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Yo estaba ahí, ¿sabés?, comiéndome un sándwich de pollo, combinándolo con varios bocados de helado de vainilla. Tenía siete, ocho años, mi abuela “La Facha” me había llevado, como usualmente lo hacía una vez al mes, a la Librería Nacional de la Plaza de Cayzedo, en Cali. Teníamos ese ritual. Ella se arreglaba como si fuera para una fiesta, yo igual, y partíamos desde temprano al cochino Centro. Durante toda la mañana hacíamos vueltas, ella compraba hilos, telas, agujas, para confeccionar varios vestidos que le encargaban sus clientas. La mayoría vivían en San Antonio, El Peñón, Normandía y otros barrios del Oeste de Cali, para mí, la mejor zona de la ciudad. Nunca perdonaré a mis papás por no tener el suficiente dinero para que viviéramos en ese sector.

En el Centro casi todos los vendedores me saludaban, me tocaban la cabeza, me preguntaban por el colegio, la novia, mis papás, la vida… yo solo sonreía tímidamente y guardaba silencio. Luego íbamos al CAM –Centro Administrativo Municipal– a pagar los servicios, pasábamos por los bancos y nos tocaban unas largas filas de mierda. En ese tiempo yo era un ser humano paciente, así que solo suspiraba, le apretaba la mano a mi abuela con fuerza y así duraba, hasta que por fin nos tocaba nuestro turno. Las amigas de mi abuela decían que yo era un niño muy juicioso, con el tiempo he concluido que la verdad es que era medio imbécil.

Al medio día pasábamos por la iglesia de San Francisco, odiaba ese lugar, me daban miedo todos los mendigos mancos, ciegos y llenos de llagas que pedían limosna en las entradas. Todos los “desechables”, como los llamaba mi mamá, enfermos, tuertos, con varillas y tornillos en sus piernas quebradas, mostrando la carne viva… La escena parecía sacada de alguna película de Jodorowsy. De El Topo, La Montaña Sagrada o Santa Sangre. En ese tiempo ni sabía de la existencia del polémico director, pero años después cuando me mostrarían su filmografía en la universidad, reviviría en mi memoria a esos pordioseros… En esa época siempre le pedía a Dios por ellos. Que los ayudara, pero que especialmente no me fueran a tocar. En el camino mi abuela usualmente me compraba un par de tenis Kelme o Reebok, muchos dulces, laminitas para el álbum que estuviera moda –el de los Súper Campeones o las Tortugas Ninja–, algún muñequito en “El Agáchese”, y algo liviano para comer; un pandebono o un panqueso. En un momento me cansaba de caminar, me agobiaba y me daba asco toda esa “negramenta” –como mi abuela llamaba a la gente de color. A los afrodescendientes–. Yo los veía siempre como “sucios” y “pobres”, pero me aguantaba porque al final íbamos a terminar comprando libros y comiendo helado. Libros de autores como Gabriel García Márquez, Agatha Christie y Germán Castro Caycedo. Años después entrevistaría a este último para la revista Bocas de El Tiempo. Hubiera sido un gran orgullo para ella haber podido leer este trabajo periodístico. Uno de los últimos que realicé. Creo que lo hice más por ella porque a mí ese viejo me parecía hasta aburrido. Lástima que no haya alcanzado a estar viva para la época en que salió publicado. Uno de los libros de él que mi abuela casi me obligó a leer fue La Bruja. La polémica crónica sobre una “bruja” colombiana que se codeó con políticos, narcotraficantes y anduvo en las altas esferas del poder gubernamental. Durante varios días tuve pesadillas con ese malparido libro y mi abuela como si nada. Aún tengo grabado en la cabeza cómo en este texto contaban que a varios de los protagonistas los torturaban agentes del estado apretándoles los testículos y electrocutándolos. Mi abuela podía ser bien desquiciada. A veces me ponía a leer y ver unas cosas para las que quizás yo no estaba preparado, pero hoy en día se lo agradezco. Le agradezco que haya visto en mí una madurez sanguinaria para ponerme a digerir ese tipo de contenidos… Respecto al viejo Germán Castro Caycedo… Solo te puedo decir que es un puto cabrón sobrevalorado… Como todos los supuestos genios…

Te decía entonces que estaba ahí comiéndome mi sándwich con helado cuando mi estómago no pudo más y me llené. Aunque quería seguir comiendo, no podía, en serio. Aún quedaba un buen pedazo de sándwich de pollo al que yo miraba con gusto. Desde muy temprana edad mi pecado capital ha sido la gula. Mi abuela cada vez que podía me lo recordaba pero no de mala manera, hasta se reía y me apoyaba. Cada vez que me veía muy lleno, pero con ganas de seguir comiendo, me decía que esperara un ratico a que la comida me bajara…

Alejé el plato, mi abuela me miró y sonrió como siempre. Al rato vino el mesero y nos preguntó si empacábamos lo que quedaba. Yo iba a decirle que sí pero mi abuela me interrumpió rápidamente y le dijo al hombre que no. Él me miró esperando mi réplica, aunque yo quería llevarme mi pedazo de sándwich, bajé la mirada y me concentré en las baldosas del lugar. Por el rabillo del ojo pude ver cómo se llevaban la copa de helado y mi plato. ¡Maldita sea! ¿Qué podía hacer? Yo apenas era un niño que ni alcanzaba los diez años y no me atrevía a llevarle la contraria a mi abuela. La miré, ella sorbió agua de su vaso a través de un pitillo de esos que al final se enrosca, me miró fijamente y me dijo: “papito, eso de llevarse lo que sobra de la comida es de montañeros, oyó… Además de aquí a que lleguemos a la casa eso estará todo frío y por la noche cuando se lo quiera comer, por más que lo calentemos, no le sabrá igual y lo dejará ahí tirado”.

