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Hoy publicamos en nuestro espacio el cuento ‘El guatín, la guitarra y el hogar‘, de nuestra autoría, y que hace parte del libro Sin Fecha de Vencimiento’, publicado en 2019 como parte de la campaña para ayudar a la Fundación Hogar de Abuelitos Fe y Luz que dirige el Padre Fray Juan Manuel Urrego Chavarriaga.

Portada del libro Sin Fecha de Vencimiento - foto personal

Portada del libro Sin Fecha de Vencimiento – foto personal

Esta selección de nueve escritores se logró después que sus autores se reunieran con abuelitos de la Fundación, escucharan sus historias y se inspiraran literariamente para plasmarlas en cuentos.

En nuestro caso tuvimos una hermosa charla con Alfredito, a quien le prometimos una guitarra, y el día que fuimos a entregársela, lamentablemente, nos encontramos con la noticia que había muerto la noche anterior.

Acá el cuento:

Se escuchó en el monte el disparo certero y el guatín cayó al suelo. Era el quinto animal que cazaban, entre guaguas, tatabros y venados se había ido la mañana.

Iñaki había llegado a Zarzal, Valle, la noche anterior. Era periodista del diario Pluma Independiente y tenía como misión hacer un informe de caza deportiva, algo que no le gustaba porque su pasión era el fútbol, pero tenía que hacer caso a su obstinado jefe, más aún, en tiempo de crisis y desempleo.

–Iñaki, te contactas allá con el señor Millán, él fue quien llamó a la redacción y ofreció la nota, será el guía, por su voz se ve que es un señor mayor–, eso le había dicho Zellweger, su jefe mujer, con apellido de hombre, y le reafirmaba: –en pleno 2019, donde a ese mal llamado deporte le quieren dar licencia de nuevo, es importante cubrir esa cacería en un lugar al parecer detenido en el tiempo, donde todavía hay animales para cazar y cazadores.

Para asombro de Iñaki, cuando llegó al aeropuerto de Palmaseca, lo recibió Millán, un joven de mirada profunda y unos veinticinco años que en medio de risas aseguró haber llamado al periódico, pero el periodista no le dio importancia a ese pequeño detalle. Sin embargo, jamás olvidaría esa mirada, esa risa y esa voz.

El joven llevó al cronista a dormir a su casa, le presentó a su mujer y sus pequeños hijos. Además de ser jornalero en fincas, Millán tocaba la guitarra y daba serenatas. Esa noche se amarraron unos aguardientes entre pecho y espalda.

Al otro día madrugaron a cazar y con mucho orgullo Millán le explicaba a Iñaki cada paso de ese rito, que para el periodista no era deporte, por el contrario, se trataba de una mala práctica en vía de extinción, porque a falta de animales ya muy pocos cazadores, pero para asombro del reportero, en ese lugar, como en otras épocas, abundaban las presas y sus verdugos, brotaban del monte como generación espontánea y así mismo desaparecían.

–Esta escopeta es de largo calibre, de cápsula, viene el tiro ya hecho, se mete por el hueco del calibre, se cierra y se dispara cuando el perro guía ubica la presa–, decía con voz de mando el cazador al reportero. –Acá se cazan los animales para comer, no para vender su piel ni para negociar con ellos–, le advertía.

Al final de la jornada, guía y periodista fueron al centro del pueblo al lugar donde Millán se reunía con sus compañeros de trío a esperar ser contratados para serenatas. Tocaron unas diez, Iñaki los acompañó a la mitad porque luego el cansancio lo venció y pidió permiso a su anfitrión para ir a descansar. Tuvo que compartir cama con una grande y hermosa guitarra que no se atrevió a mover por temor a dañarla, destemplarla o hacerla caer.

Cuando despertó, a la mañana siguiente, el guía ya lo esperaba perfectamente bañado y vestido para llevarlo al aeropuerto.

Cómo durmió, señor Iñaki –preguntó el alto y espigado cazador en la mañana, serenatero en la noche.

–Como un bebé–, respondió el reportero.

–Le iba a pedir un favor amigo periodista: yo tengo una guitarra muy bonita en el cuarto donde usted durmió, me imagino que la vio, ¿usted podría llevársela para Bogotá y cuando yo vaya me la entrega?, es que algún día me mudaré a la nevera con mi familia y voy mandando el instrumento por delante.

Horas después Iñaki, en su apartamento bogotano, le sacaba unos desafinados acordes a ese instrumento que Millán le había confiado y que en algún momento tendría que devolverle.

