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Antonio estaba tan acostumbrado al fracaso que tuvieron que pasar cuatro años sin sexo marital para darse cuenta de que ya era hora de tomar decisiones.

Aquí puede leer la historia de Bernabé desde el comienzo.

Había llegado el momento de decir adiós a la mujer con la que convivió por más de veinte años y de la que no había aprendido absolutamente nada, al contrario, sentía que desde que la conoció su carácter se había debilitado, su carisma se había apagado y había entrado en un proceso de degradación tal que lo tenía en su situación actual: escapando del hogar el mayor número de horas diarias en las que era feliz compartiendo con amigos y amantes, para llegar agotado en la noche y acostarse a dormir en una cama distinta a la de su esposa sin siquiera cruzar palabra con ella. El único rito estúpido que conservaban por aparentar normalidad con sus hijas era el desayuno y el almuerzo familiar de los fines de semana. Lejos estaba de pensar Antonio que las niñas que había visto crecer comprendían a la perfección lo que pasaba en el hogar y detestaban tanto como él esas reuniones de amor falso.

¿Si jamás había sido feliz por qué había esperado tanto? No lo sabía. Los años habían pasado volando y se habían llevado su juventud por delante. Su noviazgo con Amanda fue desde siempre conflictivo por muchas razones. Cuando empezaban a salir, por ejemplo, ella se había encargado de fulminar cualquier amistad que tuviera Antonio por esa época, alegando que sería una mala influencia para su relación; lo había obligado a regresar a una fe católica de la que ya estaba a punto de desprenderse para siempre y cada vez que Antonio intentaba revelarse a la presión que le imponía, ella lloraba tantas veces como fuera necesario y con tal ahínco que siempre lograba que su marido, el entonces novio abnegado, cediera a sus caprichos.

Amanda era una maltratadora: hablaba siempre desde la posición más alta de sus jerarquías imaginadas y su discurso siempre pretendía poseer la verdad. En las cenas familiares ridiculizaba a su esposo y hablaba mal de sus parientes ausentes, escupía falsos aforismos especulando sobre lo que todo el mundo debería hacer, era abiertamente racista, clasista e inquisidora. La violencia intrafamiliar fue, desde luego, una constante en el hogar que Amanda y Antonio habían conformado. Ella venía de un hogar violento también y, aunque se casó justamente para huir de tales agresiones, no se dio cuenta en qué momento empezó a repetir los patrones de comportamiento de su padre. La primera vez que agredió a Antonio fue un día en el que lo descubrió apartando del plato una aceituna detestable e instintivamente le arrojó una cuchara directo al rostro por despreciarle la comida, pese a que le ofreció disculpas de inmediato por el inmerecido castigo, su esposo conoció una faceta oculta en su victimaria. En esa ocasión, a sólo un mes de haberse casado, Antonio justificó el comportamiento de su esposa con argumentos que ahora no lograba recordar, y lo seguiría haciendo con las agresiones posteriores que se hicieron cada vez más frecuentes y se apoyaban en argumentos casi siempre inocuos. Antes del año de matrimonio asistieron a terapia de pareja, allí Amanda comprendió, con una claridad inédita para ella, a qué se debía tantos malos tratos y aceptó seguir por su cuenta una terapia individual en busca del bienestar mutuo.

Las agresiones disminuyeron pero nunca llegaron a desaparecer hasta que un día, viendo que Antonio empezaba a trabar amistad con sus nuevos compañeros de trabajo, Amanda decidió encerrarlo en su habitación para que no pudiera asistir a una celebración de la empresa. El marido, que hasta ese día había soportado con estoicismo la indignación cotidiana, que incluso lo había logrado derrotar en sus noches de llanto, ya no soportó más ultrajes y le pegó una cachetada con una furia acumulada por años.