Yo quería decirle a mi abuela que estaba equivocada pero no me atreví. Solo asentí y tomé de mi agua. Ella me tocó la cabeza y agregó: “además…, yo no me voy a encartar con ese paquete debajo del brazo. ¿Usted menos, o sí? Negué con la cabeza. “Por la noche pedimos pan hawaiano o pandebonos y nos los tomamos con café, le damos a Paquito lo que sobra y listo. ¿Sí?”.

La miré y quise que llegara la noche. Paquito era un loro que estaba en la casa de mi abuela desde que nací y al que tratábamos como a un perro. El cabrón era muy inteligente, o eso quería creer yo. Era uno de los pocos pájaros que no me habían dado ganas de matar. Años atrás mi abuela tenía una jaula con varios canarios. No recuerdo bien por qué pero un día me dio rabia con ella, peleamos por algo, y sin que se diera cuenta puse una silla frente a la jaula, tomé dos de los cuatro canarios que allí tenía, los arrojé contra las baldosas de porcelana azul y los fui aplastando sin sentir mayor remordimiento. Antes me dio risa y un poco de placer ver cómo las tripas, los sesos, la sangre de ambos pajaritos, se iban escurriendo bajo mis zapatos Kelme. Recuerdo que cuando Clarita –“mi nana”, una especie de tía; una mujer que mi abuela había adoptado desde pequeña pero a la que nunca había reconocido como hija, si no que la trataba más como a una empleada del servicio–, vio los cadáveres de ambos pájaros a mi lado, casi se desmaya del susto. Ese día mi mamá me cogió a correa y mi abuela se puso a llorar y no me habló durante varios días. Creo que lloraba más de pensar que su nieto podría ser un maldito psicópata. No recuerdo mi papá qué me dijo del asunto. Jamás le he preguntado. Le tuvieron que contar cuando llegó del trabajo pero con esa “pela” que me metió mi mamá, creo que él ni quiso intervenir… Solo recuerdo que días después, una mañana, mi abuela me dio “el buenos días” como si nada, me regaló algo de plata para que comprara laminitas, y jamás volvimos a hablar de tan escabroso asunto.

En mi boca ya podía sentir el rico sabor del pan mojado en café con leche. Pedimos la cuenta, mi abuela pagó, salimos rumbo a la casa. Yo muy aferrado a su mano porque el sol comenzaba a ocultarse y los carros aumentaban su circulación al igual que los negros, los locos y los ladrones.

Desde ese momento jamás volví a querer que me empacaran la comida que dejaba en el plato cuando mis papás me llevaban a comer. Los meseros me preguntaban que sí lo deseaba y yo respondía rotundamente: “¡No!”. Mis papás siempre me preguntaban que si yo estaba seguro y con rabia les decía que “sí” y que no me obligaran a llevarme eso a la casa. Alguna vez les dije que me daba asco, que eso era de pobre, y casi me gano una cachetada de mi mamá. Alcancé a esquivarla. Mi papá solo me miró desconcertado. A veces mis papás le pedían al mesero que empacaran mi comida. Yo los miraba enardecido. Aunque luego en la casa trataban de que yo comiera algo de lo que sobraba, no me atrevía, me daba náuseas. Otras veces el sapo de mi hermano, menor cuatro años que yo, decía que le empacaran la comida. Me producía un poco de ira y aunque quise trasmitirle la enseñanza de mi abuela “La Facha”, él nunca me hizo caso. Siempre fue un rebelde. Siempre amó llevarnos la contraria. Yo moría de la rabia y le advertía que a mí no me fuera a poner a llevar ese cochino icopor envuelto en una bolsa. Jamás le conté a mis papás que mi abuela “La Facha” me había dicho que esa maña era de montañeros y de gente ordinaria. Para ella muchas cosas lo eran, como por ejemplo el agua de panela y el algodón de dulce. ¡Ay, que esa señora me viera comiendo alguna de esas dos cosas! Hasta el sol de hoy me siento pobre tomando agua de panela las pocas veces que me dan. Jamás fui de esos que se emboban por el cochino dulce esponjado en ese palito. Creo que si mi abuela viviera también coincidiría conmigo en que Android es de pobre… Estoy seguro…

