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Hace unos días, por cosas laborales, visité junto con unos compañeros del trabajo el Parque Ecológico Matarredonda que, coincidencialmente, se ubica muy cerca a donde planeo mi vida en el campo.

Ese día, pensado como un encuentro de reflexión, de cierre, de cambios y de conexión con la naturaleza, se renovó también mi intención de ser ‘neocampesino’.

Allí, en el páramo, la sensación de caminar o correr en la montaña, de andar hacia lo desconocido en medio de la niebla, de saber que al final del camino hay una cascada o una laguna, según el sendero que se elija, pero que finalmente sigue siendo un mundo desconocido y sin expectativas, se convirtió en algo cercano a una metáfora de la vida.

En ella, los citadinos vivimos eligiendo caminos, del trabajo, del transporte, de los planes de fin de semana, del crecimiento profesional, del estudio, de las relaciones… a veces los mismos una y otra vez. Muchas otras veces porque tenemos la certeza de lo que encontraremos: una oficina, un bus que nos lleva a ella, un restaurante…

Los caminos en el campo suelen ser distintos. No solo porque son de trocha y no de asfalto, sino porque sus destinos parecen inciertos: los de un cultivo que no sabemos si se dará, los de una cosecha que no sabremos cuánto costará, los que no tienen límites de velocidad, ni afanes. Al final siempre habrá algo sorprendente. Al menos así ha sido esta experiencia.

Sin embargo, lo que me llamó la atención de esta salida al páramo no fue reencontrarme con esa idea romántica, y cada vez más real, de la vida en el campo. Lo fue saber, luego de una conversación con mis compañeros de ese viaje, que no solo para mi volver a la ciudad luego de un día de campo se convierte en una vuelta a una realidad, casi indeseable.

“La paz se me acabó apenas me subí al Transmilenio”, decía una compañera.

“Al volver (del páramo) me quedaba una hora y media de viaje hasta mi casa”, dijo otra.

Nos hace tanta falta salir al campo para ver la realidad en la que vivimos. De estrés, cansancio, frustración, miedo y soledad. De cosas que no decimos a menos que nos cobije un árbol y un día natural, de miedos que ocultamos para sobrevivir mientras seguimos tomando los mismos caminos a diario. Los de la vida que normalizamos y nos acostumbramos a vivir.

Todo esto me refuerza, cada vez más, que los caminos que deberíamos seguir son esos de los que hablamos con añoranza cuando volvemos del campo. Por eso me pregunto ¿Ustedes también sienten frustración al volver a la ciudad luego de una viaje al campo?

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Comunicador social y periodista, Magister en Humanidades Digitales y director del proyecto colaborativo @Transformacciones. Actualmente en transición hacia el campo, la producción colaborativa y la vida sostenible.

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4 Comentarios
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  1. Claro que si ,tristeza de ver esas trochas, rabia de ver a los pocos campesinos que quedan esperanzados y harapientos que el intermediario de turno no les paguen miserablesas por sus productos, impotencia de ver el abandono del estado para con estas personas que entregaron su vida al campo. Y para que renegar de volver a la ciudad si nos toca resignarnos.

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