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 Dos excelentes libros para acompañarnos a lo largo del año, y de la vida, el preludio intelectual al Carnaval de Barranquilla, poco después el Hay Festival, y por último una reflexión sobre la vanidad de los escritores colombianos escrito por el gran José Eustasio Rivera, cuyos 80 años de muerto recuerdan los de la revista “Con-fabulación”.  

Traducida como “La carretera” (Mondadori, 2007), llegó a nuestras librerías una de las novelas más hermosas de los últimos años, ignoro si soñada o dictada por las musas malvadas que visitaron a CORMAC McCARTHY, uno de los mejores novelistas de la historia literaria de los Estados Unidos. “The Road” (“La carretera”) ha arrasado en ventas y se ha llevado el mejor premio concedido por la crítica literaria de su país, el Pulitzer Prize for Fiction, aparte de la aprobación tácita de los lectores. El libro fascina, aterroriza, crispa, electriza el espinazo y acelera el ritmo cardíaco sin dejar a nadie indiferente. Puro poder del lenguaje. El argumento es sencillo: el mundo está en ruinas, destruido y en penumbras, no sabemos si por efectos de una guerra nuclear o química (de vez en cuando aparecen hombres con caretas anti-radiación), pero en todo caso ya nada de eso importa: no hay vuelta atrás. “Debemos marchar hacia la costa, hijo”, le dice al padre al niño señalando un mapa de Estados Unidos. Ambos ruedan un carrito de mercado en el que llevan cobijas y enlatados para vivaquear entre bosques esqueléticos. A veces duermen en mitad de la carretera que ya nadie transita. En las mañanas no trina ningún pájaro, y sólo en los sueños del hombre florecen rosas o hay cielo diáfano; de resto, opacidad, lejanas bolas de fuego, breves dibujos en la incandescencia. El infierno. 

No se trata del recurrente argumento hollywoodense de “salvar” el mundo. El padre sólo desea proteger a su hijo, y sin soltar nunca el revólver únicamente lo apunta para alejar a otros sobrevivientes haraposos, penetrar en casas abandonas en busca de comida, o enfrentarse con repentinos caníbales, porque algunos cayeron en el más profundo primitivismo.  “Sigue al sur, no te detengas”, le dice el padre al hijo tosiendo de pulmonía. No revelaré el final, que nos hormiguea la piel. Leyendo esta novela comprendí que Dios acaso exista en la virtud poética de hablar con los muertos.

  Carl Sagan

Quien haya leído o visto la serie “Cosmos”, no puede olvidarse de Carl Sagan, el entrañable astrónomo estadounidense ciudadano del universo. Recuerdan que para introducirnos en las maravillas de la ciencia nos aclaraba con una sonrisa que iba hablarnos, no de las estrellas de Hollywood,  sino de aquellos soles palpitantes de hidrógeno y helio, cuya luz recibíamos a millones de años luz de haberse emitido.  Y la química de la vida, pasaba a explicarnos, es la combinación de materia cósmica viajando a través de los cometas, mensajeros del espacio, que al impactar con este “punto azul pálido” trajeron la sustancia bendita. Somos, poetizaba, “una forma para que el Cosmos se conozca a sí mismo” A Carl Sagan sé agradecerle el haberme quitado supersticiones cuando, a los 14, mi papá me regaló  “El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad”. Santo remedio: adiós miedo a Satanás y a oscurantismos populares. En este nuevo libro, colección de conferencias y artículos inéditos titulados “La diversidad de la ciencia”,  Sagan insiste en que la espiritualidad y el humanismo no se deterioran con el avance científico, se perfeccionan. Estimula a que consideremos la ciencia no sólo como una profesión sino como una forma de pensar (“Science is more than a body of knowledge; it is a way of thinking”). Si pensamos científicamente evitaremos los fanatismos religiosos, el frenesí político y la empalagosa farándula que saturan la televisión y la radio y el internet cuando todas estas cosas, piénsese, funcionan gracias a la ciencia. Recomendable libro para los colombianos, sobre todo después de la acusación que nuestro neurólogo Rodolfo Llinás lanzó contra las oligarquías: “son acientíficas – dijo – para ellas las cosas son como son, y punto”. Cuando todo deberíamos examinarlo, mirar cómo funciona, por qué. Ser escépticos. De tan crítica es que ha progresado la sociedad estadounidense.

Carnaval de las Artes: Barranquilla

El Carnaval de las Artes, preludio del Festival de Barranquilla,  lo inventaron hace dos años los gestores de la Fundación La Cueva, en aquel ya mítico lugar donde libaban García Márquez y sus amigos. En medio de la parranda del Festival, Heriberto Fiorillo y su combo se proponen ganar cuatro días de pensamiento y reflexión, del16 al 20 de enero próximo, y para eso invitaron a creadores en diversos campos: el diseñador de máscaras, Donato Sartori; los caricaturistas Hermenegildo Sabat y Cris, el guionista Carlos Bardem, el actor Javier Bardem, amén del escritor Fernando Vallejo, quien debe estar recargando su munición de verbos poderosos para dardear a su próxima víctima.  También esperemos qué dirán Héctor Abad y Efraín Medina Reyes, entre muchos otros.