Mi abuela siempre quiso, que cuando llegara la etapa, yo anduviera con “niñas de bien”, como recalcaba ella. Años después cuando empecé a salir con mujeres, me agradaba que la mayoría eran iguales de majaderas y arribistas que yo y les parecía de quinta llevar comida empacada. Íbamos a lugares de comida rápida, a restaurantes caros, a bares chéveres, comíamos, y pocas de ellas pedían que le empacaran los sobrados. A veces había una que otra lo hacía y yo me desenamoraba, en serio, ya no podía verlas con los mismos ojos. Me parecía algo de medio pelo. Además de que las pirobas siempre me ponían a mí a llevar ese puto icopor caliente. A veces lo tiraba en la parte de atrás del carro y se me emputaban. Nunca le dije a alguna que esa maña me parecía un asco gracias a mi abuela. Nunca fui capaz de refutarles algo a esas desvergonzadas. Simplemente seguía manejado mi Hyundai Accent plateado, modelo 98, heredado de mi papá, y aunque les sonreía y les hablaba emocionado, nunca las podía volver a mirar de la misma manera. En serio. Aunque me hablaban y yo asentía, en mi mente empezaba a hacer conexiones sobre la vida de estas mujeres. Empezaba a crear teorías de que quizás estas niñas venían de familias de barrios bajos del oriente de la ciudad. Que quizás eran de esas que sus papás habían mejorado su estilo de vida, subido de “casta”, de estrato social, pero que sus tíos y abuelos seguían siendo unos ordinarios. Hasta llegaba a pensar que sus viejos estaban en negocios sucios y por eso el repentino dinero pero la poca clase. Me imaginaba a estas mujeres en asados y “paseos de olla”, en barrios “populares” como Junín, El Obrero, Bretaña, Libertadores, La Selva, La Luna y Mariano Ramos, mostrando que eran los ricos de la familia y la cuadra. Para los que no conocen estos barrios, son lugares donde la gente mantiene en chanclas tomando en cada esquina con equipos de sonido a todo volumen. Y realizan verbenas y las calles son angostas, algunas despavimentadas, hace un calor asqueroso, hay misceláneas, y de vez en cuando matan a uno que otro por robarlos, o en riñas de borrachos.

Lo curioso fue cuando conocí a un par de tipas, a varios años de distancia, una en Cali, luego a la otra en Bogotá -por las que llegué a sentir bastante afecto- que estaban “pichas” en plata; sus papás eran poderosos industriales, ambas tenían refinados estilos de vida, y cada vez que íbamos a comer, las dos, en las dos etapas de mi vida, hacían empacar la comida que sobraba. Podíamos estar en el lugar más caro y “play” de la ciudad que ellas se llevaban su “paquetico” a la casa o a mi apartamento, durante los años locos que viví independiente y autodestruyéndome. Al principio no lo podía creer. La primera vez que ocurrió esto con la caleña, ella notó mi desconcierto después de que el mesero prometiera traernos el maldito icopor. La desvergonzada esbozó una sonrisa pícara de oreja a oreja y me replicó: “¿Qué? ¿Sos de esos idiotas que les da pena llevarse lo que sobra a la casa?”. Yo me reí nervioso y no supe qué decir. “¿Sos de esos idiotas, sí o qué? ¡Me emputa eso! ¿La gente en esta ciudad, en este país, por qué es así de boba?” Yo solo la miré. “¡Marica!, en Europa, en Asia, en todo el mundo lo hacen, aquí son llenos de prejuicios”. Tan linda. Toda flaquita. La desgraciada había sufrido de anorexia y aunque ya se había recuperado, obvio siempre dejaba bastante en el plato así que ella siempre iba a llevar comida después de que saliéramos de un sitio. Pensé en Asía y Europa. La maldita tenía descendencia de los dos continentes, e iba cada “verano”, como decía ella, a una casa que tenía frente a uno de esos mares raros que jamás he conocido.

“Es como con la cagada. Aquí nadie es capaz de cagar en un baño público, se mueren de la pena, como si cagar fuera algo anormal”. Ahí le dije que parara, que se estaba desviando del tema. Que primero, para mí las mujeres no cagaban. Quizás una que otra gorda o alguna vieja como mi mamá o mi abuela. Pero que ella ni a bala. Luego le confesé que yo sí era de esos idiotas que les daba pena llevarse la comida empacada; le conté la historia de mi abuela “La Facha” y solo se rió pero no me juzgó. Tuve miedo de que me dijera lo pobre de dinero y espíritu que realmente era mi familia –comparada con la suya–. No quería que me hiciera sentir mal. Ella guardó silencio. Solo pensé en mis realidades: pertenecía a una clase emergente que siempre quería aparentar. A una maldita clase media arribista, clasista, y hasta racista que se mortificaba por lo que dijeran los demás.

Esa noche la malparida olvidó la cajita en mi carro –no siempre era un icopor como yo pensaba–. Cuando llegué a mi casa se lo di al vigilante de la cuadra. Tipo tan agradecido. Me abrazó y dijo que les iba llevar algo de eso a lo hijos. Me sentí más basura aún. Al otro día, muy temprano, que salí para la universidad, el man me volvió a dar las gracias, creo que nunca había probado unos raviolis.

Durante los meses que seguí saliendo con esta niña le perdí la pena a pedir que empacaran lo que sobraba de nuestra comida. Ella solo se reía cuando el mesero nos preguntaba. La maldita incluso a veces le decía al que nos atendía –señalándome–: “si a él no le da pena, hágalo por favor”. Yo fingía que me ponía bravo y asentía, pero ella me cogía la mano por debajo de la mesa y pues ya no podía seguir fingiendo mi enojo.