Sólo así Amanda aprendió a diezmar sus impulsos y sus reproches. Se convenció de tener un buen marido y trató de ser feliz. Su primer embarazo mejoró mucho las cosas sin que llegaran nunca a tener las condiciones normales de cualquier relación amorosa. Él se acostumbró a que su esposa le manejara el dinero y trató de brindarle todas las explicaciones que solicitaba con diligencia ante las frecuentes sospechas de infidelidad o de abandono; ella, por su parte, se acostumbró a reprochar menos y a controlar su ira, así que las aguas empezaron a parecer más calmadas. Cuando nació Alejandra, Antonio supo que estaba condenado a permanecer en matrimonio. Él, con su nobleza infinita que rayaba en la sumisión, al ver a esa criatura tan frágil en manos de una madre déspota, supo que jamás sería capaz de abandonarla. Luego vino Juliana y sin saber cómo, se vio sentado a la mesa escuchando las mismas ironías y recriminaciones de años atrás. Antonio nunca se atrevió a pegarle de nuevo a su esposa aunque las ganas nunca faltaron.

Ya para cuando Emperatriz y Bernabé llegaron a la casa, los esposos habían comprendido que sus vidas no tenían por propósito buscar la felicidad sino aparentarla. Antonio había relegado la educación de sus hijas a Amanda y, con las vicisitudes propias de la crianza y el hogar, el marido obtuvo un respiro que le permitió escabullirse para disfrutar junto a Flor, su secretaria, de la primera aventura extramatrimonial, de muchas venideras.

Pero ahora, luego del celibato pactado y del aborto de Alejandra, supo que las cosas habían llegado a un punto de no retorno, así que el mismo día en que fue al aeropuerto a recoger a su hija mayor que llegaba de Boston, se reunió por última vez con sus hijas y Amanda en la mesa del comedor, les explicó brevemente su decisión, se despidió sin dar mayores explicaciones y se fue de la casa para siempre. Y fue muy feliz.

Como Antonio buscaba independencia también dio por terminada la relación paralela que sostenía con la mujer que visitaba por las mañanas. Se llamaba Helena y la había conocido en sus años de estudiante. Por azares del destino se habían encontrado en una conferencia sobre economía y desde entonces se amaron. Fue una sorpresa para Helena la despedida de Antonio, porque en realidad lo amaba. Lloró muchas noches hasta que logró olvidarlo con un nuevo amor que le ofreció mejores orgasmos, como siempre pasa en la vida.

Antonio se fue a un apartamento de su propiedad que había tenido en arriendo durante muchos años y vivió feliz en su soledad. Se le vio más juvenil y radiante, su carisma reapareció de repente, sonreía en las mañanas y en las noches se fumaba un cigarrillo sin importunar a nadie. Si necesitaba sexo, se masturbaba con libertad antes de quedar dormido o se iba a alquilar amor. A sus casi 50 años creía tener la posibilidad de empezar de nuevo, de ser feliz. Años después la vida le daría la razón.

El divorcio se firmó de manera oficial casi tres años después de que Antonio se fuera de la casa. El litigio fue largo y tedioso porque Amanda hizo todo lo posible por complicar las cosas y estrujarle hasta el último peso que pudiera sonsacar. La repartición de bienes le fue muy desfavorable a Antonio, pero no le importó con tal de reactivar su vitalidad perdida. Fueron días de cambio: Amanda y Antonio se habían separado, Juliana ingresaba a la universidad a estudiar Administración, igual que su madre; Alejandra había encontrado un nuevo amor y se preparaba para graduarse como literata y Bernabé entrenaba en uno de los equipos de fútbol más importantes del país.

