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Tolerar al otro es un fenómeno material. Lo sé porque he sentido cómo se desgasta. En este tiempo pandémico, sin embargo, no se trata de excesos. Por el contrario, he estado tan apartada del otro que me he olvidado de cuán diferente es, y cuán impredecible. El confinamiento al que nos han obligado (y que no ha servido de mucho tampoco) no sólo nos ha alejado de los otros físicamente, sino que nos ha empujado a querernos confinar voluntariamente dentro de nosotros mismos.

Me estoy acostumbrando a estar mucho tiempo conmigo misma. Me asusta y me molesta ver al otro en la calle. Salgo al espacio público como si fuera mi reino, y como si aquellos que lo cruzaren se estuvieran saltando los límites de mi humanidad, de mi feudo. Todavía no me molesto a mí misma, pero veo este acontecimiento acercándose pausadamente, con la confianza que sólo puede venir de la certeza.

La tolerancia es el músculo más desagradecido de todos. Necesita trabajo constante, y si no se utiliza una semana deja de funcionar. Y hay que hacer un esfuerzo enorme para ponerlo en marcha otra vez, después de unos días de vacaciones. Pero es este el que nos ha mantenido vinculados los unos con los otros. Al parecer, esta capacidad de vincularse con desconocidos, tan importante para crear sociedades, paz o guerra, es la más inestable, la que requiere de mayor esfuerzo.

Pero requiere de esfuerzo para arrancar: la tolerancia es material, es como una rueda que necesita más energía para echar a andar y mucha menos para seguir su curso. La tolerancia responde a las leyes de la física: una vez que esté en un estado, necesita de una fuerza externa para que cambie. Es decir: es más fácil ser tolerante si diariamente vemos personas en la calle, y si tenemos que interactuar con alguna. Pero se está haciendo difícil, porque la tolerancia se quedó inmóvil y no quiere salir del estado al que este confinamiento –la fuerza externa– la obligó. La tolerancia responde al principio de la inercia, a la primera ley de Newton: un cuerpo no cambia por sí mismo su estado inicial, ya sea en reposo o en movimiento rectilíneo uniforme, a menos que se aplique una o una serie de fuerzas externas.

La voluntad es una fuerza y es imperativo que la ejerzamos.

Mientras todo sucede en este país a la deriva, sin más plan que enriquecer a los ya ricos y alimentar a los golosos, la invitación es una que nos debemos hacer a nosotros mismos, a todos los que viven por dentro nuestro y que sienten el desgaste y la inmovilidad. Bien sea para tener una disposición más amable con los desconocidos, o sólo para aceptar la existencia del otro en un parque público, echemos a andar la rueda otra vez, aunque al principio se trate de empujarla cuesta arriba.

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Graduada de Literatura de la Universidad de los Andes, traductora freelancer, migrante, escritora y florista.

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