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Nos roban sin el cuchillo en el cuello, con la ilusión de una cifra real de un descuento imaginario, con un shampoo anticaspa de $14.000 que rematan en $13.999 y creemos que algo cambia, que el sistema no favorece por un día al propietario del supermercado, que la justicia existe y vale solo un peso. Las cifras engañan más que la gente –aunque parezca ficción-, y los números hacen presidentes y los mantienen por ocho años –que es un número también-. Nunca sabemos el valor real de las cosas, los precios cambian cuando se pide descuento y el costo de vida lastima menos si se paga de contado.

Somos una fecha de nacimiento, con decenas de kilos y claves de cuentas bancarias. 106 huesos con más de 650 músculos y 32 muelas caminando por la carrera 7 con calle 26. Podemos perder la vida en un segundo y lo normal es que el corazón esté entre las 60 y 100 pulsaciones por minuto. Es aburrido vivir con la cabeza llena de operaciones, recibir el sueldo y dividirlo mentalmente en las facturas de servicios. Sumar los minutos que gastamos del plan de celular y restar del paquete de datos las megas de navegación nos consume poco a poco.

El mercado nos ve la cara de idiotas, al igual que la vida y los políticos. Todo lo que nos convence de ser necesario termina por engañarnos, como el amor. Las más peligrosas son las cifras que no terminan en ceros, que parecen sinceras por ser impares. Las presentan con la ingenuidad de un niño que va a la tienda por el azúcar y les regresa a sus padres $375 de vueltos. Pudo redondear a $370, a lo colombiano y robarse el resto en dulces pero no sería creíble a la hora de rendir cuentas. Por eso es mejor escribir 89 razones en contra del gobierno de Santos, porque seducen más que 90 y tienen pinta de honestas, como de alguien que no redondea con mentiras a pesar de estar tan cerca de la próxima decena. Hace falta una sola y no es difícil de inventar, pero como el peso menos en el precio del shampoo, es necesario descontarla para que creamos que algo está de nuestro lado.

 

@jimenezpress

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Sobreviviente de tres novias santandereanas, catador de dramas cotidianos y fenómeno internacional de la autoayuda.

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https://www.youtube.com/@Immiland

https://www.instagram.com/eddy.ramirez21/

-->Tequilera, bar tender, lavaplatos, cocinera, mesera, estos son muchos de los trabajos de primera línea a los que se puede enfrentar un inmigrante, iniciando su nueva vida en Canadá. Así lo hice yo.

¿Devolverme a Venezuela o quedarme en Canadá? Esa era la pregunta que retumbaba en mi cabeza mientras ese ángel que encontré en Migración hacia mi aplicación, la cual me permitió como estudiante de idiomas y con mi nuevo status llamado Destitute Student (‘Estudiante Indigente’) conseguir una visa de trabajo Después de pensarlo por tres días, decidí quedarme a trabajar en Canadá para poder pagar mis estudios y como decimos los venezolanos’’echarle bolas’’, porque definitivamente en esta vida no se escoge dónde se nace, pero sí dónde vivir.  Bienvenidos a la segunda parte de mi historia, donde les presento un momento fundamental de mi pasado y mi presente en este país. Debo confesarles que nunca pensé que fuese a ser tan difícil, pero ahí estaba yo, aventurándome a un mundo desconocido, con el único objetivo de reunir, en poco tiempo (4 meses), el dinero para pagar el cincuenta por ciento (15.000 CAD) de mi maestría, pero no solo eso, debía pagar también la renta y mis gastos personales y lo sé, suena descabellado, pero lo asumí con mucha planificación y meticulosidad.
’’Uno nunca sabe lo fuerte que es, hasta que en realidad tiene que ser fuerte’’
Conseguí el primer trabajo de mi vida. Este quedaba en el Viejo Puerto, una zona muy turística de Montreal. Allí aprendí lo que es ser multitask: servir diferentes tipos de cervezas, hacer pizzas, fajitas, poutine, alitas de pollo, hamburguesas, de todo. No era mi único trabajo, tenía que reunir el dinero suficiente, así que de domingo a domingo y durante esos meses mi rutina se resumía en: tomar órdenes, cargar montañas de platos y limpiar baños como a muchos inmigrantes nos toca al inicio. 
’Y es que en las adversidades es donde nacen nuevos guerreros’’
Creo que jamás en mi existencia he trabajado tanto. No tenía más vida: todas las tardes salía del Viejo Puerto, a iniciar mi siguiente turno en un restaurante italiano en el que más que salario trabajaba por comida. El dueño amablemente me brindaba lo que no se vendía y así yo podía ahorrar gastos. Ese señor se convirtió como en mi abuelo, mi abuelo italiano.
 
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Además del trabajo, yo seguía estudiando francés todas las mañanas hasta el mediodía. Al terminar el verano comencé el máster. Un año más tarde, me gradué de abogada en Derecho Internacional de Negocios, LL.M de la Universidad de Montreal, con un GPA de 3.8, demostrándome que en mi vida no habría obstáculos más grandes que mis ganas de crecer y de superarme. Inspirada en esto, apliqué a la Residencia Permanente.  Al cabo del tiempo, empecé nuevos estudios, pero esta vez, en Inmigration consulting y logré culminarlos también. La vida comenzó a sonreír un poquito más, después de tantos sacrificios, todo estaba dando los mejores frutos. En medio de esta travesía, comprendí que no estaba sola en esta situación, ni era la única con un sueño por cumplir. Somos miles de migrantes a diario dejando todo atrás y buscando una mejor vida, así que algo detonó en mi cabeza, era el momento de que Eddy Ramírez pusiera en práctica sus estudios, experiencia y todo lo que aprendí de mi mamá.  Finalmente, llegó el día de materializar y darle vida a esta Tierra de Inmigrantes.    Continuará… Con amor, Eddy.   

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