***

La tarde más gloriosa de Bernabé le dio paso a una noche también especial. En su celebración, se fue con varios integrantes del equipo a buscar diversión a un prostíbulo de en el suroccidente de Bogotá y penetró sin piedad a toda puta que se atrevió a insinuarse. El encuentro con Jessica había despertado en él la conciencia de su cuerpo y de su belleza. Empezaba a comprender que Alejandra no había sido más que una feliz casualidad que se hizo costumbre y encontró en cada una de las prostitutas del lugar versiones mejoradas de aquella anatomía que creía irrepetible, así que habiendo disfrutado de los placeres de su segunda pareja sexual, no tuvo dilemas morales en acostarse con cuanta puta linda y joven se encontró en el lugar. Y había varias. Algunas se intimidaban ante la desnudez del negro, e incluso hubo una cuyo cuerpecito de niña no soportó más que una primera arremetida; pero hubo otras alegres y enamoradas que se tomaron fotos con él y le adoraron su miembro erecto con libaciones y ambrosía artesanal. Esa especie de dios sexual que no sentía agotamiento físico en el orgasmo sino una voluptuosidad inverosímil que le impedía detenerse, se parecía al Bernabé que siendo casi un niño amó a Alejandra por primera vez. En sus recesos de cerveza y aguardiente, el negro detestó el aprendizaje que había adquirido con su primer amor, ahora que empezaba a conocer el mundo, le dolía en su ego haber sido tan amoroso: se arrepentía de tantos besos empalagosos y de tantas promesas y proyectos; sintió asco al mirarse en retrospectiva y encontrarse con un escribidor de cartas cursis que podía detenerse en las caricias y besar los rincones de su amada o aplazar la satisfacción propia por la higiene idiota de su pareja. Esa noche de putas le sirvió para desaprender todo y fue de nuevo libertad e instinto. Cuando ya el licor empezaba a hacer mella en su vigor, un buen amigo le dio a aspirar unos miligramos de cocaína. Otro gran descubrimiento para el negro que lo dejó estupefacto pero feliz.

Emperatriz notó que desde ese día de gloria su negrito había cambiado. El germen de la juerga se había sembrado en el vientre de Bernabé y crecía rápido con cada fin de semana de putas, coca y alcohol, y ella, que nada había hecho por la educación de su hijo, ahora se veía impedida para intentar modificar sus comportamientos. Más aún, siendo ella misma una prostituta a domicilio prefería no hablar de esos temas tan delicados porque consideraba que sólo mencionar el asunto era ya como una especie de confesión velada. Así que en los casi dos meses de receso futbolístico que siguieron al título de Bernabé, ambos continuaron dándose licencias impúdicas, cada cual desde su orilla.

Con el inicio de la pretemporada, Bernabé recibió buenas noticias: su jornada se había reducido a sólo cuatro horas diarias y su sueldo había aumentado casi al triple, aunque seguía siendo miserable. En las cláusulas contractuales se le autorizaba a salir de gira con su equipo a las ciudades de Colombia que el calendario futbolístico requiriera, así como se estipulaba una serie de bonificaciones por su rendimiento en la cancha. Emperatriz fue feliz con la noticia y pensó de inmediato en retirarse de su profesión, pero cada vez que lo intentaba le dolía el vientre como con un ardor, una especie de rasquiña interna que sólo se le pasaba con la irrupción de un órgano anónimo. Con tanto tiempo libre de Bernabé, finalmente Emperatriz tuvo que restringir su cuerpo sólo a los clientes más querientes pero los horarios de su hijo ahora eran quebrantables, así que en ocasiones llegaba de sorpresa a almorzar o aparecía mucho más temprano de lo previsto. La negra entonces dejó de recibir clientes en la posada para empezar a llevarlos a hoteles y a residencias. Sin saberlo, Emperatriz también había subido de estatus y ahora su servicio incluía el valor de la habitación y la exclusividad de compartir con ella 90 o 180 minutos de buen sexo, de bailes, masajes o bien, una buena charla entre desconocidos. Sus antiguas compañeras la llamaban prepago y se hacía con un cliente lo que meses atrás obtenía con siete. El dinero que ganaba lo camuflaba con el sueldo de Bernabé, quien seguía creyendo que su madre era una santa.

Una mañana en que Emperatriz se había ido a trabajar hasta un motel de Chapinero que le quedaba cruzando toda la ciudad, llegó a la habitación don Álvaro a solicitar sus servicios. Golpeaba la puerta con ansiedad y decía cochinadas mientras se tocaba los genitales, pero pasaron varios minutos y la puerta no se abría. Álvaro, excitado como estaba con la imagen de montar una vez más a la negra, abrió la puerta con una copia de la llave que guardaba por seguridad. Cuando giró la cerradura y la puerta cedió se encontró con la figura inmensa de Bernabé quien lo recibió con un puño en la sien. Lo último que escuchó don Álvaro antes de perder el sentido fue un “¡mi mamá no es una puta, gonorrea!”

