ley y al poder en su forma más generalizada”. Una actitud que nos ha acompañado durante toda nuestra historia reflejo de una necesidad emancipadora inmanente al hombre. Sin embargo, vivida como axioma totalizador ha causado que muchos resulten superados por su desconfianza. La antipatía radical por el poder y las normas genera un sesgo que delimita la capacidad racional y conforma un obstáculo para el progreso de la sociedad.

Lo anterior se evidencia en todos los campos. En la política, por ejemplo, numerosos grupos alegan ser víctimas de un Estado masivo, torpe y corrupto que no cumple con las funciones para las que fue instituido y limita su libertad y desarrollo. No obstante, de manera paralela, los mismos sectores promueven la estatización absoluta de la salud, de la educación y del sector financiero. Una contradicción, ¿por qué deberíamos optar por ampliar las facultades y funciones de un Estado que, intrínsecamente, es apabullante, inepto y desleal? Concluir que el establecimiento y el sistema normativo son el fundamento único de todos los sucesos prósperos y adversos que atravesamos reduce injustificadamente la complejidad propia de las relaciones sociales y del individuo mismo.

El fundamentalismo se favorece de la emotividad desmedida que ha caracterizado al hombre durante diferentes épocas, hemos atravesado momentos de fatalidad y tristeza originados en un actuar eminentemente intuitivo y emocional que nos hace errar. Si bien, materializado en el antinominismo representa algo de aquella transgresión necesaria que mencionada al inicio, llevado al extremo propicia una caída en el totalitarismo ideológico.

La razón está en crisis y, de continuar así, nos hallaremos ante el desmantelamiento paulatino de nuestros logros a manos de mayorías fundamentalistas que pretenden acabar con los pocos espacios de libertad que nos quedan.

@GabrielCasadieg

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Abogado de la Universidad Externado de Colombia. He sido parte de paneles de opinión en diferentes espacios académicos y medios de comunicación. Escribo columnas en las que reflexiono sobre fenómenos políticos y sociales, sus fundamentos filosofícos e impacto en la realidad. Creo en el progreso y la libertad.

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2 Comentarios
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  1. edmundodiaz1027

    El tema “Sobre el fundamentalismo” analizado por el autor del texto, muestra una visión filosófica compleja, de difícil comprensión a quienes no son especialistas en estos asuntos.
    En sentido más coloquial, diría que el Fundamentalismo es un conjunto de creencias y vivencias alienantes, impuestas por ideologías autoritarias, que han descartado de plano la autocrítica. La sopa formada por política y religión, como en el caso de los musulmanes extremistas. El odio a sí mismos, a la vida y a la humanidad los lleva al terrorismo y al sacrificio estúpido y cruel.

    • gabriel516410

      Exactamente Edmundo, abordo al fundamentalismo como la ausencia absoluta de autocrítica, ya sea en lo político o en lo religioso es lo que propicia la renuncia, o enajenación, de parte de nuestra individualidad al colectivo. El fundamentalista político es tan dogmático como el religioso, son dos caras de la misma moneda. Los autoritarismos se valen de esto y proponen axiomas políticos para congregar a las personas alrededor de postulados absolutos. En el caso de los extremistas que menciona, ellos entregan su vida a una causa y así apaciguan la desesperación de no hallar razón alguna para vivir por su cuenta. El colectivo valora la vida que el hombre no puede valorar.

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