Cuando aterrizó en la redacción del noticiero, Iñaki escribió, editó la nota, la entregó a Zellweger, la convenció de hacer otra sobre serenateros y salió a hacer la preproducción en Chapinero. Ya era viernes por la noche.

Luego de entrevistar a varios músicos, alguien le dijo que en la octava con veinte también se ubicaban otros serenateros, cosa que le extrañó, pero decidió ir a visitarlos el siguiente fin de semana.

Al llegar ese día, o mejor, esa noche, se sorprendió a ver a Millán en esa Plazoleta de las Nieves, primero por encontrarse con él nuevamente, y segundo, porque eran los únicos serenateros en ese lugar qué en los sesentas, había sido muy concurrido, tanto por músicos, como por la gente que los escuchaba y contrataba.

–¿Y usted que hace acá, Millán?, ¿cuándo se vino para Bogotá?, ¿o está de paso?

Llegó un colega, otro músico, y me convidó para la nevera. Me vine con mi mujer y los hijos más grandecitos, en ocho días regreso por el resto de mi familia, los voy a sacar adelante a punta de música. Por ahora duermo donde el colega, después consigo una piecita.

Esa noche Iñaki acompañó a Millán y a su colega a las diez serenatas a las que los contrataron y con ellos hizo su crónica. Luego la siguieron en casa del socio del zarzaleño hasta el amanecer y entre pecho y espalda se amarraron unos aguardientes.

Antes de despedirse le preguntó Iñaki a Millán –¿Cuándo y dónde le entrego su guitarra?, porque esa que tiene me imagino que es prestada.

–Todo en la vida es prestado señor periodista, no se preocupe. Después yo le digo cómo me la hace llegar.

A los ocho días le fue encomendada a Iñaki la labor de hacer una nota urgente en un Hogar de Ancianos a punto de ser cerrado por falta de ingresos.

–Ya hablé con el Padre Gonzaga, él te recibe y ha seleccionado un adulto mayor para que lo entrevistes, para que sea el hilo conductor de la historia–, le dijo Zellweger, su jefe mujer con apellido de hombre.

Camino al hogar geriátrico recordaba los momentos compartidos con Millán. Recreó la cacería deportiva en los montes del Valle, las serenatas en la Plaza de Zarzal, en la Plaza de las Nieves en Bogotá, del calor valluno al frío de la capital.

El conductor lo sacó abruptamente de su flash back cuando llegaron. Mientras esperaba a que trajeran al adulto mayor seleccionado para la entrevista, Iñaki recorrió el lugar sonriendo, conversando con algunos de los ancianos y haciendo las tomas de apoyo para su informe. Escogió el sitio para la charla, preparó cámara, sonido y esperó pacientemente.

De pronto, llegó el enfermero con el personaje y lo dejó a disposición de Iñaki.

–Él es Alfredo, señor periodista.

–Buenos días, don Alfredito–, lo saludó amablemente el reportero, se presentó, le explicó el motivo de la entrevista, Alfredo asintió e iniciaron la conversación.

Qué es lo que más extraña de su juventud–, le dijo Iñaki al anciano.

Bueno, señor periodista, no recuerdo cuánto llevo en el ancianato, tengo noventa y cinco años, llegué a esta edad porque anteriormente la comida era sana, no vacunaban los pollos ni el ganado, el pasto era solo sol y agua, hoy en día vacunan hasta las plumas de los pollos (risas). Soy del Norte del Valle, cuando muchacho me gustaba la cacería, mis hermanos tenían perros cazadores, hacíamos tambos para dormir, “ranchitos”, “cambuches”, tendría veinticinco años en esa época, los animales se cazaban para comer, no para usar su piel, le apuntábamos a guatines, guaguas, tatabros, venados brincaban del monte. Las escopetas eran de calibre largo, de cápsula, venía el tiro ya hecho, se metía por el hueco del calibre, se cerraba y se disparaba, en esa época mucho animal, poco cazador. Hoy en día, poco animal y poco cazador, no se necesitaba licencia para eso, se podía salir y cazar al monte.

Para ese momento Iñaki, perplejo, ya había reconocido esa mirada, esa risa y esa voz.

–Se cazaba por deporte, se llevaban perros amarrados, para que no cogieran por otro lado, con el olor se guiaba, el perro de caza perseguía a la presa, cuando la encontraba el animal le huía, buscaba una cueva, uno llegaba a la cueva, el perro estaba ahí escarbando, uno cogía una barra larga, la metía por la cueva, con esa barra se guiaba uno, con un barretón, abría hueco, a veces daba preciso, a veces no.

Iñaki, aferrado a la silla, sabía cada palabra que don Alfredo le iba a decir.

