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Después de año y medio de estar retirado como taxista me he dado a la tarea de escribir y recopilar esas historias que de algún modo lo marcan a uno en este oficio. Muchas son las experiencias para contar, como por ejemplo la que les traigo a colación el día de hoy; una charla amena con una trabajadora sexual a la que le hice una carrera a la zona de tolerancia ubicada en el barrio Santa Fe.
Taxi3
MUJER DE LA VIDA TRISTE

Dicen que el trabajo más antiguo es el de la prostitución, desde los tiempos de Cristo existen mujeres que venden su cuerpo como forma de obtener recursos y responder por un hogar. A mi taxi se subió una trabajadora sexual en una fría noche bogotana para que la llevara a su sitio de trabajo. Era imposible no aprovechar esa carrera para saber cómo es el diario vivir de una persona que se dedica a esto.
El contacto se hizo en un barrio popular del norte de la ciudad, tengo que confesar que su belleza me llamó la atención cuando detuve el carro y abrí la puerta para que ingresara al vehículo. Abrigo largo, maquillaje fuerte, ojos café intensos, labios carnosos, estatura alta y curvas voluptuosas que le quitarían el aliento a cualquier hombre. Mientras me indicaba el destino masticaba chicle de manera sexy y provocadora. Al principio fue difícil romper el hielo porque no quería que pensara que le estaba coqueteando, debe ser muy cansón para ellas que siempre las vean como chicas fáciles o disponibles.

De pronto me abordó con desparpajo y me dijo:

-Sí soy lo que usted está pensando, soy una prostituta ¿le gusto?

Sentí que me sonrojé, ya era demasiado incómodo el comentario pero le respondí diciendo:

-Su belleza llama la atención independientemente del trabajo al que se dedique.

-Es lo más caballeroso que me han dicho desde hace mucho tiempo, pero eso no le quita la mirada de deseo que se le nota a leguas.

– ¿Por qué insiste en que la trate como la tratan todos? Yo tengo hermana, esposa, mamá y usted merece respeto como todas ellas por el hecho de ser mujer. ¿Usted también es madre?

-Tengo 32 años, dedicada a esto desde los veinte y con un hijo de padre desconocido de 4 años.

En ese momento sentí que bajó la guardia y que declinaba su intención de ser la que llevaba la manija de la conversación, de pronto por el ambiente hostil en el que se desenvolvía mantenía siempre con esa actitud de «guardia en alto» como instinto de supervivencia. Luego reposté con una pregunta que me hacía desde hace tiempo con ese tipo de personas:

-¿Lo suyo es sólo necesidad o hay por ahí algún tipo de gusto o comodidad por lo que hace?

-Al principio fue necesidad pero debo confesar que a estas alturas de la vida este trabajo me permite llevar una vida más o menos holgada en donde no paso necesidades ni tengo que meterme en un antro de barrio a pagar arriendo. Mi hijo está en un buen colegio, estoy pagando mi apartamento y tengo carro pero no lo llevo porque casi siempre en esta actividad hay que tomar trago y hacerle consumir al cliente.

– ¿Su hijo sabe a qué dedica?

-Uy mijito ¿usted es periodista o taxista? Deje tanta preguntadera, más bien déjeme bajar la ventana y prender un cigarrillo.

Buscó al interior de su brillante bolso, se demoró algo más de cinco minutos y de pronto como molesta me dijo:

-Se me acabaron los chicotes ¿será que podemos parar en alguna tienda para comprar un paquete?

– Yo aquí tengo unos míos pero no sé si la marca que yo fumo le guste.

-Eso hágale mijo, que igual todos hacen daño.

En ese momento me sentí como el taxista de la canción de Arjona porque le pasé el cigarrillo y presuroso le ofrecí candela con mi encendedor, pero mis cigarrillos no eran de esos que te dan risa, ya que como decía ella, sí jodían el pulmón. Prendí también uno para mí mientras trataba de esquivar carros en medio de la autopista norte en donde rara vez el tráfico fluye. Tenía que atravesar la ciudad hasta llegar al centro, para después entrar a la lúgubre zona de tolerancia en donde funcionan la mayoría de estos establecimientos. No es un sector agradable sobre todo si se va de noche. En sus calles conviven prostitución, expendio de drogas y delincuencia; ya había decidido en ese momento que dejaría a mi pasajera pero no recogería a nadie más hasta tanto no saliera del barrio.

