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Todos tenemos un amigo que se llama Andrés, ¿o no? Si aún no lo tienes, búscalo, porque tiene historias buenísimas. Es ese amigo al que le pasan todas las cosas con las mujeres, ese que siempre tiene algo que contar. Algunos dirán que es “de malas”, otros que es medio tarado, aunque muchos en el fondo le tenemos envidia. A veces cuando nos cuenta algunas historias, parecen difíciles de creer, pero él afirma que todas son ciertas. Y los borrachos nunca mienten.

Entre cafés, cervezas y reuniones me ha contado varias de sus historias y ahora yo lo haré con ustedes. 

Esta es la primera historia que le escuché, hace unos años. Estábamos varios amigos sentados en un bar de la Zona T en Bogotá y Andrés no llegaba. «Se le hizo tarde» nos dijo Leslie, la mejor amiga, y luego supimos por qué.

Le pasó a un amigo.


Un día Juliana llegó

En medio de una serenata de esas que hacen los pre-esposos a sus prometidas, Andrés recibió una llamada a su celular. Soltó el tequila y salió al corredor a contestar, ya que la sala estaba llena de invitados y de mariachis, quizás más de los segundos que de los primeros. Era casi media noche de un miércoles, por lo que a él se le hizo raro recibir una llamada a esas horas.

Era una de esas “amigas” lejanas, de las que conoció alguna vez por Facebook, esas amistades de “like” va y “me gusta” viene, pero nada más, básicamente porque Juliana vive en Ibagué, así que no se veían muy seguido, solo cuando ella venía a Bogotá, máximo unas tres veces.

Por lo que Andrés vio siempre desde la distancia, en el Facebook de Juliana y en general en su comportamiento, ella es una mujer despreocupada y algo loca, en el buen sentido de la palabra. Cada tanto Andrés recibía llamadas suyas, inesperadas, pidiendo mucha plata prestada, plata que obviamente Andrés nunca le prestó, ni tarado que fuera.

—¿Aló? Hooola Juliana, ¿cómo estás?
—Hola Andrés, oye, voy para Bogotá —respondió ella rápidamente y sin respirar, con su característico acelere.
—¿En serio? ¡Oye, qué bueno! me avisas y nos vemos un ratico. ¿Y eso, a qué vienes?
—A un seminario, tengo que estar a las 7 de la mañana en el centro.
—Ahhhhh muy bien, me avisas entonces. Un abracito.
—No, Andresito, es que voy YA a Bogotá.

Andrés recordó las varias veces que ella había hecho lo mismo: venir a Bogotá a un seminario todo el día y luego regresarse. Quizás quedarse el fin de semana y salir de rumba una o dos noches.

—¿Te puedo pedir un favor? —dijo ella—. ¿Tú me puedes recoger? Es que mi amiga no puede.
—¿Recoger? Ehhhmmm… ¿Cómo así, en dónde? … ¿Cuándo? —preguntó nervioso y pensando cómo zafarse de esta.
—Pues en el terminal. Yo creo que estoy llegando a Bogotá a las 4 am —respondió ella como si fuera tan obvio.

Lo único que Andrés pensó fue «esta vieja está muy loca. Ni que yo fuera el novio.» Y sólo atinó a responder:

—¡¿CUATRO DE LA MAÑANA?! Noooo Julianita, yo no voy a salir a las 4 de la mañana hasta el terminal, además tengo unos tragos encima. Estoy en un evento.
—Bueno, no importa, yo llego donde estés.

Sin verle tanto problema y con el espíritu altruista al máximo, finalmente le dio la dirección de su casa. En últimas, trasnochar un poco una vez para hacerle el favor a su amiga no estaba tan mal.

Después de la reunión serenatera, Andrés pidió un UBER y salió para su casa, a eso de la una de la mañana. Hacia las tres se despertó intranquilo, obviamente no durmió profundo esperando a Juliana. Revisó el celular y no vio llamadas perdidas ni mensajes. Lo mismo pasó como a las cuatro y de nuevo tipo cinco de la mañana: Juliana nada que aparecía. Medio preocupado pensó si ya era hora de buscarla o dejaba que pasara el tiempo. El rollo es que luego él debía irse a trabajar y ya no la podría recibir.