Con la hembra de Bogotá fue algo similar. Yo ya estaba trabajando. Había perdido mi carro a causa de unas deudas familiares, y lo de llevar comida que sobrara lo odiaba más que nunca. En esa época odiaba todo. No me imaginaba montado en un maldito taxi con el paquete sobre mis piernas. En esa época no existían Uber ni Cabify, así que tocaba andar en un cochino amarillo para arriba y para abajo. Pero el lado bueno del asunto era que esta niña tenía carro y era de esas que jamás salía sin él. Creo que este factor era una de las cosas que más me gustaba de ella, sin olvidarnos de que era toda chiquita, se mandaba unas tetotas, un culo abullonadito y tenía una carita de roedor que a veces se le transformaba en pajarito. Esta tipa me recogía, me llevaba a comer, a hacer vueltas y al trabajo. Yo en esa época era periodista del periódico El Tiempo –estaba en la revista Bocas, ahí medio colaboraba en la revista DONJUAN– así que cualquier platica que me pudiera ahorrar era más capital para la rumba y el descontrol. A veces, cuando estoy borracho, reconozco que lo que más me gustaba de ella era que andaba en carro. Yo sé, soy una maldita perra gasolinera…

Recuerdo que una de las tantas noches en las que salimos, estábamos los dos en un restaurante/bar de La Zona T. Yo había bebido demasiado vodka y la comida no me entraba, dejé casi todos mis mariscos apanados en el plato. Ella dejó un poco de su pollo “a la no sé qué putas”. Cuando el mesero vino y nos preguntó si queríamos llevar lo que sobraba, lo miré como un culo. Él se sonrojó y esquivo mi mirada. La cosa linda que tenía frente a mí me apretó la mano bajo la mesa, por un momento pensé en la caleña, miré a esta confundido, pero le respondí al mesero que sí, que de una, que empacara todo. Cuando el hombre se fue, la cosa linda me pellizco la mano. “¡Ay no Daniel, no me digas que tú eres de esos bobos que le da pena llevar lo que sobra”. Comencé a putearla y a decirle que dejara de ser tan guisa y no sé qué más mierdas. ¡Qué vergüenza! Ella solo me respondió apretando los dientes que me callara que yo estaba muy borracho.

Pagué, el mesero trajo las sobras empacadas, nos fuimos del lugar en silencio sin hablarnos ni mirarnos. Yo caminaba despacio y veía todo borroso aunque trataba de que ella no notara lo borracho que estaba. Luego nos montamos en su carro y pusimos los paquetes en la bodega. Esa noche llegamos, dejamos lo que sobró sobre el mesón y nos metimos a mi cuarto a pichar sin hablarnos. Sin decir nada. Como con rabia.

Al otro día me levanté, fui a la cocina y devoré ambos platos sin siquiera calentarlos. Tenía un hambre una gonorrea. Ella se levantó y me miró. Antes de que me dijera algo la abracé, la besé y le dije que todo era culpa de mi abuela “La Facha” y le conté sobre esa señora.

Los casi dos años “intermitentes” en los estuve con esta niña –ya que a ella le daba por andar con uno que otro tipo, reencontrarse con su exnovia, ajá tenía exnovia, o yo quería probar otras delicias o andar solo–, de nuevo acepté llevar a casa la comida que nos sobraba. A veces hasta era yo el que insistía que ese pedacito de carne, que ella había dejado, lo empacaran con lo mío. Incluso me daban hasta ganas de que me empacaran lo que habían dejado los de la mesa de al lado. Fue una época muy linda. Olvidé el precepto de mi abuela. Engordé un poco por llevarme cuanta sobra dejábamos en los restaurantes pero la pasaba bien con ella. A veces, mientras estoy en mi casa mirando el techo, caigo en la cuenta de que no aproveché como debía a esta gran mujer.

En esta misma época una vez a la semana iba a almorzar con mi compañera de trabajo a cualquier sitio que no fuera “el casino” del periódico. Digo una vez a la semana porque ganábamos tan mal­ –para el estilo de vida que queríamos mantener: rumba, gadgets de última generación, mobiliario y ropa de lujo, arriendos en barrios cool– que almorzar rico era para nosotros la última de nuestras prioridades. Y pues no éramos de esa gente que lleva coca al trabajo, ¡gas! -Aquí pueden leer una historia sobre eso-.

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A veces iba con nosotros el diseñador junior de la revista. Recuerdo que en contadas ocasiones alguno dejaba algo y mi compañera –una neohippie caleña que lidiaba su existencialismo material, apoyando causas como el reciclaje o la donación de dinero a las ballenas del Pacífico–, le pedía al mesero que nos los empacara. Nosotros le decíamos que no queríamos, además de que qué íbamos a entrar a plena sala de redacción con ese cochino icopor, y que luego nos jodían con ese maldito olor a comida. Ella solo nos respondía que nos relajáramos que la comida no llegaría a las puertas del periódico. La dinámica con el equipo de la revista, y con los demás periodistas de las otras publicaciones, era un poco como la del colegio. Los jefes eran como los de Once Grado. Los de mandos medios los de Décimo y Noveno. Y nosotros, los cabrones nuevos, “los niños”, como nos llamaba la áspera y bacana de mi jefa, éramos los de sexto o hasta llegaban a vernos como los de primaria. Así que no podíamos dar papaya. Cualquier cosa chistosa, rara, extraña que hiciéramos, se prestaba para que nos jodieran durante días y nos hicieran lo que muchos psicólogos, homosexuales y madres majaderas, llaman “bullying”. Aunque era un “bullying” en el buen sentido. De panas, de amigos. Pero en cierto momento, si no estabas preparado para ello, te podías llegar a emputar y aletear. Yo lo hice varias veces. Pero eso será contado en otra ocasión. Volviendo a mi amiga, luego nos daríamos cuenta de que dejaba ese paquete de sobras de comida en cualquier poste o árbol que encontráramos en el camino, porque, según ella, “alguien con hambre, un necesitado, un indigente o incluso un perro o un gato callejero, lo encontraría y se lo comería”. Aunque varias veces tuve ganas de alegarle, jamás lo hice. Allá cada uno que crea lo que se le dé la puta gana con tal de que no me haga daño a mí ni a los otros. Lo curioso era que al otro día volvíamos a pasar por el árbol o poste donde mi amiga había dejado el icopor, la cajita, con parte de nuestro almuerzo y el paquete ya no estaba.

