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Te amo con ese amor de hombre viejo que oculta en su corazón un niño asustado, un niño que tiene miedo de salir porque siente que se quedó solo en un mundo feo y hostil cuando murió su padre. Ese niño se quedó esperando el amor de madre, que cuando llegó lo hizo en forma de cocotazos y palabras tristes y afiladas que se marcaron a fuego en lo más profundo de su alma, rompiéndolo en dos. Fue así como de un pedazo de sí mismo que se rompió, nació el hombre viejo. Ese hombre viejo es incapaz de decir lo que piensa o lo que siente incluso a las personas que más quiere, es inseguro, triste y gris pero escribe con esperanza. Y ese niño, incompleto, se encerró en un pedazo de mi roto corazón y está ahí escondido, temeroso de salir y expresarse, porque cuando lo hizo le dijeron pendejo, calle la jeta, eche pa’ dentro, agache la cabeza y diga sí señor.

Un día en el centro de Bogotá el hombre viejo encontró unos ojos que buscaban los suyos entre la multitud, y la luz de esos ojos entró como el sol de la mañana llenando de vida y calor todo su ser. Entonces el niño quiso salir, asomarse a ver el mundo otra vez porque sintió que al fin había encontrado ese amor que se le fue hace tantos años y que estaba esperando, ese pedacito que le faltaba y que es él mismo. Y quiso amar con su amor de niño porque en esos ojos brillantes y profundos vio un amor sincero. Pero el amor del hombre viejo, rancio, mancillado y corrupto, cerró las ventanas diciéndole al niño que no, que él no era suficiente. Porque el hombre viejo, humillado y ridículo, confundía el amor con el dinero, el éxito y el sexo, y de eso nunca hay suficiente. “Eche pa’ dentro que nos toca ir a trabajar y conseguir más a un país más bonito y grande para poder darle todo a ella”, dijo el hombre viejo sin saber que de pronto lo que ella quería era que se quedara a su lado, luchando cada día de su vida.

Entonces el niño se oculta nuevamente, como cuando jugaba a la nave espacial metido en una cajita de cartón, sonriente y con esa esperanza chiquita del que en esta Navidad anhela que le den carritos en vez de un par de medias. Y se encierra esperando que una vez más, por entre las rendijas de la cajita se filtre esa cálida luz que lo hizo asomarse una vez ilusionado por entre las grietas del roto corazón.

Ahí está el niño, escondido, calladito, jugando con su memoria y sus recuerdos, oprimiendo imaginarios botones y activando palancas que lo llevan por el espacio sideral y el fondo del mar al mismo tiempo, esperando sentir de nuevo lo que sintió el día en que me miraste agachando un poco la cara, con esa sonrisa suavecita que quería besar allá en el chorro de Quevedo, y que a pesar de tu tácita aprobación no pude besar por estar perdido en tu mirada.

Mientras tanto el hombre viejo sigue llorando su destino, así como pasó hoy, cuando llevó a un español de nombre Francisco al aeropuerto. Cuando llegaron le pidió que lo dejara en la entrada de Avianca, entonces, con ilusión el hombre viejo le preguntó que si iba a Colombia y Francisco le dijo que sí. El hombre viejo sintió una profunda nostalgia y le dijo a Francisco que si pudiera se subiría a ese avión y regresaría a buscar a la mujer que ama aunque ella ya ama a otro, porque a pesar de eso aún tenía la esperanza de hablar con ella y convencerla de venir con él a ese país tan grande y bonito. Francisco, sin mirarlo y con premura, le dijo con su acento español: “La verdad no creo que eso pase Franklin, busca aquí a alguien más y no mires atrás. Hazme un favor, vive una buena vida y ábreme el baúl para sacar la maleta”. Francisco se fue y el hombre viejo lloró unas pocas lágrimas saladas y amargas, sin saber si lloraba por su propia tristeza o por la tristeza de ese niño ilusionado cuando descubra que este diciembre no habrá ni carritos ni medias, ni ni mierda. Mejor dejarlo jugar solo, repitiéndole que Francisco seguramente no sabe nada de la vida y que debe ser de los que se rinden fácil, pero que nosotros no somos así. Respira profundo, se limpia las lágrimas y acepta otro viaje, otro viajero, uno que se va y otro que llega y va a quien sabe dónde. Esta vez se promete no hablarle porque el niño puede oírlos y tal vez decida quedarse en su cajita para siempre.

Te amo con ese amor de hombre viejo que oculta en su corazón un niño asustado, y sé que ese amor no se siente bonito, que quema y lastima porque ese no es un buen amor. Es intenso como mil soles, y por eso no es fácil atajarlo cuando quiere salir por el pecho, a través de las palabras, las miradas, por el sexo. Sin embargo, espero que la próxima vez el hombre viejo y el niño no estén, el uno, obsesionado, y el otro escondido, sino que vayan de la mano, mientras el viejo deja que el niño lo guíe, y que cuando llegué diciembre todos estemos jugando con carritos y estrenando medias.

Te amaré para siempre y aún después Andrea.

@jorgitomacumba

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Jorgito Macumba es escritor amateur y mamagallista consumado. A sus años, y sin saber ya si es rolo, costeño, valluno o camarita juzga desde su ignorancia todo lo que se le cruza enfrente. Bienvenidos.

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