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“ Díganle, sonrió el Coronel, que uno no se

 muere cuando debe, sino cuando puede”

 Gabriel García Márquez

Dejar de respirar. Dejar de padecer. Dejar de palpitar. Dejar de disfrutar. Todo es lo mismo y a todos nos toca morir porque la longevidad no es más que un descuido de la muerte. Todo es lo mismo, así el hinduista crea que es tan sólo un curso lento en la evolución , así el budista crea en el renacimiento y en la salvación de acuerdo con el comportamiento terrenal, así el católico hable del cielo, del purgatorio o del infierno, así el protestante nos hable de alcanzar la vida eterna. Todo es lo mismo y a todos nos toca ser protagonistas.

Y es que en un país, donde tal vez lo único que nos llega con puntualidad es la muerte, donde la recesión es hambre de cada día, donde los salarios son de caucho, los únicos que pueden descansar en paz son los muertos, porque si bien morirse no es un privilegio, enterrar al difunto en condiciones dignas, si que lo es. Los que quedan aquí en la tierra, además del dolor, el sufrimiento y el vacío, los acompaña una estela casi interminable de cosas por pagar, producto muchas veces del afán de lucro de los dueños del negocio funerario y en otras del afán de aparentar ante amigos, conocidos y colados, porque lo que es claro es que la vida no vale nada. Lo que vale son los sepelios.

La muerte, como el agua y los arriendos, también sabe de estratos. Hay tarifas para todos los bolsillos, o mejor, para todas las capacidades de endeudamiento. Desde el entierro estrato seis, hasta el de aquel que literalmente no tiene dónde caerse muerto, porque en la muerte como en la vida todo se paga. Se paga por la sala de velación, se paga por el tinto y la aromática que se toma en la sala de velación, se paga por el cajón, se paga por la misa, se paga por el campo cementerio, se paga por el aviso en el periódico, se paga por algunos requisitos legales, se paga por los rituales anteriores y posteriores, se paga por el carro fúnebre, se paga por la cinta para el carro fúnebre, se paga por las flores, se paga por todas las arandelas que se le quiera poner a los sepelios, se paga…

En Bogotá, por ejemplo, el servicio de velación en una de las funerarias más tradicionales de la ciudad puede variar entre  tres millones ochocientos cincuenta mil pesos ($3.850.00), que cuesta el denominado “Plan económico”, hasta los  seis millones trescientos cuarenta y un mil ($ 6. 341.000) que cuesta el más caro. Se incluye el arreglo del muerto, la caja fúnebre, trámites legales,el servicio de velación (hasta las 9 y 30 de la noche, porque las trasnochadas de lágrima y de tinto son cosa del pasado.Ahora los muertos amanecen solos), la carroza, coordinador de protocolo, una corona de flores, una cinta y si se quiere, por un valor adicional – obviamente – suministran el transporte para familiares y amigos hacía el cementerio. Si se requieren avisos en la prensa estos van desde los  seiscientos veintinueve mil  pesos ($ 629.000)  dependiendo del tamaño y la ubicación. Hasta acá no hemos hablado del lote cementerio, cuyo precio puede oscilar entre los 10 y los 14 millones, aunque si lo prefiere, puede comprarlo en el portal de subastas, Mercado Libre, por 8.

Igualmente, puede optar por la cremación, que en el cementerio de Chapinero tiene un costo de trescientos cincuenta mil pesos ($350.000), mientras que en los cementerios del norte puede costar entre un millón setecientos mil y un millón ochocientos cincuenta. Como negocio que se respete, cuenta con página web con carritos de compra, planes de financiamiento, asesores de venta que se encargan de hacerles ver a los deudos las bondades del servicio, la “comodidad” de los ataúdes, tal vez amparados aún en la creencia de nuestros antepasados que lo que se inicia allí es un largo viaje, y la seguridad de que “ al muerto se le da el tratamiento que se merece”.

En otra funeraria, tan tradicional como esta, pero no tan costosa,el precio sin embargo no baja del millón y medio y aunque el dolor es el mismo, lo único que cambia es la comodidad de las instalaciones, el lujo de los ataúdes y el modelo de la carroza fúnebre. Más al sur, cerca al Instituto de Medicina Legal, hay una verdadera proliferación de funerarias y por cuestiones, tal vez de mercado y competencia, los precios bajan ostensiblemente, hasta llegar a los $950.000 en promedio.

No en vano y según datos de Fenalco, el negocio funerario contribuye con el 0.12% del Producto Interno Bruto colombiano gracias a toda la parafernalia que rodea la muerte: tumbas, parque cementerios, hornos crematorios, cajas para la cremación, cofres para cenizas, misas, petición de indulgencias, lápidas, coros gregorianos, mariachis, plañideras, gastos, gastos, que dejan a los deudos de “ muerte”. Eso sin contar el hecho de que muchos sepelios se convierten en reuniones etílicas donde se reencuentran viejos conocidos de colegio o donde familiares y amigos comentan discretamente la situación del país, la lesión de Falcao o donde las tías chismosas critican despiadadamente el vestido de una de las asistentes o donde, por último, el lagarto de turno, que apenas si conocía al difunto se cree con mayor derecho que los hijos a cargar el ataúd.

Sin embargo, la vida sigue y la muerte también. El único alivio del alma es entender y aceptar la muerte como algo irremediable.Para lo otro, tal vez no haya remedio diferente a pasar de deudos a deudores… y los muertos duran, lo que dura la memoria.

@malievan

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Reflexiones de a pie de un ciudadano en bus. Notas cotidianas con humor y sobretodo con dolor. Periodista, escritor de libros y novelas, Creador de Atardescentes .

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