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Veré por primera vez El Clásico en el estadio con la sensación de que quizá en un futuro no lo querré ver ni en TV.

Puyol, Raul, AFP, Real Madrid, Barcelona, Clasico

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Me cuesta no ser hijo de mi época cuando hablo sobre fútbol. Me enamoré de este deporte con las gambetas de Ronaldinho, aprendí de táctica con Guardiola, madrugué para ver a Drogba en la Premier League, seguí por toda Italia a Pirlo, grité los goles de Martín Palermo, sufrí a Cristiano Ronaldo y disfrute de Lionel Messi. También, desde que hicimos un plan con mi padre para ver un Barcelona vs Real Madrid por TV, he recopilado en mi cabeza toda la información que he podido sobre el que consideré por mucho tiempo el mejor espectáculo que este deporte me podía ofrecer. Este domingo, por primera vez en mi vida, veré El Clásico desde el estadio. La pasión del niño que aún recita de memoria los goleadores del 2-6 choca con el fatalismo de un adulto que conoce el aburrido y decaído contexto actual que rodea el partido.

La sonrisa entusiasta me acompañará de camino al Camp Nou porque la cultura del fútbol es mágica y es difícil no sentir su mística cuando te acercas al estadio y las calles, poco a poco, cogen el color del equipo local. Eso y porque ver a Sergio Busquets en directo siempre es un lujo. Además, independientemente del resultado, he soñado con este momento por años. Incluso, la posibilidad de ver a rivales que admiro como Modrić, Benzema, Casemiro (así sea para chiflarles) me tiene entusiasmado. El deporte tiene la capacidad de maquillar un entorno amargo, por más cercano que sea, a punta de sentimientos. De ahí su encanto. Pero también su conexión con empresarios codiciosos, políticos populistas y delincuentes de todos los estratos, que lo usan como herramienta para distraer mientras hacen sus porquerías.

Y, aunque intentaré no pensar en ello durante las dos horas que esté sentado en el tercer piso del Gol Nord, hoy me cuesta vivir la previa de El Clásico sin sumarle varios lunares. El primero, y quizá el menos grave, es que este ya no es el mejor partido que el fútbol me puede ofrecer. Es indudable que el Barcelona y el Real Madrid pasan hoy por una crisis de identidad deportiva. Los locales solo muestran pedazos de su otrora fórmula exitosa, basada en un fútbol táctico, colectivo y ofensivo con mucha formación juvenil. Los visitantes, dependientes siempre de la inspiración de sus jugadores, no cuentan hoy con una plantilla suficientemente poderosa para ganar a punta de actitud y garra. Hace poco más de cinco años, El Clásico era la mejor demostración de dos estilos muy bien implementados de dirección deportiva. La cantera vs la billetera, el medio vs el fin. El domingo, veré una versión muy reducida y desfigurada de esas batallas.

El segundo lunar es extradeportivo y aún más doloroso. No seré yo quien dibuje a Florentino Pérez y a Joan Laporta como figuras honradas e interesadas por el deporte, y cada día usan menos máscaras para tapar que vinieron al fútbol con el objetivo de perpetuarse en el mundo empresarial. El proyecto de Pérez, apoyado por Laporta, para crear una Superliga que amplíe la desigualdad en el deporte a niveles estratosféricos no tiene pies ni cabeza. No sé si la decaída situación deportiva de sus equipos es consecuencia de este enfoque aún más codicioso que los anteriores por parte de sus directivas, o una causa para ello. En todo caso, si antes el buen fútbol tapaba bien la mancha, hoy no es complicado verla.

Pero la mayor desazón es que yo, como casi todos los aficionados que iremos a cantar “un dia de partit” el domingo, nos enamoramos del fútbol y de nuestro equipo por un tema cultural y no empresarial. Por eso, duele que hoy sea tan complicado encontrar a alguien en el entorno del deporte que use a la industria como medio para mejorar su cultura y no al fútbol como una herramienta para acumular dinero y crear desigualdad. Es difícil disfrutar de este espectáculo cuando sus entes rectores (FIFA, UEFA, Conmebol) y sus empresas (los equipos) solo están interesados en explotar a los deportistas más allá de sus capacidades, mientras se aprovechan del sentimentalismo del aficionado. Si lo de la Superliga es una locura, lo del Mundial cada dos años también.

Iré al Camp Nou este fin de semana porque quiero cumplir un sueño, pero también porque cada día que pasa me gusta menos lo que veo en el entorno del fútbol y si no voy ahora, quizá luego ya no quiera. Antes pensaba que El Clásico era el mejor partido que podía ver un aficionado. Pienso diferente ahora, pero mi niño interior no puede evitar el entusiasmo. Del otro lado de mi mente, el adulto le dice que ya no está Messi, ni Guardiola, que Drogba ya no juega en la Premier y que Pirlo no es muy querido hoy entre los aficionados de la Juventus.

Puede que el fútbol ya fuera desde hace años una herramienta a favor del capitalismo y yo hasta hace poco lo entiendo así. Dicho eso, los proyectos que veo venir después de Qatar 2022 (que ya es una locura como Mundial) son atroces. Veré El Clásico este domingo en el estadio porque pronto no querré verlo ni en TV.

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PERFIL
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Abogado con Opción en Periodismo de la Universidad de los Andes. Cursa el Máster de Derecho de las Telecomunicaciones, Redes Sociales y Propiedad Intelectual de la ESADE de Barcelona. Fue colaborador de la revista deportiva Hablaelbalón, con la que cubrió el Mundial de Fútbol 2018. Fue editor de de BalónLatino. Amante del deporte, la música, la lectura y los videojuegos.

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6 Comentarios
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  1. Todo éste drama solo tiene una razón: que su barsa viene de capa caída desde hace un tiempo y que se les fue Messi. Ahora se viene a dar cuenta que el futbol es un negocio y nos dice que lo único puro que ha existido ha sido su equipo hasta que le empezó a ir mal. Su ‘enemigo’ el Real Madrid, solo ha ganado gracias a la billetera y por actitud y garra, nunca por futbol (de verdad?). Su obsesión no le permite disfrutar de la Premier League y sus grandes jugadores, que dizque porque no está Drogba. No entiendo como alguien así pueda escribir un blog de futbol…

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