Esa tarde los negros fueron echados de la posada y tuvieron que buscarse un apartamento pequeño pero exclusivo para los dos. Podían pagarlo con comodidad aunque Bernabé no hacía más que prometerle a su madre que la llevaría a vivir a una mansión como la de los Posada. El ego del futbolista crecía más por esos días a causa de los argumentos que la vida le ofrecía: a sus 18 años era un futbolista semiprofesional cuyo trabajo era más una excusa para permanecer vinculado a la empresa que una obligación real. Era además, pretendido por las damas a cuyos oídos habían llegado como leyendas los rumores de sus jornadas imposibles de sexo. Él siempre estuvo dispuesto a corroborar tantos chismes.

Sin embargo su ego no crecía solo sino que parecía acompañarse por una ingenuidad cada vez más grande. Como ya se había dicho, Bernabé era incapaz de ver en su madre a una mujer real sino que la veía como una entidad ideal que le había proveído cariño sin límites y había cubierto todas sus necesidades, así que en él jamás se originaron inquietudes con respecto al trabajo de Emperatriz; incluso cuando llegaba a la posada y olía el humor de un sudor extraño y el inconfundible aroma de látex y amor tan propio de las habitaciones que él bien conocía, creía que sus sentidos lo estaban incitando a volver con las putas más no otra cosa más obvia. De oídos sordos, se indignaba cuando escuchaba rumores de que las que vivían allí eran putas y que la negra era la mejor de todas, ni siquiera el encuentro con don Álvaro le generó alguna perturbación en sus certezas. Bernabé se parecía en eso a Antonio, cuyas convicciones políticas eran indiscutibles pese a las muchas sospechas delictivas que recaían en sus ídolos, y también se parecía a Amanda, cuya fe católica carecía de cualquier sentido crítico para con la Iglesia o los sacerdotes, a los que veía como dignos representantes de Dios que luchaban sin fatiga contra el mal, manifestado principalmente en el comunismo ateo, el homosexualismo y el librepensamiento. (El aborto ya no le parecía tan condenable).

Ya ubicados en su nuevo apartamento, Bernabé emprendió una cruzada por su individualización. Se hizo su primer tatuaje en el antebrazo: unas letras chinas que él creía significaban su nombre pero que en verdad no eran más que garabatos de rasgos orientales. Su piel oscura no contrastaba bien con el negro de la tinta, lo que hacía que su arte corporal pareciera más una mancha triple que unos bien logrados ideogramas falsos. Sin embargo se complació con el resultado y un año después ya no tendría espacio en ninguno de sus dos brazos para escribirse algo más. También se dejó crecer el pelo y se hizo milimétricas trenzas amarillas que añoraban el Pacífico, comenzó a usar ropa más moderna y ajustada, se volvió adicto a la música y hasta se le vio en un entrenamiento practicando su firma por si a algún fanático se le ocurría pedirle un autógrafo, pero eso nunca pasó.

