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Camino por una ciudad que sangra mis pasos.  En Nelson Mandela, hacen vigilia por el líder sudafricano que jamás conocieron y que para muchos no existía hasta el día de su muerte, cuando  la noticia atravesó las fronteras invisibles y a veces impenetrables de un barrio olvidado de Cartagena.  Si no que lo diga Walter Hernández de Vokaribe, quien abrió micrófonos en una toma radial por el barrio, y trató de hallar los rastros de quien unificó un país segregado y dio ejemplo de cómo desbordar la paz de un corazón a una nación; encontró la espontánea desfachatez de la ignorancia, de quienes reconocieron no tener idea de quién se trataba o inventaron una historia para desahogarse entre risas, con pena y picardía. También encontró la “historia oficial”, verdad de pocos. (http://radioennelsonmandela.fnpi.org/cronicas.html)

Se prenden velas por la inmaculada, mientras velamos niños muertos por dengue. El alcalde “habla” para afrontar problemas de seguridad con militares.  Paradójicamente la inseguridad es la expresión de lo que calla y que pretende silenciar con el ruido de los fusiles. Contrarrestamos con balas a los desatendidos. Para la salud pública no hay palabras.

Quisiera pisar una tierra amada por su gente, pero este suelo con maleza y piedra, huecos y basuras, son también la expresión del desamor de quienes no se reconocen en las paredes pintadas por grafiteros foráneos que borraron los trazos de nuestras glorias y penas, reforzándonos el sentido de exclusión sistemática.  Aquí se ignoran las miserias para construir con la más pulida y ostentosa piedra los insultos al hambre y a la pobreza con dineros invertidos en flashes, espectáculo, lujos y manjares para los “otros”, mientras el inevitable desplazamiento confina a una periferia desteñida y anárquica.

Se sacan mesas y sillas para servir la cena a quienes pueden pagar en dólares el agua que se toman, en la calle, en esa misma calle donde todos tenemos que poder pasar sin malas miradas, donde deberíamos poder sentarnos, darnos un beso,  cantar una canción o amarrarle los zapatos a un hijo. Pero por allí no se puede pasar, perdiendo el derecho al poco espacio público que tiene esta ciudad llena de murallas reales y virtuales.

La calle también es la cama de la indigencia que desaparece con los rayos del sol ante tus ojos y con visitas ilustres ante el mundo. La desesperanza camina conmigo y tropiezo con otro muerto del transporte público.

Sí, es una ciudad de nadie. Por eso con menosprecio sus habitantes la ensucian, la irrespetan, la desobedecen, la maltratan, la prostituyen, la envenenan, la venden, la subastan.  Es una selva de cemento. La hostilidad está en los ojos de quien te arrebata la cartera o tu lugar en la fila.

Es la ciudad de nadie, la ciudad ajena, que se engalana en fiesta, pero no se perfuma, y con su hedor desnuda sus verdades ocultas.

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