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La tecnología se ha visto muchas veces como la solución a todo problema. Pues… sí, pero no. Mejor dicho, hay que olvidarse de las respuestas extremas: en unos casos dicen que el iPad nos va a enajenar a todos, en el otro extremo del ring dicen que es imposible vivir en la edad de piedra. Lo único que se puede responder a esas dos afirmaciones es «sí, de acuerdo». Porque la solución nunca debe estar en los extremos. 

 Con respecto al transporte, la velocidad, ir despacio y todo lo que presento aquí, el debate sobre la tecnología es omnipresente. Algunos ejemplos: 
– ¿metro o TransMilenio? (o aerobuses, o PRT, o alguna de esas loqueras) 
– ¿Bicicletas eléctricas o «clásicas»? 
– ¿vehículos Diesel Euro 6 o de pilas? 
– ¿Adidas o Nike? 
 Estas discusiones me hacen pensar en dos cosas: 
 1- En un chiste viejo y malo que dice «La diferencia entre un hombre y un niño es el precio de los juguetes». En la política de transporte, yo siempre digo «la diferencia entre un hombre adulto y un alcalde es el precio de los juguetes». Como decía, chiste viejo y malo, pero no he encontrado otra manera de describir cómo los alcaldes a veces se quedan enfrascados en las preguntas de arriba, cuando en realidad la pregunta es otra.
 2- Además de pensar en las decisiones (inútiles) de los gobernantes, también me hace pensar en ese juego de la década de 1980: «Super Triumph» (oficialmente Star Collection de Ronda), en el que uno competía con sus amigos (o enemigos) para demostrar que el carro que tenía impreso en una carta tenía características mejores que el de los demás «cilindraaajeeeee…. ¡a la mayor!¡Super Triuuumph!!» (pido disculpas a los nacidos después de 1990, tal vez no tengan idea de qué estoy hablando). 
Supertriumph.jpg
(esta foto salió de algun lado, perdón pero en total sinceridad no la pude volver a encontrar)
A lo que me refiero es a que restringirnos a los aspectos tecnológicos de un problema nos desvía del problema principal. Por ejemplo, el debate actual sobre si los buses de TransMilenio serían mejores en Euro 6 o híbridos o eléctricos… sí, muy interesante y todo, pero… ¿no es realmente otro el problema? Como decimos algunos: si yo tengo una ciudad llena de carros eléctricos, voy a tener un «transporte limpio», pero también voy a tener dos cosas: congestión limpia y accidentes de bajo carbono. Lo mismo se puede decir de las preguntas sobre la tecnología de los buses de TransMilenio: pueden pensar en mil tecnologías, hasta propulsión de agua o de gases, lo que quieran. Pero, para mí, el énfasis debería darse antes que nada en reducir la aglomeración en los buses, en renegociar los contratos de operación de manera adecuada, y en reducir los robos dentro de los buses.
Otro ejemplo es el del Volvo que reconoce a los ciclistas. Todo el mundo está feliz porque por fin un carro reconoce a los usuarios de una bicicleta. «Genial invento», dicen. Pero… ¿y es que el conductor no los puede reconocer? ¿Por qué tenemos que esperar que una máquina haga lo que el ser humano ya podría hacer por sí solo?¿No estamos agregándole complejidad a algo que es realmente sencillo? Gracias, Sr Volvo, pero prefiero primero educar a los conductores para que respeten a los demás sin tener que participar en un diálogo como este: 

– «Michael, atención! Estás por atropellar a un ciclista….» 
–  «Gracias, Kit, por favor frena, y de paso abre la ventana para gritarle por andar por la calle, debería estar en el jardín de su casa mientras nosotros rondamos las calles para atrapar sujetos sospechosos».

Por favor, la era del Auto Fantástico se acabó incluso antes de la de Super Triumph. Dejen la pendejada.

 Para que no crean que quiero ser un Amish ni que estoy proponiendo que cancelen el contrato de la luz y vivan a punta de vela, les doy un ejemplo de cómo las soluciones de transporte pueden ser tanto ultra-tecnológicas como poco tecnológicas. 
Vean esta foto: 

Tecnologia vs simplicidad 
(yo tomé esta foto)

 En esta foto hay dos cosas: un carro eléctrico de un sistema de «carsharing» (automóviles compartidos mediante un sistema de préstamo distinto del alquiler tradicional – de ahí que prefiera el término en inglés), y un cicloparquedero de U invertida. Son dos soluciones diametralmente opuestas en complejidad, objetivos y costo, pero las dos son un excelente ejemplo del futuro del transporte. 

 El carsharing no es tan nuevo, pero sí se ha consolidado como un sistema para compartir una solución de movilidad individual sin tener que incurrir en la compra de un carro. Desde hace dos o tres años se logró que los sistemas de carsharing pudieran ser eléctricos (antes, de hecho por cuestiones tecnológicas, era muy difícil que sirvieran por la autonomía del vehículo). Sin exagerar, esto va a transformar la industria del automóvil y sus patrones de uso, más que el iPhone (esa discusión del iPhone vs el carro la doy luego). 

 Por su parte, el cicloparqueadero de U invertida es un ejemplo de la simplicidad máxima y el costo mínimo para lograr solucionar un problema que tenemos frecuentemente en nuestras ciudades: ¿dónde carajos puedo parquear mi bicicleta? En realidad es una pregunta tan frecuente en muchos sitios, cuya solución es tan sencilla como invertir un poquitico de plata y hacer un instructivo para los usuarios. Pero, al tratar de implementarlo con el gobierno, parece como si uno estuviese proponiendo el despegue de un transbordador espacial con tecnología autóctona de Filandia (Quindío)… creo que yo dormiré mucho mejor el día que entienda por qué abren tanto los ojos los técnicos de los gobiernos cuando uno les muestra una U invertida.

Buenas y malas prácticas en el uso del ulock 
(Claudio Olivares hizo este dibujito tan chévere)

 Para tratar de concluir: la tecnología no es buena o mala, siempre y cuando no la usemos como usamos el SuperTriumph en los 80s, ni que creamos que va a ser nuestro inseparable camarada como lo fue Kit Para Michael Knight al tratar de «atrapar a esos sujetos». Simplemente hay que ver cada solución por lo que es, y tomar decisiones útiles. 
 

 «El infiermo de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio». Italo Calvino
 

(graacias a Andrés Barragán, Juan Camilo Hoyos, Gisel Ramirez y Camilo Cuervo por ayudarme a acordarme de los Días de Gloria del Super Triumph).

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