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Al principio teníamos una rutina y códigos. La rutina nos garantizaba que una o dos veces a la semana nos encontrábamos para coger. Yo esperaba ansioso ese momento. Nos encontrábamos siempre a unos kilómetros de su universidad. Me estacionaba siempre en la misma calle. Él subía al auto y nos íbamos a la misma casa en Pocitos siempre. La casa frente al mar. Y los códigos nos mantenían en el anonimato, nos permitían tener nuestra rutina con una fachada heterosexual. ¿Era esto necesario? Tal vez no, pero en ese momento creíamos que era indispensable.

Benjamín es un tipo apuesto, siempre lo ha sido. Las universitarias lo seducían, le hacían saber que no tendrían problema con tener una aventurilla con él. Sin embargo, siempre ha sido también un tanto caprichoso con su apariencia física, siempre le ha prestado atención a su imagen, a su cabello, a su piel. Sabe que es apuesto y se asegura de no dejar de serlo. Esto hizo que sus amigas comenzaran a sospechar de su heterosexualidad.

Yo, un escritor frustrado, mal humorado y gordito no me quedaba atrás. Por alguna razón esta combinación de defectos lograba un coctel que me favorecía a la hora de salir con mujeres. Soy un tipo inteligente, debo reconocérmelo. Aunque por momentos puntilludo en mis conversaciones logro promover charlas interesantes, turbulentas, divertidas. Y por mi segunda pasión, la política, he estado en medio del poder. Una rubia despampanante, miembro de una familia poderosa y adinerada del Uruguay era mi fachada. Mi novia. No podía resistirse a ser la novia de un fracasado como yo.

Un fin de semana largo decidimos que sería buena idea escaparnos y escondernos en una cabaña a las afueras de Montevideo. Comimos y cogimos tanto que cada vez que lo recuerdo una sonrisa cómplice se marca en mi rostro. El tiempo se nos iba rapidísimo. Cuando nos dimos cuenta, era lunes, debíamos regresar a la realidad, a la ciudad. Justo esa mañana Benjamín me dijo algo que no lo venía venir.

Su mejor amiga lo llamó insistentemente. La mamá de Benjamín la había llamado y le había preguntado por él, por su fin de semana con amigos en Buenos Aires. Camila entendió que era la cuartada y no lo sabía, pero supo cómo mantener a Martha alejada lo más posible de nuestra cabaña. Pero la situación se estaba volviendo insostenible. Vernos significaba crear una mentira. Trabajos de la universidad, cumpleaños de amigos que nadie conoce y entrenamientos de futbol que no existían. Las mentiras se estaban agotando y el aguante de Benjamín también.

Estábamos en la cama, desnudos. Se sentó sobre mi abdomen y lloró. Su cuerpo se desplomó contra mi pecho y lloramos juntos. No podía más. No podía seguir mintiéndole a su mamá, a sus amigos, a sus compañeros de futbol, no podía seguir teniendo dos vidas. La del joven heterosexual, y la del joven gay. No eran la misma persona definitivamente. No sabía qué hacer y yo tampoco. Esta situación no estaba en los planes de ninguno. Era sencillo, coger cada tanto y ya está.

Acordamos terminar con lo poco o mucho que teníamos ese mismo día, en ese momento. No nos volveríamos a ver. No regresaríamos a la casa en Pacitos ni lo volvería a recoger a unos kilómetros de su universidad. Era el fin de una relación corta pero supremamente satisfactoria. Me sentía bien a su lado, me gustaba el juego que estábamos teniendo. Disfrutaba cada segundo a su lado. El sentido del humor de Benjamín es fino, es inteligente. Le dije que uno debe tener prioridades en la vida y que la familia es está por supuesto en los primeros lugares.

Regresamos a Montevideo, lo dejé en la parada del colectivo. Me fui.

Recordé que ya no debía escribirle. Quería saber si había llegado bien. Acordamos no hablar por un par de meses, alejarnos, no vernos más. La cabeza me daba vueltas y creí que unos tragos me ayudarían a dormir. No dormí, más bien me enloquecí. No podía dejar de pensar en todo. Me vi al espejo y me vi destruido. Estaba llorando. ¿Qué mierda me estaba pasando? ¿Por qué me duele tanto? ¿Por qué estoy así? Me enamoré de Benjamín.

Twitter: @GioAcevedo_

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