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Estaba a punto de entrar en una depresión y no lo había notado. Como llevo tantos años manejando mi trastorno bipolar, he aprendido a detectar a tiempo los cambios en mis estados de ánimo, pero esta vez no entendí que eso que yo estaba sintiendo eran síntomas de depresión.

Estaba agotada emocional, mental y físicamente; también irritable y sintiendo que no había logrado nada en mi vida, que solo había tomado decisiones equivocadas que hoy me tenían sumida en un mar de problemas económicos.

Sentía que ya no podía más, que había llegado al límite y que, si no aparecía un milagro o un regalo de la vida, no iba a poder salir del hueco en el que estaba.

Durante una semana había pensado y sentido que la situación complicada por la que estoy atravesando no tenía salida y que estaba condenada a tener una vida problemática. También pensaba que había desperdiciado oportunidades y que después de todo mi vida no había sido feliz.

Todas estas emociones pueden ser síntomas de depresión cuando se experimentan por varios días seguidos, sobre todo esa falta de esperanza; sin embargo, en esta ocasión y a pesar de mi experiencia con la enfermedad mental, estaba convencida de que correspondían con mi realidad.

Por esos días tuve cita con la siquiatra y en la conversación con ella entendí lo que me estaba pasando. Además, me hizo ver que yo estaba sobrellevando esta pandemia sin actividad física. Me mandó a salir a caminar media hora todos los días como mínimo, durante una semana, antes de decidir si subíamos la dosis de los antidepresivos.

Por fortuna, cuando se cumplieron los ocho días desde que retomé mi actividad física, ya estaba al otro lado y mis síntomas de depresión se habían ido. Sigo un poco vulnerable y no aguanto mucho estrés, pero ya veo la vida con optimismo, veo futuro y tengo esperanza. Puedo ver mis decisiones en una balanza y ya no creo que todas han sido equivocadas.

Me alegra saber que otra vez he logrado superar una oscilación de mis estados de ánimo y que entre la medicación, la atención siquiátrica y los buenos hábitos pude recuperar mi estabilidad. Y una vez más pienso que las ideas y los sentimientos depresivos son abominables, esa sensación de fracaso y de desesperanza, sumada a angustia y ansiedad es una mezcla que hace mucho daño y que no nos deja vivir. Por fortuna pude trabajar, pero ahora que estoy mejor entiendo que estaba haciendo un gran esfuerzo por pensar, que mi mente no funcionaba como siempre.

Por fortuna ya se acabaron esos pensamientos y emociones. Es grato saber que algo como caminar, que está al alcance de todos y es gratis, puede ser un gran remedio en momentos difíciles para la salud mental como esta pandemia.

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PERFIL
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Después de escribir por más de 20 años en revistas, periódicos y páginas web sobre lo que opinaban, decían y hacían los demás, decidí dar mis propias opiniones. Ahora trabajo como periodista independiente y como profesora universitaria. Escribí el libro "Mi bipolaridad y sus maremotos" como una forma de luchar contra el estigma hacia la enfermedad mental.

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  1. Soy caminante o senderista (76 años) y a raiz del confinamiento o encerramiento total me agarró la ANSIEDAD y no podía dormir y sentìa grillos en los oídos (acúfenos o tinnitus) todo el día y me tenían al borde de la locura.
    Sufrī síndrome se abstención al no poder generar los neurotransmisores SEROTONINA,
    ENDORFINA Y DOPAMINA, producidos por las caminatas.
    Tuve que ir al psiquiatra que me formulø sedoxil y sertralina.
    Los tomé(3 meses) hasta que la “Rebelión de las canas” nos permitió volver con mi esposa (72) a la caminata diaria (2h, 8 km) y pude dejar las drogas.

    La felicito por su artículo y quiero destacar la actitud excepcional de su psiquiatra al recomendarle caminar y no cambiarle los medicamentos o subirle la dosis como hacen la mayorīa de estos profesionales(victormanuelacevedoarrobagmailpuntocom).

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