Finalmente decidió llamar, en el fondo esperando que a Juliana alguien más le diera posada. O sea, eran conocidos-no-tan-amigos, no tanto como para dejarla en el apartamento y luego irse a trabajar. Cuando lograron hablar, ella le dijo que venía entrando a la ciudad, en el típico trancón de Soacha, pero que en un rato lo llamaría para avisarle que estaba cerca de su casa. Y efectivamente así sucedió: «¡Andrés! —dijo ella muy acelerada—. ¡Necesito que me prestes para el taxi porque el cajero del Terminal no me dio plata!»

Mugre vieja esta, aparte de todo pagarle el taxi… pero bueno, ya untada la mano…

A eso de las 5:30 finalmente ella llegó en su taxi. Andrés bajó en sudadera, medio dormido, con la billetera en una mano y las llaves en la otra. El sol apenas estaba asomando y se sentía ese frío bogotano muy muy fresco, más a esa hora. Le preguntó al conductor cuánto es, quien le respondió «Son 28 mil pesos, chino». «¡Uy no seamos tan pendejos! ¿Pero la trajo desde Ibagué?» pensó Andrés.

Buscó en la billetera para pagarle y notó que tenía 25 mil pesos más un billete de 50 mil. El taxista le dijo que no tenía para las vueltas y tampoco le recibía los 25 mil, a lo que Juliana rápidamente respondió:

«No importa señor, como usted va a volver ahora por mí, pues le pago más tarde. Ahorita vamos a un cajero, ¿cierto Andrés?».

Andrés no se hallaba yendo al cajero a las 6 de la mañana, sacando el carro y demás.

¿¿A quién en el nombre del Señor se le ocurre viajar a otra ciudad sin tener dónde pasar la noche y sin un peso en el bolsillo?? Finalmente aceptó con tal de poder despachar al taxista pronto y que dejara de ser su problema. Juliana se bajó del taxi sacando un par de maletas inmensas, como para una semana de paseo al Nevado del Cocuy.

¿Y tú por qué traes tantas maletas? —preguntó alarmado Andrés, temiendo que lo peor estuviera por pasar.


Pausa para un respiro, para comerciales, para ir al baño, o para ver este video.


Andrés y Juliana entraron al conjunto y subieron al ascensor, él cargándole las dos maletotas (las de mano sí las llevaba ella, alma caritativa). Por supuesto él ya estaba pensando «¡En qué me metí Bendito Dios!». Al entrar al apartamento, procurando no hacer mucho ruido y despertar a alguien, ella le pide a Andrés una piyama porque “le dolía la espalda” por el viaje, pobrecilla. Obviamente él se preguntó «¿Y esta vieja pecueca? ¿no se supone que tiene media hora para irse?» Pero como finalmente no era su problema si ella llegaba tarde, buscó en su armario y encontró un pantalón de piyama de los más pequeños. Juliana no le dio tiempo ni de pensar si se iba o no, cuando se fue quitando el jean apretado que traía. Andrés quedó sencillamente atónito presenciando semejante escena, de esas que uno no espera que le vayan a pasar… o al menos no sin un besito para empezar. Digo, aunque sea.

Pues esta mujer poseía uno de esos traseros como para hacerle un busto. Era de película. Andrés estiró la mano para alcanzarle el pantalón, con los ojos casi tan abiertos como la boca. Ella tomó el pantalón y se lo puso con la mayor naturalidad del mundo. Obvio, Juliana se ha visto empelota toda la vida, ¿qué tiene de nuevo? Acto seguido miró la cama, todavía sin tender, y se acostó bocabajo —gacela agotada—, mientras Andrés era presa de todo tipo de malos pensamientos.

A su cabeza volvió aquella recurrente pregunta que solemos hacernos los hombres: «¿Es que acaso las mujeres no se dan cuenta de cómo nos provocan?» Y siguió: «¿Me estará provocando o será tan conchuda que piensa que para mí es normal verla en tanguita? ¿Pensará que soy de esos amigos casi hermanos? ¡Carajo!»

Superado el trauma y cerrada la boca, Andrés se acostó junto a ella, tratando de convencerse de que ella efectivamente sólo quería descansar y no tener más malos pensamientos. Igual, en sólo media hora el taxista llegaría y ella ya debería estar lista, bañada y arreglada. Por otro lado, cuando ella se fuera él entraría a bañarse y llegaría a su oficina temprano para quedar como un príncipe en la oficina. ¡¡Perfecto!! A eso de las 6 sucedió lo que ya sabíamos: Llegó el taxi.