Otro carnaval, digo, Festival, es el Hay, cuya tercera versión se celebrará a finales de enero en Cartagena de Indias. Carburado por El Cerrejón, protegido por MAPFRE, difundido por RCN, patrocinado por UNE, con el aval del Ministerio de Cultura y hasta con el respaldo de USA Embassy, entre otros potencias como el Reino Unido y España, jamás en la historia colombiana la "cultura" había tenido tanto apoyo. ¡Tenemos pues ya nuestros Medicis, los mecenas de nuestro tiempo? Eso está por verse…  Lo cierto es que deben estar alistando maletas  escritores, músicos y periodistas de África, de Inglaterra, de España, de Alemania, de Argentina, de medio mundo, que bañarán de cosmopolitismo las calles del centro histórico. 

Véase http://gematours.com/hayfestival/es/

Hay algo que pinta bacano: El Trueque del Libro CERLALC en la Plaza de la Proclamación de Cartagena  entre el 25 y el 26 de enero del 2008, donde se podrán intercambiar libros de los escritores participantes.

Un consejo a los que asistan: no vayan pensando que van a “ilustrarse” o a ser más cultos, porque de pronto se escandalizarán de ver en las mesas al aire libre escritores desparpajados, con los pies arenosos sobre las mesas y hablando como sátiros.  Desconfíen también de los solemnes que torpemente quieran hacerse los graciosos, con risitas forzadas.  Si se aburren, oteen el mar desde las murallas, la mar, indiferente a toda la vanidad humana. 

 Simuladores de cultura

En conmemoración a los 80 años de la muerte del gran novelista José Eustasio Rivera, autor de ese delirio inmortal llamado "La vorágine", una revista de su tierra del Huila, Con-Fabulación, recupera su crítica contra la vanidad de ciertas esferas de la literatura colombiana.

  

Por José Eustasio Rivera (1988 – 1928)

 

Esta es la tierra de los eruditos a la violeta, que no habló de sus sabios. Aquí se afanan los jóvenes por adquirir una gloria, que se destiñe cada mañana y se borra definitivamente en breve tiempo. Para adquirirla, pues ella les da acceso a las preeminencias de orden social, o económico, o político, se entregan a la tarea de escribir articulejos, de pergeñar críticas, de cometer versos, asaltando las páginas de periódicos o revistas, en una afán casi angustioso, sabedores de que tal ejercicio de repetición les dará en nuestro medio título de intelectuales. Pero, viaje usted, para que se convenza cómo son de desconocidos, de ignorados, mientras aquí se mantienen en los primeros planos y planas, simuladores de cultura, que se suceden sin dar un aporte a la verdadera literatura nacional. Envueltos en esa atmósfera se embriagan de sí mismos, y en este ensimismamiento se consideran autores trascendentales. A la postre, se anticipan a su epitafio con algún libraco al que bautizan: Discursos y escritos varios. Nadie sigue el precepto Horaciano de pulir y repulir sin cesar, de guardar el vino hasta que se añeje: todo es obra de la precipitación, de la ligereza, vestidas, por supuesto, de arrogancia, suficiencia, de erudición.

He aquí el cebo que envenena y mata en su simiente muchas esperanzas jóvenes. Si usted asiste a una reunión de índole literaria, se quedará aturdido ante el conocimiento de la literatura universal que despliegan aquellos contertulios, de las lenguas que conocen. Aparte del francés, del que poseo buenos conocimientos básicos, usted sabe que yo no conozco más que mi propia lengua, pues el portugués lo traduzco por adivinación, dada la similitud con nuestro idioma.

Ciertamente, que crear, o mejor, descubrir una veta autóctona dentro de la literatura nacional es tarea muy ingente, escollo que no se atrevieron a sortear hombres de gran altura mental entre nosotros. Literariamente hablando, lo nacional es grande cuando posee un valor universal, porque afecta la sensibilidad, también, de los hombres de otras latitudes. En el caso mío, y refiriéndome exclusivamente a la novela, yo he abarcado solamente una comarca de esa psicología, si así se pudiera decir, he trasladado a mi libro todas las virtudes, todas las maldades de que son capaces esos habitantes de los llanos ilimites, o de las selvas inhóspitas, por el aspecto que mis ojos o mi temperamento me permitieron observarlos, trasladando con ellos, de la manera más fiel el ambiente que los rodea. Pero aún dentro de este ambiente quedan muchos filones por explotar y la veta de la literatura nacional apenas está aflorando, y se necesita ingenio para acuñar con este metal una moneda de valor universal, de índole perdurable, por consiguiente.

 

 

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Dr. Profesor-investigador universitario, autor de algunos libros sobre crítica e historia literaria y de las ideas. E-mail: spineda@colmex.mx Imagen: pintura de Yolanda Pineda

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