Un día se me ocurrió hacerle caer en la cuenta de que estábamos sobre La Avenida El Dorado –un océano de concreto y asfalto que conducía hacia el aeropuerto–, y que los que desaparecían los paquetes eran los recolectores de basura o algún vigilante (rondero) de las múltiples edificaciones de los alrededores.

Mi amiga esa tarde pidió las sobras para llevar y en su candidez –al pasar a lado de una señora que vendía chicles, dulces y cigarrillos por unidad– le ofreció la cajita con comida que nosotros no quisimos. La señora nos miró súper ofendida. Sé que quiso putear a mi amiga pero se contuvo. Ella lo notó de inmediato y se puso un poco nerviosa, le dio vergüenza obviamente y entendió su error. Al final después de dudarlo bastante, la señora de los dulces lo aceptó desconcertada y a regañadientes.

“Rebajaste a esa cucha a mendiga, a pordiosera, ja,ja,ja”.

Fue lo único que dije cuando estábamos a unos buenos metros de la señora.

“Yo sé marica, la cagué, ¿sí o qué?…”.

“Sí…”.

“Pues yo por mejor… ¡Qué pena!… No quería que se perdiera todo ese risotto, no me comí nada…”.

“Esa señora vende dulces, no pide limosna…”.

“¡Ayy ya marica!, no me rayen más, ¡coman mierda!”.

“Ja,ja, ok…”

Mi amiga jamás volvió a pedir que nos empacaran lo que sobraba cuando iba a almorzar con nosotros. Punto para mi abuela “La Facha”.
Pero si mi amiga por sus ganas de hacer el bien podía quedar como una demente, su esposo era peor. Un día me invitaron a comer a su casa. Los dos vivían en un apartamento una chimba arriba de la zona de La Macarena en un barrio de intelectuales y artistas que les había ido bien en la vida: Bosque Izquierdo. Alguna vez entrevisté a la pintora y escultora colombiana Ana Mercedes Hoyos –ya fallecida– en su casa, ubicada a algunos metros del apartamento de mi amiga. ¡Una mujer maravillosa! ¡Aunque más maravillosa su casa llena de su obra más persona! Tengo que revisar si el cuadro que me regaló ya se valorizó. Tengo que ver si le puedo sacar plata a la obra de esa señora… A mi abuela le hubiera encantado y más orgullosa de mí se hubiera sentido…

Pero volviendo al esposo de mi amiga, el man era un reconocido director de cine independiente. Todo un bohemio/chirri/hippie pero con buen gusto. En su apartamento tenía muebles coloridos y costosos. Libros de arte, literatura, vinilos de jazz, rock and roll y salsa “brava”, y estaba decorado de una manera impecable, me gustaba la dualidad que esos personajes manejaban. Era curioso que dos personas cuya apariencia les importara poco –no estoy diciendo que fueran desarreglados o sucios, simplemente no usaban ropa de grandes marcas o muy llamativa– tuvieran tan especial cuidado en su vivienda. Casi siempre nuestros colegas salían sorprendidos porque pensaban que mi amiga y su esposo vivían en una pocilga, en serio. Así eran de cabrones la mayoría de los del equipo de las dos revistas. Hasta yo pensaba igual antes de conocer su apartamento. Muchas tardes en las que no teníamos nada qué hacer en las revistas, varios periodistas, productores y diseñadores, nos entregábamos al ocio y a la joda. Nos íbamos a un lado de la cafetería del periódico a hablar mierda, fumar un rato, rajar e imaginar cómo sería la “madriguera” de mi amiga y el “drogadicto” de su esposo. Qué equivocados estábamos…
Esa noche que ambos me invitaron a su apartamento, cuando terminamos de comer, dejé un trozo de carne y varias papas fritas sobre el plato, y le dije a mi amiga, por joder, que me lo empacara.

“¡Imbécil! Yo sabía que ibas a decir eso”, respondió riéndose.

“No, parce, pero si quiere se lo puede llevar, ahí quedó más, relajado”, dijo el esposo de mi amiga.

“No, nada, es jodiendo”, le respondí.

“¿Seguro parce?”.

“¡Seguro!”.

“Bueno pero entonces sumercé me perdona, con permiso, que esto les sirve a los chirris’”.

Y acto seguido el man cogió mi pedazo de carne y lo lanzó por la ventana del apartamento que daba contra la calle. Lo miré sorprendido.

“Usted sabe que por aquí pasa mucho vicioso, chirri y loco de la calle. Esto lo pueden encontrar ellos, o si no un perro, un gato o una rata se lo come. No aguanta desperdiciar”.

Asentí pero por dentro me dio mucha risa.

“Yo siempre le digo a este idiota pero el ‘piroberto’ no me hace caso. Dice que yo soy una hippie…”, dijo mi amiga desde la cocina. Solo me reí tratando de hacerme el güevón. El man también se rió, tomó las papitas y las lanzó por la ventana. Me levanté y miré a través de esta. Estábamos en un cuarto piso. La comida había quedado sobre un montículo de pasto que sobresalía a través del cemento de un andén. Me encogí de hombros y seguí como si nada. Allá cada loco con su cuento….