El citófono sonó tan duro como nunca, Andrés miró a Juliana con cara de “¿qué carajos le digo?” a lo que ella balbuceó sin abrir la boca pero en perfecto español «dile que vuelva en 15 minutos» —osito perezoso— y se dio la vuelta. Andrés dejó la razón en portería y cuando volvió a la habitación, la niña ya estaba despierta, pero no preparándose para arreglarse como cualquiera hubiese esperado. Estaba con el computador de Andrés en sus piernas: «Voy a mirar Facebook un ratico, ya te lo desocupo. Es que mi celular se está cargando». GUAAAAD DEFOOOOC.

Para cuando sonó el citófono nuevamente ya la mamá de Andrés se había levantado, así que ella contestó el aparatejo. «No mamá, dile que vuelva en 15 minutos que esta niña no se ha entrado a bañar» —dijo Andrés, antes de darle el beso de los buenos días y de mirarla con cara de “sí, yo sé, por pendejo me pasan estas vainas”. Volvió a su habitación y al confirmar que ella seguía inmersa entre memes y chismes, él decidió entrarse a bañar, con la esperanza de que Juliana siguiera su ejemplo —ovejita descarriada—.

Efectivamente, cuando Andrés salió esperando verla lista para bañarse, quedó de una pieza porque, por el contrario, ella estaba sacando la ropa de las maletas y la estaba acomodando en ¡¡SU ARMARIO!! Juliana —sanguijuela vividora— le dijo «no te preocupes, esta noche te la ordeno mejor». «¿¿QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉ?? ¿C-cómo así que esta noche? ¿¿Te vas a quedar esta noche??» Juliana entró riendo al baño —por fin— dejando a Andrés tratando de organizar sus ideas y darse cuenta a qué hora pasó todo eso.

Cuando ella salió de la ducha a cambiarse, Andrés ya estaba desesperado y pensando que no había conocido antes una persona tan despreocupada —hiena conchuda— en la vida. Para ese entonces el taxi ya había vuelto y estaba esperando en la portería. Hace rato.

Juliana muy amablemente le recordó a Andrés que le prestara plata para el taxi porque ella —pajarillo inocente— no tenía un peso encima, prometiendo regresárselos esa misma noche cuando se volvieran a ver. Por fin esta niña salió de la casa de Andrés, dejándolos —a él y a su mamá— silenciosos y tratando de entender qué acabó de pasar. Un poco aliviado, volvió Andrés a su habitación acomodó las maletas de Juliana donde pudo, se vistió para el trabajo, respiró hondo y pensó —Ahora… ¿cómo coños voy a salir de esta?»

Continúa…


Si ya me habías leído acá en El Tiempo y conocías “Le pasó a un amigo”, 🎶 this is the remix 🎶

Digo… si hacen remake de Café y de Los Victorinos y si han vuelto a transmitir hasta “La hija del mariachi”, pues podemos hacerlo con “Le pasó a un amigo”, ¿no? Por otro lado te cuento que, por razones que desconozco, los blogs de El Tiempo no se han vuelto a habilitar así que decidí traerme los Marmotazos para acá. Originalmente no quería porque pretendía dejar los temas aparte, pero creo que puede ser un ejercicio interesante.

De paso, si te interesan las redes sociales, el marketing y el emprendimiento, en mi blog personal vas a encontrar mucho contenido sobre esos temas.

Sí, vuelve “Le pasó a un amigo” y, por supuesto, vendrán historias nuevas. He escrito un par y ya estoy preparando las demás. Pero empezamos con el remake, como las grandes producciones del mundo, jajaja. Espero que me dejes comentarios y conversemos por acá también.

¡Un súper abrazo para todos!

Ah, les dejo la banda sonora de la semana.

@OmarGamboa

 


En redes sociales podemos seguir hablando. Me encuentras en LinkedInInstagramTwitterFacebook y YouTube. Y también hablo de Marketing.

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PERFIL
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Soy un consultor apasionado por el Social Media y los contenidos digitales. Trabajo mejorando la Reputación Digital de marcas y personas. Conferencista y profesor universitario. Director de los Premios TW, a lo mejor de las Redes Sociales en Colombia, emprendedor en los ratos ocupados, melómano y escritor en los ratos libres. Bogotano por nacimiento, ingeniero de sistemas por educación (Universidad Nacional) y tuitero por gusto.

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13 Comentarios
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  1. marinamaldona1116

    El analfabeta emocional, dice que si las mujeres supieran que le pasa a un hombre cuando una mujer se queja sin ropa ???? el analfabeta vive con la mama !!!!! es el tipico individuo , estupido, bruto, machista, jamas a vivido en un lugar donde le ensenaron a decir : NO !!!!!!!

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