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Josué Martínez FPor: Josué Martínez

Pasó la Copa América para Colombia y no hay dudas del sin sabor que dejó en todos los colombianos el trasegar del seleccionado cafetero en el certamen continental. Para mayoría y en términos generales un fracaso. El periódico El Tiempo tituló ¿Qué nos pasó? la A la edición dedicada a hacer el balance del rendimiento del combinado patrio en Chile 2015. Y es que, todos terminamos haciéndonos esa pregunta, mientras nos quitábamos resignados y sorprendidos la camiseta tricolor y la colgábamos en el guardarropa con la sensación de que todavía hacía falta algo más.

Hay que entender que el fútbol es de momentos, y a juzgar por el nivel que se venía mostrando; Colombia llegó a esta copa con las expectativas por el aire. Estoy de acuerdo con que teníamos derecho a soñar con cosas grandes por el desarrollo del equipo en el mundial; pero me parece que desde la prensa en adelante, el pueblo Colombiano no tuvo en cuenta que se venía una de las copas más duras del mundo, en donde la mitad de los participantes son candidatos al título y en donde los equipos son muy parejos y es muy difícil que se saquen amplias ventajas unos a otros. Para la muestra un botón: la Copa de Oro que concentra a los equipos del centro y norte américa es ganada alternamente por México y Estados Unidos, rara vez otro país de esa parte del mundo se alza con el título; en la Eurocopa de naciones hay un par de equipos fuertes por grupo, de resto son países casi que desconocidos futbolísticamente, en dónde se puede encontrar rivales de la talla de Islas Féroe, Estonia, Lituania, Chipre, etc. Y qué decir de las copas de África y Asia. Lo cierto es que no era nada fácil y Colombia debía presentarse a esta copa con mucho más que algunos nombres conocidos en importantes equipos europeos.

A Colombia casi siempre le pasó lo mismo; cuándo no había muchas expectativas, rompió con los pronósticos y tuvo excelentes presentaciones, pero cuándo venía con favoritismo y tenía que salir a demostrar, regularmente salió con un chorro de babas. Recuerdo que para el mundial el panorama era más que adverso. La tricolor había perdido a Radamel Falcao, que por ese entonces era su máxima figura, por lesión; adicionalmente enfrentaba a equipos importantes en el ámbito mundial: al campeón de África, al campeón de Asia y a Grecia; quién también supo ser campeón de Europa, allá por el 2004 ganándole a la Portugal de Cristiano Ronaldo. Sumado a lo anterior la selección Colombia llevaba 16 años sin decir presente en una cita orbital y sólo tenía como argumento su buen andar por la eliminatoria suramericana, comandada con gran capacidad y éxito por “don José”, y algunas temporadas prometedoras de contados jugadores en Europa. Todos tenemos presente que, pese a todos los pronósticos, la selección Colombia sorprendió por su sobresaliente rendimiento y por el nivel superlativo de la mayoría de sus futbolistas.

Recurro a estos recuerdos para entender la diferencia con que se encaró este nuevo desafío para Colombia. Aún están vivos en mi mente los días previos al encuentro inicial contra Venezuela. Los medios de comunicación hacían cuentas en euros de cuánto valía la nómina colombiana y nombraban orgullosos los grandes equipos europeos a los que pertenecían, línea por línea los jugadores cafeteros. En el medio campo ya no teníamos a James Rodríguez sino, al 10 del Real Madrid avaluado en más de 80 millones de euros; al frente teníamos al 9 de “Los diablos rojos” de Manchester; por la banda derecha ya no jugaba Juan Guillermo Cuadrado sino, la flamante incorporación de “los blues” de Stamford Bridge.. En fin, se llenaban la boca con términos como esos. Una verdadera lección de humildad nos llevamos todos con el 1-0 en contra de la selección venezolana que, no hacía cuentas de los millones de euros que ganaban sus jugadores, ni tampoco podía hacer alarde de los equipos en los que actúan sus jugadores. Salvo Salomón Rondón, Nicolás Fedor, Juan Arango, Amorebieta y algún otro que ha sabido jugar en Europa, y Vizcarrondo que está en México; todos son nombres semidesconocidos y de equipos bastante pequeños. Pero eso sí, por donde fuera que una de nuestras estrellas millonarias quisiera salir, tenía 2 o 3 venezolanos desconocidos impidiéndole el paso y marcándolo con rudeza. Es que como dijo el famoso y conocido filósofo: “Eso es lo bonito del fútbol”. Ojalá esto sea lección aprendida: en el fútbol no se gana antes de jugar el partido, no se gana por el club en donde se juegue ni por los millones en los que hayan acordado su cláusula. Luego del pitazo inicial son 11 contra 11, todos con dos piernas y con dos manos; la diferencia no sólo la hace el talento, también entran a jugar el amor propio, la capacidad de sacrificio y el trabajo en equipo.

