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“Me trae la fuerza del amor, yo voy a hablar de amor, porque nací de amor, y hoy vine a ver este rincón, pedazo de mi vida alegre, en donde está mi corazón, guardado en una flor perenne”; así reza una de las canciones escritas por el maestro Iván Ovalle e interpretada magistralmente por la voz tenor del vallenato, Iván Villazón. La traigo a colación porque me gusta mucho esa letra, porque yo también nací del amor de mis padres, y para darle contexto al título de este artículo.
Como lo dije anteriormente nací del amor, pero también del humor; creo que estaba destinado a eso porque cuando mi mamá narraba mi llegada al mundo siempre contaba dos anécdotas que hacían reír a familiares y extraños en reuniones. La primera, que yo me pasé de cocción pues ella dio a luz varios días después de lo planeado, por lo que “me quemé en el horno” quedando negro y moreteado los primeros días. Y de ahí parte la segunda anécdota jocosa; no era un bebé bonito, agradable, de esos de propagandas de pañales ojiazules y perfectos. Aparte de negro, era grande y peludo, llegue al planeta tierra con look de Elvis Presley y necesitando urgente la primera peluqueada. Tanta fue la decepción momentánea de mi mamá al verme tan feíto que pensó que me habían cambiado, al punto que alcanzó a insinuarle a la enfermera del hospital que si no sería que estaban cometiendo un error y se había generado un cambiazo. Afortunadamente la profesional de la salud le pegó su vaciada diciéndole que no fuera desagradecida que yo venía completico y no me hacía falta nada; también después mi papá llegó, me alzó en sus brazos rompiendo en llanto expresando que era la misma jeta del abuelo, despejando así cualquier duda al respecto sobre no pertenecer a esa familia.
Siempre fui “el lambón” de la familia, el que no le daba pena nada, el que hacía reír a sus compañeros de clase y declamada o cantaba así no lo supiera hacer en las izadas de bandera del colegio. También fui Papá Noel en varias empresas en las que trabajé y me considero un gran contador de anécdotas, empezando con esa del nacimiento que no me favorece. Pero en los momentos críticos y dolorosos de la vida también he sido el que arranca una sonrisa; en medio de la enfermedad que se llevó a mi madre a los 56 años, era yo el único capaz de arrebatarle una risa a ella en medio de balas de oxígeno y cánulas. Nunca me vio devastado, siempre me encontraba positivo así por dentro supiera cual iba a ser el fatal desenlace; pero sentí que era mi misión, la de alegrarle sus últimos días de vida, porque ella me conoció así, dicharachero y payaso al hablar en navidades, cumpleaños, paseos y reuniones familiares. Y el día que no lo estaba, se preocupaba y le decía a mis hermanos que algo me pasaba; fui en su lecho de muerte una especie de Patch Adams (espero que conozcan la historia y hayan visto la película).

Pues esa es la misma actitud que estoy tomando en esta pandemia, en la vida real, pero también en redes sociales. Después de 5 meses de cuarentena y casi año y medio de convivir con el Covid, hay muchos que mentalmente se presentan débiles ante esta situación para la que nadie estaba preparado; personas con infinidad de problemas económicos, iguales o peores que los míos, o que simplemente el encierro ya les está haciendo mella en su diario vivir. Compatriotas que han perdido seres queridos por temas de salud, o paros y protestas.
No soy de los que me derrumbo fácilmente, no soy de los que participan en cadenas de pesimismo ni está de acuerdo con ver todo lo malo ante lo que está pasando. Lo mío es tratar de arrancar una sonrisa a mis familiares, a mis escasos amigos, pero sobre todo a los que me leen en Twitter. Al que esté a punto de caer y que sea cercano a mí, le envío un mensaje de esperanza para que siga luchando ante la adversidad que se nos atravesó sin pedirnos permiso.
Así como unos se pegan a la oración y la fe, yo, que también soy creyente, me aferro a “la fuerza del humor” para salir adelante. No soy humorista ni me dedico a eso para ganarme la vida, pero me parece importante poder hacer sonreír al que esté deprimido o de mal genio. Es la salud mental la que está en juego, y considero que yo puedo ayudar en eso, así mi humor a veces se torne un poco “Ramonesco” o amargado, los que me conocen saben que pueden contar conmigo.

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Bogotano, santafereño y defensor de la changua. Cuento lo que veo a diario en mi ciudad.

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