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Interpretar los sueños ha significado para mí, además de superar las dificultades que viví en mi niñez por causa del don, enfrentar situaciones que han sido -y son- verdaderos retos por las decisiones que me he visto abocada a tomar en momentos que fueron cruciales para otras personas. Hay quienes han percibido esa situación y por eso, motivados por la curiosidad, me han preguntado si alguna vez he sentido temor o aprensión al comunicar el mensaje de un sueño. Les inquieta saber si siempre he dicho la verdad de lo que veo o si, al contrario, he optado por callar para no transmitir una mala noticia. Son preguntas muy válidas porque resulta fácil suponer que, frente a imágenes que contienen un mensaje que anuncia el acaecimiento hechos dolorosos o desagradables, la salida más cómoda para mí sería el silencio o el maquillaje de ese mensaje. Reconozco que esas dudas son razonables porque ese tipo de situaciones, cada vez que se presentan, son una encrucijada para mí. Aclaro que, cuando me ha tocado enfrentarlas, he sentido que la expresión de mi rostro, y de mi cuerpo en general, denota que hay algo que me cuesta expresar. Sin embargo, mi convencimiento de que no soy nadie para alterar u ocultar el mensaje de un sueño, me ha impulsado siempre a decir la verdad por dolorosa sea. Además, soy temerosa de Dios y sé que nada puede impedir que sus designios se cumplan. Por lo tanto, frente a ellos, no es posible actuar con disimulo o asumiendo actitudes diplomáticas para encubrir una realidad inexorable.
No siempre ese tipo de mensajes se refiere a la muerte de un ser querido. Otras veces se trata de la pérdida del trabajo, de un dinero, del final de una relación etc. La mayoría de los destinatarios de estos mensajes siente que lo que va a ocurrir es injusto. Es obvio. Nadie puede recibirlos con satisfacción pero, por adversas que parezcan las circunstancias, la guía de Dios está tras ellos. Sólo Él sabe qué le conviene a cada persona. Dios conoce los límites de sus criaturas y no les impone retos insuperables ni les exige esfuerzos que desborden sus capacidades. Además, todo ser humano nace dotado de competencias que muchas veces desconoce. Ellas son el fruto de experiencias de vidas anteriores. Cuando las necesita para encarar los desafíos que la vida le plantea, salen a flote instintivamente para sorpresa de la misma persona y de sus adversarios. Así, sorteando inesperadamente circunstancias imprevistas y desafortunadas, más de uno ha descubierto que poseía virtudes y talentos hasta ese momento desconocidos.
Por ser los sueños una fuente inagotable de secretos personales, me han preguntado también si tengo la obligación de denunciar ante las autoridades un delito cuya comisión emergió de un sueño que me narró la persona autora o víctima de tal hecho. Debo responder que no.  En primer lugar porque la obligación legal de denunciar un delito la tiene la persona que ha conocido directamente los hechos. En segundo lugar, la interpretación de un sueño no es una prueba válida en un juicio. Por último, mi deber es ayudar a la víctima o al victimario a superar el impacto que tales acciones hayan causado en su interior. Para eso les recomiendo que recurran a los servicios de los profesionales competentes. Las implicaciones legales corren por su cuenta.
Un capítulo aparte merecen los sueños que, por casualidad, escuché en sitios públicos y cuyos mensajes, por considerar que eran urgentes, debí comunicarles a las personas que los narraron exponiéndome a que me tildaran de entrometida y chismosa. Les comparto algunas de esas experiencias: una vez, estando yo en una heladería de un centro comercial, escuché la conversación de dos muchachas adolescentes. Una  le decía a la otra que la noche anterior había tenido una pesadilla. En ese sueño, según sus palabras, se veía escondiéndose de sus padres y corriendo hacia el colegio pero no pudo entrar porque encontró la puerta cerrada. Entonces se regresó a su casa. Cuando llegó a su cuarto vio a su peluche favorito llorando y toda la lana se le salía por unos huecos. Era como si le doliera. Ella trató de ayudarlo pero no pudo. Dijo que se despertó asustada y triste. Había sido una pesadilla horrible. Cuando lo joven terminó de contar el sueño no pude contenerme y me levanté de mi silla pare decirle: “Esta tarde tienes una cita para practicarte un aborto. Tu amiga está aquí contigo porque va a acompañarte pero Dios te dice en ese sueño que no lo hagas. El peluche es tu bebé. Vas a causarle un daño irreparable porque le  quitarás la vida. Habla con tus padres y diles la verdad.” Sobra decir que ambas se asustaron con mis palabras. Las aconsejé hasta donde las circunstancias me lo permitieron. Aunque no volví a verlas, siento que atendieron mis recomendaciones.