En detrimento de su ego y su nuevo estilo de vida, el fútbol empezó a atestarle por ese entonces los más duros golpes: su equipo seguía siendo aficionado y ahora se encontraba en una liga que si bien no era de calidad, sí exigía mucho más de lo que el grupo de novatos podía brindar. Fueron goleados en Neiva, en Villavicencio y en Barrancabermeja. En ocasiones sacaban empates valiosos como locales pero, después de siete partidos oficiales y de interminables viajes por polvorientas carreteras, no habían podido celebrar la primera victoria. Bernabé mejoró algunas habilidades en el campo pero no llegó a ser nunca un gran defensa. Muchos de los goles que le anotaron al equipo fueron por sus equivocaciones infantiles, pero al menos conservaba su buen nivel en los balones aéreos y había llegado a marcar otro gol salvador, no como el que le dio el título al equipo pero sí uno que significó rescatar un empate en un partido que ya veían perdido. Al término de ese partido un hombre lo buscó y le dio una tarjeta que cambiaría su suerte. Le dijo que era manejador de jugadores y que le pronosticaba un futuro prometedor si se dejaba asesorar: por esos días, le explicó, uno de los más grandes equipos de Bogotá estaba buscando un defensa de sus características y si se lo permitía, con un poco de suerte y de trabajo podía llegar al fútbol profesional. Ramiro Bautista se llamaba el hombre misterioso y en sus arrugas se contaban ya varias décadas. Su olfato para ubicar buenos y anónimos jugadores le había alcanzado para hacerse una buena fama entre los equipos profesionales y llevar a un par de jugadores al futbol argentino. Cobraba tajadas millonarias de los contratos que lograba pactar y más que talento, por esos meses de escasez buscaba jugadores ingenuos de los que pudiera abastecerse. Pero era cierto aquello de que uno de los equipos de Bogotá estaba buscando un defensa central joven que pudieran entrenar por un buen tiempo antes de planillarlo en el equipo oficial, así como también era cierto que sólo sus influencias podían hacer el milagro. Bernabé entonces tuvo que ayunar cocaína por tres semanas para someterse a diferentes exámenes y pruebas físicas con las que Ramiro hizo una especie de hoja de vida que presentó a directores técnicos y directivos de la institución. Las estadísticas infladas, el biotipo del negro y la referencia mesiánica de su primer gol, calaron en las expectativas de los especialistas y decidieron por unanimidad ponerlo a entrenar con el club Embajador. Bernabé se iría al equipo de sus sueños por seis meses en una figura contractual llamada préstamo con opción de compra. Su nuevo equipo le daría la posibilidad de fungir como sparring de los titulares y eventualmente le podría dar el chance de ser suplente. Sólo en un caso excepcional saltaría a la cancha a jugar un partido soñado; sin embargo, el sueldo era mucho mejor y su dedicación semanal sería exclusiva para el fútbol.

El último partido de Bernabé Aguilar en la segunda división coincidió con la primera victoria de su equipo. Esa tarde los dos goles que llegaron fueron dedicados al defensa gigante que se iba a probar suerte en el profesionalismo. Hubo lágrimas y aplausos y el negro se fue, nostálgico, a pasar las tristezas del adiós con sus amantes nocturnas. Lo embargaba una sensación de desasosiego por su devenir futbolístico pues sabía que su nivel era inferior al que la liga profesional requería y resultaba muy probable el fracaso. Pero no había más camino que enfrentar lo que viniera, esforzarse más en las jornadas de entrenamiento y sobre todo, hacer muy bien lo que siempre había sabido hacer: obedecer.

Cuando Bernabé recibió la carta de aprobación del club más que alegría sintió espanto. Emperatriz no pudo creerlo hasta que unos meses después, las casualidades que siempre favorecieron a su hijo lo habían llevado hasta la banca de suplentes de Los embajadores. Ahí estaba, frente a las cámaras de televisión, con un flamante uniforme y sus guayos color naranja, esperando una oportunidad cada vez más probable de pisar la cancha. “Ese es mi hijo, mire, mi hijo”, le dijo Emperatriz a un cliente antojado de su cuerpo y soltó un llanto risueño y nervioso que su amante apagó con una arremetida infantil. En ese momento en que salió la imagen inconfundible del negro en la pantalla, Antonio también lo reconoció y pegó un brinco de rana que casi tumba a la puta que lo masajeaba en la cama. “¡Miren adónde llegó ese negro marica!” exclamó alegre, y tomó el teléfono para informarle a la única integrante de la familia a la que le podría interesar la noticia.