Esa noche bebimos vino y terminamos hablando de cine, de Bukowski y de Pedro Juan Gutiérrez. Dormí en la sala porque estaba muy borracho para irme a mi casa.

Me levanté a las ocho con un guayabo el setenta hijueputa. La cabeza me zumbaba, tenía mucha sed y fatiga. Me paré del todo y me fui rápidamente sin ponerle mucho cuidado a mis síntomas, tenía que buscar un taxi urgentemente y largarme para mi casa; debía bañarme cuanto antes y estar en el periódico a las 10:00 am. No me despedí de ninguno de los dos. Comencé a temblar por el frío tan asqueroso que estaba haciendo afuera. Cuando pasé por el montículo, paré y lo inspeccioné. La comida ya no estaba. Ni una papita a la redonda. ¿Tendrían razón los malditos neohippies?… Odié mi vida y no poder quedarme en mi casa durmiendo.

Hace poco conocí a una belleza por redes sociales e hicimos el “traslado” a la vida real. Ojos grandes, boca de patico, pelo negro, tetas grandes, culo rico, huesos gruesos, chiquitica. A mí últimamente me están gustando las hembras con carne. No gordas pero tampoco lángaras. Hubo una época que entre más “modelito de Diesel bulímica casi acabada por la heroína”, para mí mejor. Pero creo que gracias al porno de MILFs, el primer estereotipo, pasó a la historia.

Volviendo a la tipa, desde el primer día que salí con ella noté que le gustaba comer… Y mucho. Eso para mí no era problema. Con tal de que no se fuera a engordar pues todo estaba bien… Yo sé, no puedo decir nada pero creo que ya es suficiente lidiar con mi barriga como para lidiar con la de otro ser humano. El problema fue cuando decidió mandar a empacar unas papitas y unos medallones que habían sobrado de la cena de ese día. El problema fue que estábamos en un bar restaurante/lounge, íbamos ahora para un bar-discoteca alternativo chirri y yo no quería llegar con paquetes bajo el brazo. El problema fue que esta mujer me salió con que “uno no podía desperdiciar comida habiendo tanta gente muriéndose de hambre”. El problema fue que yo no quería andar en el Uber X con esa mierda. ¡Qué pena con esos señores tan amables y nosotros cagándoles el carro con algún olor a grasa! Al final tomé aire y no le dije nada. Pagué, pedí el transporte y nos fuimos al bar. Afortunadamente este restáurame/bar/hippie-chic te empaca la comida en un cajita de cartón toda bonita, y aparte te la entrega en una bolsa de papel llena de dibujos cool, con la que parece que acabaste de comprar una prenda de ropa en un almacén de alguna diseñadora independiente sofisticada. Así que me relajé y en el camino nos fuimos hablando babosadas. A veces guardábamos silencio y nos dábamos besos. Yo no podía dejar de pensar en el paquete que reposaba sobre sus piernas.   

Entramos a MiKasa Bar –ajá, así se llamaba el lugar– y la tipa muy campante con su bolsita de comida en la mano. Pero como dije anteriormente, parecía más una bolsa de algún almacén de ropa. La dobló y la puso a un lado de la barra. A mi lado, o sea, eran sus sobras pero tenían que parecer mías. A mí me inquietaba que alguien reconociera que esa bolsa era de un restaurante. A mí me daba mamera que alguien se diera cuenta de que no éramos capaces de dejar comida. En mi mente comencé a imaginarme que quizás la tipa había tenido una gran crisis económica donde tuvo días en los que no comía bien y quizás por eso se aferraba tanto a las sobras. Me reí solo. Quise preguntarle pero me gustaba tanto que no la quería cagar. Mi abuela “La Facha” debía estar revolcándose en su tumba. Yo tenía miedo de que esa señora se me apareciera en la madrugada a putearme. En serio. Y pues una puteada de un muerto no debe ser para nada bonita.

Pedimos dos cocteles y disimuladamente comencé a correr la bolsa con mi codo. A alejarla de mí. El bar estaba casi vacío, no había nadie en la barra aparte de los bartenders y uno que otro mesero, por los parlantes Cut Copy gritaba sandeces en inglés. Cuando el que me atendía se volteó, le di un fuerte codazo a la bolsa de las sobras, esta cayó al suelo. No había nadie que se diera cuenta. No había nadie para decirme “señor, se le cayó esa cochinada”. Pasó una hora. Acabamos los tragos y nos fuimos a rematar a La Central, la única discoteca de electrónica decente en el #CochinoCali”. Par besos, caricias, más cocteles, deep house, pasito aquí, zapateo bestial. La hembrita ni se acordaba de la bolsa que algún empleado del bar ya debía haber botado a la basura. A la madrugada salimos de la discoteca, nos montamos en un cochino taxi y nos dirigimos a su casa. No sé por qué no pedí Uber X, creo que estábamos muy prendos. Eras las cuatro de la madrugada, minutos antes de llegar, la niña exclamó:

“Tengo hambre… ¡Ayyy! ¡¿ y la bolsa?!…”

Solo la miré aterrado. Aterrado de su actitud. Mi abuela hace rato la hubiera cogido a correa.

“¡Ah…, marica dejamos la bolsa en el bar!”, respondí.