De pronto y ya terminando de fumar me preguntó:

-¿Y usted ha estado alguna vez con una prostituta? ¡Tiene cara de ser tremendo! ¿No tiene otras pasajeras colegas mías?

– Y luego dice que el de la preguntadera soy yo, pero le voy a contestar para que usted se anime a responderme otras cositas. Cuando uno es joven se deja presionar por los amigos; como a los 17 estuve en un sitio de esos y digamos que «compré el servicio sexual» pero me decepcioné. Ustedes son demasiado mecanizadas, obvio no le pueden meter sentimiento al tema, pero en mi caso fue desilusionante, tal vez por mi edad e inexperiencia. Yo digo ahora que tiene uno que estar muy jodido para tener que pagar por sexo, es mejor que exista algo de sentimiento y de pronto por eso no volví jamás.

-Tan lindo que habla el güevón este, hasta no parece taxista.

Con una fuerte carcajada acompañó su respuesta y de inmediato la abordé de nuevo.

-Bueno no se burle, igual conozco casos de hombres que se les vuelve un vicio, eventualmente me salen clientes que vienen por estos lares, afortunadamente para ustedes. Pero venga, respóndame lo que le pregunté anteriormente ¿o le incomoda mucho? No tiene que responder si no quiere.

En ese momento su cara cambió y como angustiada me dijo:

-El momento de contarle a mi hijo no ha llegado, está muy pequeño y tal vez cuando crezca ya me haya retirado de esta vaina para poner un negocito independiente y poder pagarle la universidad. Pero sí pienso decirle, sólo espero que no me juzgue ni me vaya a abandonar porque sería muy duro para mí.

Sus ojos se le encharcaron y me sentí culpable por lo que decidí cambiarle de tema abruptamente.

– ¿Y el corazón cómo anda? Usted podría levantarse al hombre que quiera.

-Yo no le meto corazón a esto porque nadie me va a aceptar así ¿usted lo haría? Sí me ha gustado uno que otro hombre pero no les hablo de mis sentimientos para que no me manden a comer mierda. Ante todo la dignidad.

Por fin estábamos llegando a su trabajo y en los últimos minutos de recorrido guardó un profundo silencio mientras su mirada perdida veía como se asomaban unas gotas de lluvia que repicaban en la ventana.

– Llegamos señorita, son veintidos mil pesos con lo del recargo nocturno.

-Jueputa, no quería ni llegar, por estos días anda como malo el trabajo pero si uno deja de venir lo reemplazan rapidito. A estos desgraciados lo que más les importa es que se les venda el trago caro.

-¿Y le reconocen lo del taxi por lo menos?

-Jajajajajajajajaja ojalá, lo del taxi lo cuadro con lo del primer polvo, así que me acordaré de usted.

-Jajajajaja, no pues qué honor, en todo caso fue un placer «no sexual» poder traerla a su trabajo; siempre quise charlar con alguien como usted en un escenario diferente al que normalmente se debería.

-Gracias papito, usted me hizo ameno el trayecto y hasta me puso a pensar en mi retiro. Se ganó un pico en la mejilla y tranquilo que no se lo voy a cobrar. No se preocupe, que estoy recién bañadita y siéntase halagado porque yo no le doy besos a los clientes.
taxi1
Me besó el cachete, se bajó y se perdió entrando por una puerta adornada por luces de neón mientras saludaba al portero del lugar. Me quedé mirando un rato el sitio y entre tanto todo tipo de clientes empezaban a llegar; aunque suene irónico deseé que esa noche a ella le fuera mejor, que a pesar de lo duro de su trabajo tuviera muchos clientes.

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Bogotano, santafereño y defensor de la changua. Cuento lo que veo a diario en mi ciudad.

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