***

Luego de su graduación, Alejandra se había dado el lujo de tomarse un año sabático para pensar hacia dónde encaminar su carrera profesional. La creación literaria era su pasión pero bien sabía que no podía dedicarse en exclusividad a escribir sin tener una buena fuente de ingresos. Su padre ya le había prometido subsidiarle los estudios de maestría así que tendría mucho tiempo para decidir cómo y dónde hacer su posgrado. Por lo pronto no tenía ningún compromiso económico y sus necesidades y aun sus lujos eran cubiertos por sus padres, que se peleaban por quién le daba más dinero en esa dinámica común de los hogares con padres separados. Así que cuando recibió la llamada de Antonio tenía la mente tan despejada que de inmediato la ocupó rememorando su pasado reciente. Encendió el televisor y estuvo atenta pero ya las cámaras no iban a brindar otro paneo innecesario al banco de suplentes; sin embargo, en vez de decepcionarse por no haberlo podido ver, se emocionó con la infantil idea de un reencuentro. Su mente recapituló las jornadas nocturnas pero no para rememorar el dolor bonito sino para tratar de entender cómo descifrar el dolor que esas aventuras le habían generado. Ya habiendo tomado distancia del nefasto descubrimiento de su amor secreto y el posterior aborto, pudo sentarse a reflexionar sobre el asunto desde una posición imparcial: “habíamos cometido el error imperdonable de los novatos de confundir sexo con amor”, escribió en una hoja.

Alejandra recordó con cariño cuando Bernabé le alegaba entre mimos por el consumo excesivo de pastillas anticonceptivas pues él no entendía por qué no bastaba con frotar el área genital con un hisopo de eucalipto sumergido en zumo de limón, como le había contado su madre que hacían las prolíficas abuelas tumaqueñas para evitar embarazos y enfermedades. Sonrió al preguntarse si después de dos años su negro seguía siendo tan ingenuo como entonces y fue dura consigo misma cuando descubrió en su memoria lo ingenua que había sido ella también al descuidar el suministro de anticonceptivos que la habían llevado al embarazo no deseado. Recordó la mañana en que se metió en el baño con la prueba casera y llenó de orín la pijama en el intento de mojar su oráculo de plástico. Dos rayitas. Positivo, y el mundo se le vino encima. Luego, la reafirmación con la prueba de laboratorio. Recordó la noche en que Bernabé la esperaba desnudo con su enormidad y le descubrió en sus ojos llorosos que era portadora de malas noticias. A la distancia le pareció graciosa la manera en que el negro le abrió la boca muda mientras su miembro se disminuía como una espada de globoflexia a la que le abren un agujero pequeño pero certero. Ingenua también había sido al confiar en los planes irrisorios de su amante y más ingenua todavía cuando se atrevió a imaginar un futuro mutuo: jamás hubiera podido ser feliz con Bernabé, no sólo por su color de piel, que admitía era un fuerte impedimento de interacción social, sino porque era demasiado instintivo para su racionalidad, muy animal para disfrutar de la literatura y muy macho para comprender sus posturas axiológicas. Ratificaba su aborto como una experiencia terrible pero emancipadora y ahora que salía con un hombre que la complacía de muchas maneras se alegraba de no tener un pedacito de chocolate exigiéndole un cariño maternal que quizás jamás podría desarrollar.

El último recuerdo que trajo a su mente fue la mañana en que Juliana los puso en evidencia. Sin duda, Bernabé había sido bien inepto en las lides del amor, pero dejarle notas en la puerta del cuarto que compartía con su hermana ya había sido el epítome de su ingenuidad. Los recuerdos  llegaban sin rencor y ahora que su negro parecía ser un futbolista importante y había superado sus penas de amor, quizás sería enriquecedor sentarse a recordar los errores y a darle las explicaciones pendientes de la conducta de sus últimos días juntos.