La selección Colombia entró a jugar el partido contra Brasil como se debía y como las circunstancias lo exigían. Metimos en su arco al pentacampeón del mundo en los primeros 15 minutos, conseguimos el gol y aguantamos el resultado hasta el final; incluidas un par de salvadas de pura suerte. Pero creo sinceramente que ese triunfo nos quitó más de lo que nos dio. Si el partido con Venezuela nos trajo a la tierra, la victoria frente a Brasil nos devolvió a la luna en que llegamos montados a Chile. Aparecieron de nuevo los comentarios como: “Es que debimos ser campeones del mundo”, “Si le hubieran valido el gol de Yepes”, “Ahí les quedó su Neymar”, etc. Y nos volvimos a creer el cuento ese de que Colombia estaba para grandes cosas. No nos digamos mentiras, esta Brasil es la peor en mucho tiempo y no sé si de toda su historia. De jogo bonito no tiene nada y sin su mejor jugador Neymar junior, es un equipito cualquiera. Le costó horrores ganarle a Venezuela y a Perú y se fue de la copa ante una discreta Paraguay. Pero a nosotros nos bastó para entrar de nuevo con el ego por los aires ante Perú y volver a pasar una tarde amarga al darnos cuenta de que ya nos tienen la medida, y una vez nos desconectan a James y maniatan a Cuadrado; chao papá, se fue el fútbol de Colombia.

Brasil nos ayudó y con su victoria ante Venezuela nos dio el paso a cuartos de final en donde nos tocó con Argentina. Y aquí sí quiero hacer un reconocimiento a don José y al grupo de jugadores colombianos porque no era un partido fácil. Jugamos contra el subcampeón del mundo sin volantes de marca. Antes del certamen se habían quedado por fuera, Abel Aguilar, Aldo Leao, Fredy Guarín y hasta Elkin Soto; y por suspensión no tenía a Carlos Sánchez y por grave lesión a Edwin Valencia.   En conclusión sólo teníamos a Alex Mejía de volante de marca y el técnico tenía que cubrir su zona media de contención con volantes de ataque que no sienten mucho la obligación defensiva. Como era de esperarse, en la mayoría del primer tiempo sólo hubo un equipo en cancha que fue Argentina y nos sometió en todos los sectores del campo. Resalto lo realizado por nuestra selección ya que, como pudo se defendió, sacrificándose en marca, con mucho desorden pero con amor propio y sentido de pertenencia. Aunque el equipo mejoró con las variantes del técnico y con la venida abajo de Argentina en el segundo tiempo; considero que fue un premio que no mereció Colombia haber llegado a los penaltis, en donde se clasificó el mejor del partido.

El fútbol está lleno de incongruencias y de sucesos inexplicables y es precisamente ese carácter impredecible el que hace de este deporte el más hermoso del mundo en donde nada está escrito, todos los días se rompen estadísticas, no se puede dar nada por sentado y en donde cualquier cosa puede pasar cuando rueda la bola. Colombia llegó con muchas dudas en la parte de atrás: ya no estaba el emblema de la defensa y el gran capitán, Mario Yepes; Camilo Zúñiga venía de una lesión y hace más de 8 meses que no jugaba; Miñía también preocupaba por su paso sin buenos resultados por Milán y por su falta de fútbol desde que llegó a Brasil; Zapata había sufrido una fractura en uno de sus dedos del pié y apenas si había jugado algunos partidos; y para todos era un interrogante lo que podía suceder con Murillo, posible sucesor de Yepes. Y para seguir confirmando lo incierto que es el fútbol; Colombia tuvo en su defensa la mejor parte de su esquema. No sólo por las brillantes y numerosas apariciones de David Ospina, mejor arquero de la copa y figurón indiscutido de la selección; sino que encontró en Murillo a ese defensa central firme, aguerrido, elegante e impasable que hizo que nadie extrañara al gran Yepes. Zapata estuvo a la altura de las circunstancias y en general los resultados de la retaguardia fueron tan satisfactorios que Colombia sólo recibió un gol en toda la copa. Una realidad diferente vimos en la creación y en la delantera. Ninguno dudaba del potencial con el que llegábamos del medio campo hacia arriba. James estaba volando con el Madrid y goles nos sobraban. Si bien contábamos con el Tigre recuperado; no carecíamos de delanteros y estábamos tranquilos porque Bacca venía de una temporada perfecta con el Sevilla, Jackson se cansó de inflar redes contrarias con el Porto y Teo y Muriel estaban listos para completar la faena en ataque. Si le sumábamos a esto que Cuadrado iba a destrozar esquemas defensivos con sus gambetas por banda derecha, pues, ¿para qué más?…   O sorpresa, el equipo nacional no inquietó ofensivamente a nadie en esta copa y el único gol que consiguió lo marcó, un defensa central.

