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Mientras muchos amigos y familiares nos miran con envidia por la oportunidad de ponerse la vacuna contra el covid, aquí, en Estados Unidos, aún hay mucha gente que no la quiere. A diario veo discusiones en las redes sociales porque, según ellos, así como protestan absurdamente por no querer usar el tapabocas, estas medidas van en contra de su libertad. No valen razones científicas, ni estadísticas de epidemiología, ni recomendaciones médicas. Ellos prefieren creer en informaciones falsas y teorías conspirativas jaladas de los pelos.

La última la leí a raíz de que anunciaron que varias universidades pedirán como requisito que sus alumnos deben estar vacunados para poder asistir a sus clases el próximo semestre. Para uno como papá es una medida lógica y nos ofrece alivio y tranquilidad el saber que los jóvenes van a poder volver a actividades más normales para estudiantes universitarios de su edad. Además que limita el contagio en pueblos, ciudades y comunidades estudiantiles. Para ellos, para quienes aún se oponen a la vacuna, es en cambio un modo de dividirnos y segregarnos entre los vacunados y los que no. La consideran una medida autoritaria. Insisten que debería ser electiva. Olvidan que, en este caso, para que exista verdadera protección, se necesita que la mayoría esté vacunado. Se trata de salvar el mundo. ¿Si las universidades requieren la de meningitis, por qué no la del covid? Me parece bien que las instituciones de educación superior en este caso lideren un comportamiento que será quizá norma en otros muchos casos.

¿No querían que nos quedáramos sólo nosotros encerrados con las medidas de confinamiento,  los que según ellos temíamos al virus, mientras ellos se paseaban por las calles temerariamente sin tapabocas? Pues ahora que pierdan privilegios como el de viajar e ir a ciertas universidades por no querer vacunarse. Que se queden guardados. Está bien. Es su elección, como ellos mismos opinan. Parece que no entendieran que para vivir en comunidad hay que seguir ciertas normas. Es como decidir no hacerle caso a los semáforos o a la medida de usar el cinturón de seguridad porque es una libre elección. A mí, sinceramente, me cuesta mucho trabajo entender esta lógica de oposición o tener algo de empatía con el tema.

Entiendo que existen diferencias entre los que están dudosos de ponerse la vacuna porque no tienen suficiente información o acceso y los que definitivamente se oponen por convicción. Para los primeros se necesita quizá mayor información y, en ese sentido, dicen las estadísticas que el porcentaje de dudosos ha mejorado de diciembre a ahora. Al final del año pasado 63 % de la gente dijo querer esperar, como dicen por ahí, a ver qué pasaba, quizás esperando a ver si los que no la pusimos tan pronto pudimos nos iba salir cola de animal o algo así.  En marzo ese porcentaje es mucho más bajo: 37 %; lo que quiere decir que quizá la información ha contribuido a convencer a algunos incrédulos.

Lo que sí es preocupante es que de acuerdo con los datos de la firma kff.org, quienes realizan investigaciones y encuestas, los dos grupos que se oponen radicalmente a la vacuna aquí en EE. UU. son 29 % blancos republicanos y 2 8% evangélicos cristianos. 3 de cada 10 personas es un número considerable. Increíble que personas con una mediana educación repitan teorías absurdas que van desde que se hizo muy rápido, a que nos quieren poner un chip, pasando porque no quieren ponerse algo que contiene células de fetos abortados  (todos argumentos refutables por la ciencia). Es que además con sus decisiones y terquedad nos afecten a los demás. Lo complicado es que sí se necesita que el 70 % de la población se vacune para lograr la inmunidad y esta gente sigue difundiendo sus teorías sin base lógica, ni científica, nos va a costar trabajo salir de esta crisis.

Pero si es que todavía aseguran que el virus es mentira, que no mata sino al 1 % y que somos unos miedosos, ¿qué podemos esperar?  No entiendo cómo pueden seguir sosteniendo estas teorías. Nada más en este año, en promedio, mueren todavía en EE. UU. 3,000 personas al día. Y no porque la vacuna no sirva, sino porque estamos en una carrera contra el tiempo entre la vacunación y los que aún caen enfermos sin estar vacunados.

Que es como la influenza, dicen, pues no creo. En la década que la influenza mató a más gente en EE. UU. fueron 61 mil los muertos, mientras el covid ya se ha llevado 8 veces más personas que eso. Pero igual los números y las estadísticas no tiene valor para ellos. Afirmaba hace poco la escritora Rosa Montero en su columna que el encierro ha afectado tanto a estas personas que están alucinando o sufriendo de trastornos psicóticos… Pero al menos en este país no es el caso, porque aquí no han estado nada encerrados, por lo menos no en Texas, en donde vivo.

En general soy de las que prefiere tomar decisiones informadas. Buscar fuentes creíbles y serias y en este caso opté por vacunarme porque las investigaciones no solo llevan años, sino que confirman que la vacuna nos protege contra este virus que nos tiene en jaque.

No hay que olvidar que gracias a las vacunas se han eliminado enfermedades como el polio o las paperas. Así que benditas sean las vacunas y los adelantos científicos. En casi todos los estados de EE. UU. ya se ha logrado vacunar con la primera dosis al 3 0% de la gente. Hay esperanza. No nos podemos quedar en la época del oscurantismo.

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Periodista por vocación, profesión, herencia y designio, quien se tuvo que reinventar cuando se casó y se fue de Colombia, primero a México y después a Estados Unidos. En Colombia dirigió programas de Tv como ‘Pilísimo’, ‘Debates Caracol’ y ‘Personajes’. Hoy en día, vive en El Paso, Texas con su esposo y sus dos hijas. Es propietaria de una franquicia muy exitosa que ofrece clases de arte para niños, que la mantiene ocupada y feliz. Proviene de una familia de periodistas, la mayoría mujeres de esas que se adelantaron a su tiempo. Creativas y de carácter fuerte. Es alérgica al ajo y a los lagartos.

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