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“El tango es pura nostalgia, de lo que se tuvo, de lo que no se tuvo.

Y es una cosa pa’ gente que haya aprendido a perder en la vida.

Hay que haber tenido alguna derrota, para que a uno le entre a gustar el tango”.

José “Pepe” Mujica (El Pepe, una vida suprema)

 

Llegué a la casa del profesor Builes a las 4:00 de la tarde. Era 25 de diciembre y en las calles de Copacabana se había extendido la celebración de la Navidad. Allá me esperaba alguien para entregarme a Beto, un pastor alemán que, junto a ocho perras y dos perros más, había nacido 45 días atrás en una finca en la vereda Minitas de Santa Rosa de Osos.

Beto estaba en un guacal lleno de periódico y aserrín, al lado de Rayo, otro de los once cachorros paridos por Laika, la mamá de la camada. Aunque para ese momento al perro le habían dado un nombre, aún no respondía a él, y yo tenía claro que quería llamarlo Tango. Días antes había visto un documental sobre la vida del expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica, en el que se refería al tango como “pura nostalgia”, y en el que decía que dicha música “es una cosa pa’ gente que haya aprendido a perder en la vida”.

Tango y yo atravesamos el Valle de Aburrá para llegar a la casa. Ni en el bus ni en el metro dejé de observarlo. Le cantaba y le sonreía, como intentando decirle que lo mío había sido amor a primera vista, y que me lo habían regalado en un momento determinante para mí. Él no paraba de mirarme triste y fijamente, lo que me confirmaba que había escogido el nombre indicado. Sin saberlo, el profe me había dado el regalo más importante de mi vida.

Antes de ese día, pensé en muchos nombres para mi nueva mascota, pero la frase de “Pepe” iba y volvía, como insinuándome que era el momento de aprender a perder. La existencia de papá se estaba apagando, y con ella, la idea de familia que hasta entonces tenía. La de ese año sería la última Navidad con mi padre, y eso hacía que buscara cualquier forma para mantener su memoria, así fuera a través de algo tan simple como el nombre para un perro.

Cuando papá estaba en casa o salía con su barra de amigos y se tomaba unos aguardientes, no faltaban los tangos. El tango y el fútbol eran su obsesión. Tal vez por eso cuando escucho “El sueño del Pibe” pienso en él.

En mi adolescencia yo no entendía por qué le gustaba esa “música de viejos”. Tampoco, por qué lo acompañaban siempre sus cassettes. Daba lo mismo si íbamos a la playa, a una montaña, a un pueblo o a una ciudad, ¡la música argentina no podía faltar! Sus historias de juventud no evocaban a Woodstock o Ancón, sino a Lovaina y a Guayaquil, en la Medellín de los años sesenta. Tampoco sabía de los Beatles o de los Rolling Stones, mucho menos de John Lennon o Paul McCartney. Sus referentes musicales no eran los que tenían los papás de algunos de mis amigos, sino Carlos Gardel, Enrique Santos Discépolo, Agustín Magaldi, Roberto Goyeneche o la Orquesta Típica Tokio.

En la casa papá siempre tenía una radio en la mano. Cuando no estaba pendiente de la transmisión de algún partido de fútbol escuchaba tangos. “Volver”, “Cuesta abajo”, “Caminito”, “Garufa”, “La Cumparsita”, “Yira, Yira” y “Mi Buenos Aires Querido” son algunas de las canciones que más recuerdo. Ni en sus últimas semanas de vida la radio dejó de estar encendida. Aunque ya hablaba poco, tarareaba cada melodía. Verlo en su sillón, mientras cantaba con sus ojos vidriosos “Adiós muchachos” , fue para mí una despedida: “Adiós muchachos, compañeros de mi vida, barra querida de aquellos tiempos. Me toca a mí hoy emprender la retirada, debo alejarme de mi buena muchachada. Adiós muchachos, ya me voy y me resigno, contra el destino nadie la talla. Se terminaron para mí todas las farras, mi cuerpo enfermo no resiste más”.

Papá murió el 30 de junio de 2020, y durante casi dos años no quise escuchar un solo tango, ¡los evitaba! Ahora que contemplo sus cassettes y sus vinilos, y me detengo en las letras de sus canciones favoritas, comprendo que su pasión por el tango se debía a que, desde muy joven, él había aprendido a perder. Hoy, cuando veo a Tango -mi perro- pienso que, con su nombre, no solo quería evocar lo que había perdido, sino que era mi momento de aprender.

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