“¿Daniel ahora qué como?…”. Hizo puchero, de verdad que era una hambrienta. Le di un pico y la abracé. El resto del camino se fue refunfuñando por haber olvidado la puta comida. Para esa hora casi todos los lugares de comidas rápidas estaban cerrados. La verdad yo no quería llevarla porque luego me antojaba y terminaba comiéndome un perro de esos de varias nacionalidades que los costeños se inventaron hace más de dos décadas. No le puse mucho cuidado a su hambre.

Durante varios días seguí saliendo con doña “Tengo Hambre”. Yo cada vez me mortificaba más. Era chévere que fuera descomplicada con la comida y no se engordara, ¡pero marica!, esa llevadera de las sobras me “las envolvían”. Lo peor es que yo no quería pelear con ella, así que simplemente me callaba y a veces le llevaba el puto icopor. “La tapa” fue cuando un día llevó las sobras del almuerzo a mi casa, se las comió en la noche mientras veíamos una película, yo también comí, lo acepto, y luego a la una de la mañana me hizo pedirle un perro caliente. ¡Maldita sea! Yo con ganas de adelgazar… Tuve miedo.
Ese día la fui a dejar a su casa como a las tres de la mañana. No me había querido dejar entrar a pichar… ¡Maldita sea!… Mientras iba en el Uber X de regreso, me quedé dormido y me soñé con mi abuela. Mi abuela “La facha”. Estábamos en su casa del barrio San Antonio. Ella cosía en su máquina Singer de pedal. Yo estaba sentado a escasos metros de ella sobre una mecedora. Me estaba comiendo un helado de palito, con sabor a maní; mis pies no alcanzaban el suelo. Ella alzaba la cabeza de vez en cuando y me sonreía. Yo solo la miraba atento. Me llamaba un poco la atención eso de coser. A veces ella me dejaba ayudarla. Ponía mis manos sobre el pedazo de tela y ella comenzaba a pedalear e iba guiando la aguja. Siempre he pensado, cagado del susto, que quizás si mi abuela hubiera seguido viva, yo me hubiera apasionado por la confección, la modistería, el diseño de moda y hasta me hubiera podido mariquear. ¡Dios sabe por qué hace sus cosas! Es que ella me ponía a coser y hasta alcancé a hacerle ropa a varios de mis muñecos articulados de gran tamaño. No sé por qué mi mamá no impidió esto cuando me veía feliz cociendo como una vil marica, confeccionando minichaquetas, minipantalones, ¡qué cacorrada!… Gracias a Dios mi papá no vio eso con buenos ojos y me prohibió seguir confeccionado ropa para mis muñecos, porque, según él, me podía hacer daño en los deditos. Alguna vez le pregunté a mi mamá que por qué no impidió esta actividad tan homosexual. Me respondió que sabía que yo era muy machito. Que lo veía más como una etapa, un hobby, hasta quizás un talento que no impediría mi sexualidad normal. Me tranquilicé…

Me desperté con la voz de Armando, el conductor del Uber, indicándome que ya habíamos llegado. Por un momento sentí una gran nostalgia y tristeza. Mi abuela de verdad había sido muy áspera. Era curioso que durante más de quince años la había olvidado casi que por completo. No más fue hace cerca de tres, cuatro años, que de la nada me empezaron a llegar todos sus recuerdos, sus enseñanzas poco ortodoxas y hasta clasistas. Algunos me dicen que yo por qué le digo “La Facha”. Que eso suena horrible. La verdad la llamo así de cariño. En serio. Éramos muy unidos y yo era su más fiel orgullo y seguidor. Era su ser humano preferido. Lo juro. Toda mi familia siempre lo dice… Murió cuando yo tenía nueve años. Dentro de sus anhelos no cumplidos, fue estar en mis graduaciones estudiantiles. No sé qué hubiera pasado si hubiera seguido viva, pues yo jamás he caminado en una ceremonia de graduación por un “cartón académico”. El del colegio me lo dieron por ventanilla por indisciplinado y mal estudiante. Me volví vago. Terminé Once debiendo todo Matemáticas y Física. Por mi joda, grosería e irreverencia, no me lo perdonaron y no me pasaron. Para el de la universidad yo estaba tan rayado con la vida y mi carrera, pues tenía un trabajo de mierda en una agencia de revistas institucionales: “Data Media”, del reconocido periodista, ex director de Semana, Jorge Lesmes, donde me pagaban ochocientos mil cagados pesos por debajo de la mesa –no estaba en nómina–, que no quise ir a la ceremonia. No podía. Me hubiera sentido demasiado hipócrita y me hubieran dado hasta náuseas… Pd: no estudiés jamás, nunca, Comunicación Social.