Bernabé también había olvidado a Alejandra salvo breves lapsus sexuales en que recordaba sus antiguas maromas, pero de lo que nunca pudo olvidarse fue de su hijo, que imaginaba varón y negrito, quizás ya pronunciando sus primeras palabras junto a su madre hermosa de piel contrastada. Luego de pasar al fútbol profesional se vio con tanto tiempo libre que desarrolló una ansiedad terrible por conocer a su retoño, así que se atrevió a acercarse a la casa de los Posada con la intención de ver a su bebé, así fuera de lejos. Pasaba horas mirando el portón de la casa que no se abría casi nunca. En ocasiones había visto salir a la señora Amanda y a Juliana, cuya nariz perfecta lo sorprendió, pero ni Alejandra ni su hijo, cuyo nombre desconocía, entraron nunca en escena. Llamó a sus familiares en Tumaco preguntando si una joven blanca les había llevado un niño de regalo, pero no había sido así. Emperatriz le había recomendado alejarse, tal vez intuyendo el crimen y Bernabé obedeció como siempre, pero su instinto paternal ya se había despertado y pronto habría de golpear la puerta de los Posada pidiendo explicaciones.

Alejandra no se imaginaba que Bernabé asechaba su hogar en busca de un hijo inexistente. Ella siempre tan pragmática y racional, no se preguntó cómo hubiera sido el mestizo ni a quién se parecería más; había olvidado las fechas célebres de su romance de sexo y muerte para nunca conmemorar sus errores. Tal era el desprendimiento aceptado que jamás pensó en la conveniencia de localizar a Bernabé para mantenerlo al tanto de sus decisiones, sólo hasta que su padre la llamó a decirle que el negro estaba en televisión, cayó en la cuenta de que sin duda, Bernabé creía a esas alturas que había un hijo suyo creciendo en ese hogar racista.

El exmensajero pasó de ganar algo más de un millón de pesos en su equipo de segunda división a recibir mensualmente un salario de cuatro millones. Influenciado por sus amigos, lo primero que hizo con el dinero fue reunir lo de la cuota inicial de un vehículo y aprender a conducir. Se había prometido a sí mismo que cuando manejara con soltura iba a parquearse con su máquina frente a la casa de los Posada para exigir sus derechos como padre. Y así lo haría aunque con su torpeza innata el proceso de aprendizaje le llevó varios meses en los que se estrelló en cinco ocasiones, dos de las cuales, sacando su vehículo del garaje alquilado en donde lo guardaba. Además de sus dificultades motrices, era un conductor irresponsable que se movía por las calles siempre al tope de velocidad y en muchas noches de juerga, completamente alcoholizado; la fortuna que siempre lo acompañaba, impedía que causara un accidente fatal. De hecho, las veces que se estrelló su desinteligencia estaba al margen del alcohol, por lo que sus incidentes jamás degradaron en actos delictivos. Luego de la última reparación del parachoques delantero de su flamante vehículo de vidrios polarizados y rines cromados, Bernabé salió del taller hacia el norte rumbo a la casa de su antigua amada. El Bernabé que tomó por la autopista a 120 kilómetros por hora, aunque en apariencia se veía tan diferente, era en esencia idéntico al que se había ido de la casa hacía dos años y medio, sólo se diferenciaba en que ahora tenía vehículo, tatuajes y ropa extravagante, pero por lo demás, seguía siendo un hombre inseguro, discriminado e instintivo. Detrás de sus músculos, ahora más tonificados que antes, y de su pelo que ahora era naranja, se escondía el niño asustadizo que aprendió a complacer a sus amos con la devoción de un mayordomo y la fidelidad de un perrito y del que se decía, tenía alguna especie de retraso mental.

