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El título de esta columna fue el eslogan de la campaña del “No” del plebiscito de 1988 en Chile para decidir si Pinochet seguía o no en el poder.   No podría ser un mejor presagio para mi primer viaje a la nación con el mejor índice de desarrollo humano de latinoamérica, que poder ver la película protagonizada por Gael García sobre aquel momento histórico en el que la democracia vence a un régimen autoritario, por decir lo menos.

No pude verla en el festival de cine de Cartagena, ni en su estreno en las salas nacionales por esas cuestiones del azar que me refuerzan la idea que la vida es un plan magnífico, luego de tener la película servida en el vuelo que me llevaría a la tierra del vino.

No podría existir un mejor momento para visualizar un hecho de la historia de nuestra América en que una campaña, paradójicamente con el símbolo negativo más fuerte en el lenguaje publicitario (No), uniría a una nación en torno al canto de esperanza más libre y transformador de la historia reciente, bajo las difíciles circunstancias de una dictadura militar.

Mi estadía en Chile tuvo como banda sonora “la alegría ya viene”, mientras me llegaban noticias de mi Colombia sobre el acuerdo en el segundo punto de las conversaciones de paz para poner fin al conflicto armado que tantas veces apaga nuestra esperanza y llena de dolor nuestros corazones.

Definitivamente la alegría llegó a Chile aun cuando los chilenos esperen y deseen un mejor país, y crean que las amplias y limpias calles de Santiago, son sucias y feas. Buen síntoma de una democracia.

Las nuevas generaciones se desconectan del pasado, van perdiendo la memoria de lo que prefiere olvidarse. La vida es totalmente distinta pues las fuerzas no se concentran en vencer el miedo sino en perseguir la alegría, la perfección, en un país que se supera a sí mismo cada día y mejora sus índices de desarrollo casi de manera automática por el empuje y la confluencia de los distintos sectores que parecen aglutinados bajo un mismo ideal.  Es la inercia hacia el bienestar, hacia la alegría que pusieron como horizonte aquel octubre de 1988.

Yo, bajo la mágica inspiración de Neruda, Mistral, Jara y Allende, invito a que empecemos a cantar nuestra alegría en Colombia.  Soñar con el  fin de una violencia de más de 50 años debe ser suficiente motivación  para cantar la alegría, para renovar la esperanza, para creer que nuestra historia cambia su rumbo, nuestro llanto se convierte en sonrisa,  el dolor en alegría y la memoria de nuestros hijos en el olvido de la tragedia.

Nuestra preocupación debe ser la felicidad y nuestro horizonte la perfección. Colombia, la alegría ya viene, tal como en Chile tendremos un plebiscito que debería superar nuestros odios y animarnos a votar por la transformación estructural de una nación que ha sangrado demasiado.

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