Sin embargo no todo es malo. Creo que a este grupo de jugadores les viene bien una aterrizadita y saber que hay que darlo todo en la cancha cuando de defender los colores de la selección se trata. Se viene lo verdaderamente importante que es la eliminatoria a Rusia 2018. Se dieron cuenta lo difícil que va a ser enfrentar equipos como Perú, Venezuela o el mismo Chile. Hay que buscar nuevas alternativas en algunos sectores del campo y seguir fieles al estilo que nos llevó a realizar un gran papel en el mundial. Los jugadores deben intentar llegar con el mejor nivel, a través de tener continuidad en sus clubes y cada vez que se pongan la tricolor, dejar la piel en el campo y defender estos colores a muerte. Me quedo con la tranquilidad de saber que en el arco de la selección vamos a contar con un portero seguro que en cada jugada de peligro nos va a decir ¡tú tranquilo!

Twitter: @10SUE10

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Son un grupo de jóvenes que dan su visión particular sobre el acontecer político, cultural y social ante todo tratando de generar una reflexión critica.

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-->Tequilera, bar tender, lavaplatos, cocinera, mesera, estos son muchos de los trabajos de primera línea a los que se puede enfrentar un inmigrante, iniciando su nueva vida en Canadá. Así lo hice yo.

¿Devolverme a Venezuela o quedarme en Canadá? Esa era la pregunta que retumbaba en mi cabeza mientras ese ángel que encontré en Migración hacia mi aplicación, la cual me permitió como estudiante de idiomas y con mi nuevo status llamado Destitute Student (‘Estudiante Indigente’) conseguir una visa de trabajo Después de pensarlo por tres días, decidí quedarme a trabajar en Canadá para poder pagar mis estudios y como decimos los venezolanos’’echarle bolas’’, porque definitivamente en esta vida no se escoge dónde se nace, pero sí dónde vivir.  Bienvenidos a la segunda parte de mi historia, donde les presento un momento fundamental de mi pasado y mi presente en este país. Debo confesarles que nunca pensé que fuese a ser tan difícil, pero ahí estaba yo, aventurándome a un mundo desconocido, con el único objetivo de reunir, en poco tiempo (4 meses), el dinero para pagar el cincuenta por ciento (15.000 CAD) de mi maestría, pero no solo eso, debía pagar también la renta y mis gastos personales y lo sé, suena descabellado, pero lo asumí con mucha planificación y meticulosidad.
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Además del trabajo, yo seguía estudiando francés todas las mañanas hasta el mediodía. Al terminar el verano comencé el máster. Un año más tarde, me gradué de abogada en Derecho Internacional de Negocios, LL.M de la Universidad de Montreal, con un GPA de 3.8, demostrándome que en mi vida no habría obstáculos más grandes que mis ganas de crecer y de superarme. Inspirada en esto, apliqué a la Residencia Permanente.  Al cabo del tiempo, empecé nuevos estudios, pero esta vez, en Inmigration consulting y logré culminarlos también. La vida comenzó a sonreír un poquito más, después de tantos sacrificios, todo estaba dando los mejores frutos. En medio de esta travesía, comprendí que no estaba sola en esta situación, ni era la única con un sueño por cumplir. Somos miles de migrantes a diario dejando todo atrás y buscando una mejor vida, así que algo detonó en mi cabeza, era el momento de que Eddy Ramírez pusiera en práctica sus estudios, experiencia y todo lo que aprendí de mi mamá.  Finalmente, llegó el día de materializar y darle vida a esta Tierra de Inmigrantes.    Continuará… Con amor, Eddy.   

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