Otro caso me sucedió cuando veía en la televisión un magazín matutino y anunciaron la presentación de un intérprete de sueños. Un televidente llamó al programa y narró un sueño. El intérprete le dijo algo así como que “encontraría la luz que lo guiaría en su camino.” Sin embargo, después de escuchar el sueño, yo supe que el mensaje exacto le advertía al soñador que no debía hipotecar su casa porque la iba a perder. Me angustié tanto por esa situación que llamé al canal y pedí que me pusieran al teléfono al intérprete. Logré hablar con él y le sugerí que hiciera lo posible por contactar al señor que llamó y le transmitiera el mensaje verdadero. No sé si lo hizo pero al menos logré tranquilizar mi conciencia. Como pueden ver, es imposible para mí escuchar un sueño y no interpretarlo. Si el mensaje de ese sueño es urgente, dadas sus implicaciones, hago todo lo que esté a mi alcance para que lo reciba la persona que lo necesita. 
Estando en la sala de espera de un aeropuerto escuché a mis espaldas la conversación de un par de caballeros. Uno de ellos contaba un sueño, en su concepto, muy extraño. Decía que llegaba a su casa y estaba vacía, no estaban ni su esposa ni sus dos hijos. Comenzó a recorrerla porque escuchaba sus voces. Oía gritar a sus hijos mientras jugaban, como cuando eran niños. La voz de su esposa sobresalía diciéndoles que dejaran de jugar. Después hubo un silencio absoluto y por más que los buscó, no los encontró. Recorrió las calles pero todo era desconocido para él y no sabía dónde buscarlos. Agregó que se había despertado sobresaltado y sudando copiosamente. Yo no me contuve, me di la vuelta, pedí excusas por haber escuchado una conversación privada y antes de que alguno de los dos señores me dijera algo, al que había narrado el sueño le hice una breve reseña de lo que estaba pasando ese momento en su vida y con su familia. Él me miró sorprendido y yo le aclaré: “Lo supe por su sueño, el mensaje le habla de una última advertencia. Le dice que su éxito como ejecutivo al frente de una compañía no vale nada si la contraprestación es la pérdida de su familia. No disfrutó la niñez de sus hijos por causa de sus ausencias. Ahora son adolescentes y lo necesitan mucho. Su esposa también se siente sola y no va a demorar en buscar refugio y compañía en otra persona. Debe reorganizar su agenda para estar con ellos y compartir todos como una verdadera familia.”
Siempre hago el esfuerzo por no inmiscuirme en asuntos ajenos. Sin embargo, a pesar de mi resistencia, la conciencia no me deja en paz. Me da fuerzas para tomar la iniciativa la idea de que mi presencia en esos lugares, al lado de esas personas desconocidas para mí, era una señal de Dios de que yo debía estar ahí para que ellas supieran cuál era el mensaje de sus sueños y pudieran tomar la decisión correcta.


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PERFIL
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Nací en Barranquilla, Colombia, en 1949. Desde muy niña, a la edad de seis años, descubrí que poseía el don de interpretar los sueños. Al principio supuse que era una facultad natural que poseían todos los seres humanos. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo observé que no era así. Entonces, al llegar a la adolescencia, decidí ocultarlo para evitarme problemas y malos entendidos con quienes suponían que lo mío era un arte adivinatorio. Después de haber educado a mis hijos, de verlos casados e independientes, y ya retirada de mis ocupaciones laborales, consideré que había llegado la hora de desempolvar el don y ponerlo al servicio de los demás.

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