Mi abuela murió de cáncer de colon. Fue una gonorrea. Esa será otra historia que te contaré en otra ocasión. Es larga y tiene hasta elementos sobre naturales. Tras su muerte, fue la primera y la última vez que pisé un cementerio. En este momento tengo 30 años y jamás he vuelto. No me interesa. Creo que no volveré a pisar uno. Me vomito…

Esa noche entré a la cocina, me preparé un té de limón frío y seguí rememorando momentos con mi abuela. Ese sueño había despertado más recuerdos con ella. Me puse a pensar que quizás era una señal de que ella no estaba de acuerdo con que yo saliera con aquella tipa. Quizás mi abuela me quería decir que esa empacadera de las sobras de “esa muchacha” ya estaba muy pasada de tono y era demasiado degradante. Me reí. Estaba decidido. Debía hacerle caso, ya la había decepcionado demasiado. Debía dejarla descansar en paz, debía honrar su memoria. Me acosté sabiendo que debía dejar de salir con esa mujer tan hambrienta.
Esa semana comencé a comportarme con la tipa de manera “cabronezca”. No le hacía caso en todo lo que me pedía. Le pedía plata para pagar la comida, el trago que consumíamos… Cosa que ella odiaba… Le hablaba fuerte y con indiferencia… A diario me seguía soñando con mi abuela. Yo interpreté eso como una señal de que “La Facha” me estaba presionando para poner fin a la salidera con mi nueva “amiga”. Para el quinto sueño con mi abuela, yo ya me estaba angustiando. No podía dormir bien y al otro día me sentía cansado. Tanta nostalgia me estaba rayando. Quería soñar otras cosas pero mi abuela no me iba a dejar hasta que mandara a “Doña Tragona” para la mierda.

Así que comencé a llevarle la contraria a la niña; no le hacía favores, la dejaba en leído, me burlaba de sus problemas, no le corría como ella quería. Tuvo chikungunya y no fui a visitarla, yo quería, no me juzgués; quería ir y abrazarla y consentirla y decirle que todo iba a estar bien y darle besitos como se lo merecía, pero la memoria de mi abuela y sus deseos pesaban más. Además esta tipa acababa de terminar con el novio de año y pico y me di cuenta que yo no me quería montar en esa montaña rusa de sentimientos, pasiones, hormonas y corazones rotos. Quizás hasta me estaba usando para darle celos al imbécil ese y luego poder volver con él. Además un día la hembra estaba hecha un amor, al otro día una tatacoa y quería desquitarse conmigo… ¡La debía mandar a comer mierda! ¡O debía hacer que me mandara a comer mierda a mí! Mi abuela tenía razón. Mi abuela “La Facha” siempre sabía cómo eran las cosas… Al final logré mi cometido, hice emputar tanto a esa tipa por una bobada, ni me acuerdo bien por qué, que me mandó para la mierda. Me gritó, hizo show, apagó el celular…

Me han mandado tantas veces para “ese lugar” que tengo ganas de comprar un lote y que tales…

Los días siguientes volví a dormir en paz. De nuevo cosas raras, chistosas, sexuales, pero ni rastros de mi abuela. En el ultramundo creo que ella estaba ya tranquila. Yo, su nieto preferido, había preservado una de sus principales filosofías de vida. Quizás yo podía ser pobre de bolsillo, de espíritu, incluso de valores, pero no de costumbres. Y eso era lo mas importante para ella, te lo juro.

A veces pienso en la niña y me dan ganas de hablarle, dejamos muchas cosas inconclusas, nos faltaron cosas por hacer… Por ahí me escribió en estos días por Facebook que yo qué, que por qué tan “radical”, que cuándo nos veíamos. No le respondí. Además me robaron el iPhone en Paraguay así que menos la puedo contactar. La vida es muy larga, vendrán nuevas tipas, nuevas experiencias, espero no tengan ese vicio de empacar la comida que les sobra en los restaurantes… Hoy hago un sacrificio por “La Facha”, ella hizo decenas por mí. A veces, por ejemplo, mi abuela prefería comprarme juguetes y cualquier maricada que se me antojara, antes de comprarse joyas y perfumes caros para ella. No puedo ser tan cabrón, debo ser un buen nieto, además esa soñadera con ella ya me estaba rayando, sé que estuvo a punto de aparecérseme pero se contuvo… En serio, no pensés que estoy loco, te lo juro, ya antes lo hizo, después de que murió, y no fue una vez, fueron muchas, mi hermano es testigo, mis papás también… Pero creo que ya he escrito mucha mierda… Acabemos por hoy… Pero te lo juro que cuando tenga tiempo, te contaré esa historia… Esperemos que se dé la ocasión…

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PERFIL
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Twitter: @dani_matamoros. Comunicador de la Javeriana de Cali. Periodista y estratega digital. 30 años. Ahora entre Cali y Bogotá. Director de la agencia proveedora de influenciadores #BrandMen www.brandmen.org. En 2009 llegó a la capital colombiana buscando fama y fortuna. Aún sigue en la búsqueda. Tras cuatro años en diferentes medios como vive.in, Go Guía del Ocio, la revista BOCAS y la agencia de publicidad 3lemon, decidió abandonar la vida laboral convencional. Sus dioses: Tyler Durden, Octave Parango, Henry Chinaski y Hunter S. Thompson.

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9 Comentarios
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  1. giancarlo.restrepo

    no me gusto, trata de ser descriptivo y se vuelve aburrido, creeria que ya empieza a preocuparse el lector si la obsesion por la abuela no raya en lo psicologico o psiquiatrico. El trato descrito hacia las mujeres es inversamente proporcional al “amor” que le siente a la abuela.

  2. Los temas son buenos pero el tipo no sabe articular el lenguaje, no es agradable de leer. Leer la palabra cochino cada párrafo ya me hace pensar en que escribe si es de verdad cochino. Le falta mucho.

  3. vivo retrato de la clase media Colombiana, arribista y llena de prejuicios pendejos, viviendo del qué dirán como si en realidad les diera para comer… pero ojo! que de pronto le sobra de todo lo que dicen , y cómo se lo va a llevar?

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