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Hay canciones que nos transportan a ciertos lugares y recuerdos que, casi siempre, vienen acompañados de música. Hay melodías alegres que evocan pesares y otras que retumban mientras todo se derrumba. Y ese es el caso del paseo que titula esta historia, una composición del Chiche Maestre grabada por el Binomio de Oro en 1991.

Mientras Israel Romero abre y cierra el fuelle de su acordeón, y Rafael Orozco canta una y otra vez “pobre del rey, ya no hay llanto que cure su pena”, yo me traslado a la navidad de 1999 en Vigía del Fuerte, un pequeño pueblo a orillas del río Atrato en donde vivió mi papá, y al que, de no haber sido por su secuestro, debí viajar un 24 de junio y no un 24 de diciembre. Tal vez así recordaría a Vigía con alguna que otra canción, y no con “esos himnos de mi vida” o “esos versos tan bonitos” que se escuchan en ese vallenato.

Para esa época, el Atrato se había crecido de tal forma que sus habitantes improvisaron zarzos y puentes para seguir con su vida. Las casas, casi todas de madera y de un solo piso, amanecían de dos según el nivel del agua al despertar. Si no era porque “adentro” la gente andaba en champas mientras que “afuera” lo hacía en botes con motor, yo no habría distinguido dónde comenzaba el río y dónde terminaba la tierra firme.

Los días transcurrían como si nada a pesar de lo anegado. Las pocas fiestas se extendían según el combustible disponible para la planta que daba energía eléctrica entre las seis de la tarde y las diez de la noche, o según lo decretara el alcalde en medio de alguna rasca, como si se tratara de un estado de excepción vigente por la fiesta y el alcohol.

En las noches se sentía la zozobra porque el río subiera o porque la guerrilla bajara, tal y como lo había anunciado tiempo atrás, y como en efecto lo hizo tres meses después. Allá no hablaban de norte o de sur, sino de arriba o de abajo según el curso del agua. Los armados aparecían y desaparecían a favor o en contra de la corriente. Los unos subían desde el Golfo de Urabá, mientras los otros descendían por alguno de los afluentes del Atrato. Pero el río no solo les traía guerra o inundación, por ahí también llegaban el mercado, la familia y la subienda repleta de bocachicos, dentones y doncellas.

Recuerdo que en la nochebuena René y El Mellito me invitaron a dar una vuelta por el pueblo. Como no se podía caminar, tocó hacer el recorrido en una champa. Yo no conocía de palancas ni de canaletes, y apenas lograba identificar “La segunda”, la calle principal del municipio que recibía ese nombre por no estar al borde del río. Era larga y estrecha, con construcciones de madera a lado y lado que hacían las veces de casa o de tienda, o de las dos al mismo tiempo. Sobre “La segunda” había alguna que otra discoteca y, hasta marzo del año 2000, permanecerían la alcaldía, la estación de policía y la iglesia.

Esa noche fui a la casa de “La Chola”, atravesada también por el agua. Estaba jugando dominó con algunos amigos, mientras escuchaban “no pensarías marchar, no apagarías mi luz, ni buscarías refugio en las noches, mis noches sin fin” desde una radio desgastada. Tiempo después descubrí que “La Chola” se llamaba Baciliza, pero nunca me lo dijo. Siempre se presentaba con su sobrenombre y a sus hijos como “los cholitos”.

Todos estaban sentados sobre una tarima que hacía las veces de segundo piso. En la mesa de juego se hallaban algunas monedas, varios billetes y una botella de aguardiente a la mitad. “El llanto de un rey” amenizaba la partida, algunos la cantaban con emoción y otros como por no dejar.

Aunque entramos hasta la sala y el comedor, René, El Mellito y yo nunca nos bajamos de la champa. Al lado de “La Chola” estaban dos de “los cholitos”. Uno de ellos jugueteaba con la antena y el volumen de la radio, mientras ella, con sus fichas en la mano, tarareaba “no sé por qué murió tanto amor…y ahora me toca perder, y ahora me toca perder”. Era su turno de jugar.

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