El timbre sonó con insistencia. La empleada doméstica ya a esa hora se había ido a descansar, porque jamás permitieron que de nuevo una empleada se quedara en la casa desde lo de Bernabé, así que no había nadie que abriera la puerta más que la misma Alejandra pero, perezosa, dejó alargar los segundos antes de abrir para que el visitante se fuera o se aguantara. El timbre volvió a sonar en repetidas ocasiones urgiendo una respuesta. Desde adentro se escucharon unos pasos arrastrados, el sonido de la cerradura que cedía y un “ya voy” repetido. Cuando Alejandra vio que la persona que timbraba no era su hermana, como ella lo suponía, sino que era el hombre con el que se había acostado por tres años, su sorpresa fue tal que no atinó a decir nada por largos segundos. Observó en detalle sus notables cambios y se quitó de la puerta para dejarlo seguir pero le advirtió: “si mi mamá te ve aquí, te mata”. Cuando Bernabé la vio, sintió que se le arremolinaron de nuevo en el estómago todos los sentimientos que creía superados, Alejandra lucía hermosa como siempre y radiante como si acabara de salir del baño aunque por su vestimenta, era obvio que venía de la cama. Bernabé sólo anheló levantarla por la cintura y besarla lentamente, como ella le había enseñado, pero él también se había quedado sin palabras, y ambos, mudos y nerviosos fueron a sentarse en la sala sin saber qué decir. Alejandra recordó que así eran sus noches de amor: en el mutismo absoluto aprendió a gemir sin producir voz y a rasguñar mordiendo las sábanas. Ahora el silencio de nuevo reinaba, aunque en una situación muy distinta. Sintió pena al confirmar que el negro había venido hasta su casa con sus mejores ropas, estaba limpio y olía a loción fina, mientras ella, a esas horas de la tarde, todavía estaba en pijama y en babuchas. Alejandra siempre había sido una mujer de apetito y de haber estado limpia y rasurada, hasta se hubiera animado a amar de nuevo a su negro, ahí mismo en la sala o en la cocina, pero la sorpresa de la visita no le permitió prepararse para el amor. Bernabé se sentó en el sofá y puso sus codos en las rodillas. Llevó las manos a su boca como para atenuar la agresividad de sus requerimientos y de paso disimular la tembladera, y habló: “Alejandra, yo vine hasta aquí para conocer a mi hijo. Quiero verlo y saber cómo está”.

Alejandra palideció. Se imaginó al negro resuelto a matarla cuando le confesara que ese niño no existía. Conocía a Bernabé y sabía que se volvía violento ante la más ingenua agresión, así que temió por su integridad. Quiso inventarse una buena excusa que la sacara de aprietos pero los nervios no le permitieron desarrollar su creatividad, balbuceó un par de sílabas ininteligibles y luego le ofreció a su visitante algo de beber. No esperó la respuesta de Bernabé y se fue a la cocina a tomarse un vaso de agua que le enjuagara la garganta seca. Respiró profundo y volvió sin la bebida prometida. Se sentó al lado de su antiguo amante y dijo: “ese niño no existe. Mi mamá me obligó a abortarlo” y sin esperar reacción en su acompañante se aferró a él con fuerza y soltó un llanto terrible que tenía atascado durante dos años. Bernabé la acompañó en su dolor, que también era el propio. Era la primera vez que Alejandra lo veía llorar de grande y sus gestos le parecieron tan sinceros que ya no sabía si ella misma seguía llorando por el dolor de confesar su aborto o por el dolor que le estaba causando a Bernabé la noticia. “No fue mi culpa, yo no quería” era todo lo que decía Alejandra mientras el llanto la ahogaba, Bernabé seguía llorando desconsolado como la vez que se cagó en ese mismo sofá, hacía más de trece años. Cuando llegó Juliana no tuvo que timbrar porque la puerta permanecía entreabierta. Al ingresar a su casa se encontró con un negro gigante acuclillado frente a Alejandra, con el rostro hundido en el pecho humedecido de su hermana y un brazo monumental tomándola por la cintura. Bernabé tuvo que salir corriendo ante el ataque de pánico que experimentó Juliana, que no podía dejar de gritar histérica.

Fueron días tristes los que tuvo que vivir Bernabé después de esa corta cita en la que se enteró de la pérdida de un hijo que ya se había imaginado hasta en los detalles más triviales de su ser. A nadie quiso compartirle su duelo, ni siquiera a su madre que ya sospechaba todo, prefirió en cambio refugiarse en la juerga, que también tenía un buen número de adeptos en su nuevo club.

Aquí puede leer la sexta entrega de No eres nadie Bernabé.

Muchas gracias por su lectura y sus comentarios.

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