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La alemana que extrañaba la Policía

A la alemana la conocí hace muchos años ya. Me acuerdo de ella de vez en cuando, pero me acuerdo con mucha más frecuencia de la sensación que me dejó la historia que me contó ese verano que pasamos juntas. 

Hacía varias décadas, cuando la alemana era una mujer joven e impresionable, conoció a quien sería su futuro ex esposo en un Berlín truculento y dividido. Unos meses después de conocerlo, se subió en un avión hacia el Perú, de donde no saldría en años. Estaba embarazada. Casi todo el tiempo lo gastó en Lima; a duras penas si salía por fuera del casco urbano. Aprendió a hablar español con fluidez y hasta se planteó quedarse en Latinoamérica los años que se le venían encima. 

Además de la historia de amor doloroso y olvido trunco, me habló de la guerra, del miedo, del incesante desespero de sentirse encerrado hasta en la vía pública. El miedo, el desespero, el encierro son sensaciones que han repartido en el corazón de cada latinoamericano. 

-¿Qué fue lo que más extrañaste? -le pregunté. Pensé que me hablaría de su familia, de la cultura, del tráfico, de las bicicletas. Era imposible que me hablara de extrañar la comida alemana estando en Perú, pensé para mis adentros. 

-Extrañé mucho la Policía -no titubeó. Me clavó la mirada como si me estuviera confesando un secreto. Yo estaba más impresionada lo de lo que habría estado si me hubiera contestado que extrañaba la comida alemana.

¿Qué Policía?

La Policía existía y existe en Lima, y existía también cuando la alemana vivía en Perú. Ella no extrañaba a un policía en particular, y ni siquiera extrañaba a la policía alemana en general. Lo que la alemana extrañaba era la policía. La idea de policía. 

La policía está para mantener el orden público y velar por la seguridad de los ciudadanos, pero eso no se traduce en firmar comparendos a diestra y siniestra, o en usar la violencia, o en cometer delitos. Tiene poco que ver con lo que muchas veces tenemos que presenciar en las calles colombianas y de lo que tenemos, los ciudadanos, que ser testigos. Hay algunos obtusos que dirán que la policía está para hacer cumplir las normas. Y, en efecto, para eso están, pero esa es sólo una de las funciones, y la forma en la que se lleve a cabo también puede divergir de cómo se ha manifestado, hasta ahora, ese objetivo. 

La palabra policía viene del latín politīa ‘organización política’, ‘gobierno’, y este término viene del griego πολιτεία politeía. Al principio y hasta bien entrado el siglo XVII, la policía y el Estado eran una misma cosa. Cuando la idea del Estado se transformó, la policía se constituyó en algo parecido a lo que conocemos en la modernidad. 

La palabra ciudadano se deriva del latín civĭtas, civitātis, que significa ‘ciudad’, y se compone con el sufijo “-ano”, que tiene que ver con procedencia o pertenencia. En ese sentido, el ciudadano es una persona que es parte de una comunidad y que, al hacer parte de ella gana derechos y deberes.  

-En Alemania, si uno tiene un problema, puede acercarse a una estación de policía y pedir ayuda. Si uno ve a un policía en la calle, se alegra porque se siente seguro. En Lima, si uno veía a un policía en la calle se cruzaba de acera. Los policías eran los enemigos del pueblo -me dijo la alemana. No tuve que haber estado en Lima durante la regencia de sendero luminoso para entender y sentir lo que me decía.  

“Señor agente”

Muchos años después de haber escuchado la historia de la alemana, escuché la historia de un colombiano que, todavía fascinado con lo que le había sucedido hacía tanto tiempo, contaba exaltado un encuentro con un policía de tránsito. 

Sucedía un sábado después del almuerzo. El colombiano, quien iba con su familia, se pasó un semáforo en rojo. Unos metros más adelante lo paró un retén. El policía de tránsito se le acercó, le pidió los papeles y le preguntó que por qué llevaba tanto afán. El conductor le dijo que no llevaba afán ninguno, y que si se había pasado el semáforo fue porque había cometido un error. El policía entonces se alejó para  hablar con el conductor de otro carro distante. Al rato volvió y le hizo la misma pregunta al colombiano: ¿por qué tiene afán? No hay afán, le volvieron a responder. El policía inquirió que porqué ponía en riesgo a su familia si ni siquiera tenía afán. Por error, le contestó el conductor. 

En este ir y venir pasaron varios minutos. El policía regresaba, hacía la misma pregunta, el conductor daba la misma respuesta, el policía se volvía a ir. El uno seguía enfocado en su objetivo porque quería transmitir una lección, mientras que el otro se enfurecía encerrado en el vehículo con cada minuto que pasaba.  

La última vez, el policía se le acercó al conductor, y además de lo que ya le había dicho tantas veces, también dijo, “creo que ya aprendió, tenga, siga su camino”. El  conductor estaba muy confundido: no había comparendo, ni regaños, ni parsimonias. Aun abrumado y sin poder articular un pensamiento lógico, prendió el carro y siguió su camino. 

Unas tres cuadras más adelante finalmente lo entendió. “Qué buen policía”, dijo en voz alta. Tan buen policía fue que el conductor, muchos años después, sigue contando esa historia: el policía lo hizo esperar para demostrarle que no había afán. El policía de tránsito había sido una guía, un portador de sentido, no un justiciero.   

El colombiano también extraña la policía. 

El agente de policía, la figura que está en contacto directo con la ciudadanía, no está para poner multas. De hecho, un agente de policía no puede hacerlo. Un policía pone un comparendo, que es, en términos estrictos, una citación, no una multa. Un agente de policía está para regular el orden público, pero también para guiar a los ciudadanos que comenten infracciones, para guiar a los que no saben, a los ignorantes, y para tenderle una mano a los ciudadanos que están en apuros, o a los ciudadanos que están perdidos. Exactamente lo que hizo el policía de tránsito de esta historia. 

A su vez, un ciudadano tiene que hacer lo posible por mantener la armonía en los espacios públicos. Y, en efecto, el conductor se volvió un mejor conductor, un mejor ciudadano. 

Generalizar para no pensar

Partamos de un hecho: hay problemáticas que crecen en la raíz misma de lo que nos une, y que nos atraviesan tangencialmente, ya no como individuos solamente, sino como personas que comparten una misma identidad. No obstante, en Colombia se nos ha hecho muy fácil generalizar porque solemos estar en búsqueda de un chivo expiatorio que nos quite responsabilidad y nos explique el absurdo en el que vivimos. Todos los policías, todas las motos, todos los transeúntes, todos los ciclistas, todos los venezolanos, todos los políticos, todos los religiosos…

Una de las formas para abordar las dos preocupaciones anteriores entre la generalización y la identidad colectiva es, de hecho, hablar de historias particulares que nos posibiliten ver cualidades y defectos humanos, más que ideas abstractas. Esta es la razón por la que este artículo se ha centrado en dos historias en las que lo particular y lo cotidiano denjan una sensación o un deseo comunal.  

Este es el primer artículo de un especial sobre la policía, el tránsito y los vehículos. Esperen la siguiente entrada. También va a estar buena. 

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Graduada de Literatura de la Universidad de los Andes, traductora freelancer, migrante, escritora y florista.

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