En el Valle trabajé en la finca de los hermanos míos, también laboré en Rio Paila. Tuve cinco hermanos y cinco hermanas, soy de los menores, ya no tengo hermanos ni tíos. En mi pueblo “musiquiaba”, apenas empezando, hasta que llegó un colega, otro músico, y me convidó para Bogotá. Casi hizo el viaje por mí.

Llegué acá en el sesenta, fui guitarrista y cantante, me traje los hijos pequeñitos, levanté la familia a punta de música, fui serenatero, de las casas nos contrataban, En Bogotá cantábamos en la veinte con octava.

Primero me traje a mi mujer y a los hijos más grandecitos, donde el colega ese que le digo, y a los ocho días volví por el resto de familia, sin tener nada seguro acá, luego conseguí una piecita por ahí, para meterme con mi familia. En Bogotá me nacieron tres hijos más.

Salíamos por ahí, a las invitaciones, a fiestas, trabajé a dueto, a trío, a cuarteto, hasta solo, tuvimos un grupo bastante grande, cantábamos temas de Los Paladines, Los Magos, Garzón y Collazos. Me gustaba mucho el dueto Ríos y Macías y otro por ahí que no me acuerdo… ¿cómo es que se llamaba?, muy bueno, bastante nombrado.

A veces le iba bien a uno, a veces se ponía pesado, no había seguridad, pero acá me fue bien, pues tan bien que aquí crie la familia. Antes Bogotá era muy frío, ahora es más caliente, pero a veces hacen esos fríos bastante tenaces.

Iñaki dejó de hacer preguntas, ¿para qué hacerlas?, ya sabía el final de la historia.

–Me retiré de la música cuando murió mi señora, comencé a echar para atrás, ya no me parecía bueno, perdí la motivación, la inspiración. Duré casado con ella como sesenta años, murió hace unos veinte. De viudo me mantenía donde los hijos, ellos me colaboraban, no logré pensión, no le puse cuidado a eso, mejor dicho, no tuve a nadie que me dijera, “vea, esto es así, esto es asá”.

Hoy en día, yo a muchos les digo, “si tiene un trabajito cuídelo, estese ahí, para que coja la pensión. Es muy necesaria”.

Aquí es bueno, aquí es bueno, la comida es buena, a veces como que se les va la paloma y no cocinan bien, pero la dormida es buena, el trato es bueno.

Que los que puedan breguen a ayudarnos, a ver qué pueden hacer para que no se nos embolate la comidita.

Hay veces que hacen reuniones aquí, pasa uno sabroso, hay veces que traen cantantes, cantantes muy buenos, a veces canto, pero no tengo guitarra, un amigo me la va a traer algún día, estoy esperándolo.

Las mejillas de Iñaki se inundaron de lágrimas y recordó la frase: ¨voy mandando el instrumento por delante¨.

Los hijos de vez en cuando me visitan porque trabajan y tienen que ver el ladito para venir, son nueve y viven en Bogotá. A mí los hijos me trajeron acá, no vivo con ellos, pues sencillamente pagan arriendo y entonces quedan muy estrechos.

Ahora las mejillas inundadas de lágrimas eran las de don Alfredo. La habitación se colmó de silencio.

Hace unos días estuvo una nieta aquí, ella dirige por allá un periódico, tiene un apellido raro, como de hombre, porque se casó con un extranjero.

Si el amigo me trae la guitarra comenzaría otra vez, tengo problemas de oído, necesito unos audífonos, tengo problemas de memoria, pero nunca se me olvida un tema que le cantaba mucho yo a la señora mía:

Quién eres tú…
Hermosa muñeca de talle gentil,
trocito de cielo, capullo de abril,
lo mismo que el poeta, quisiera cantar,
tu esbelta silueta, tu gracia sin par.
Quién eres tú,
quién eres tú,
porque a tu lado tiemblo de emoción…

Ese era un ‘valscecito’ de Agustín Magaldi, señor periodista.

Al día siguiente Iñaki regresó al Hogar con la guitarra, ya sin temor a dañarla, destemplarla o dejarla caer. En secreto se la dio al Padre Gonzaga, un instrumento traído del pasado, para que él se la entregará a don Alfredo y aliviara en parte su presente.

Desde ese día todos los domingos Iñaki y Millán cantan en las tardes del Hogar, esas letras de duetos, de tríos y cuartetos, y entre pecho y espalda se amarran muchos cafés, y todos los viernes y sábados, en su cómplice y tácito pasado, cantan en las noches de la Plaza de Zarzal y de la octava con veinte de Bogotá, esas letras de duetos, de tríos y cuartetos, y entre pecho y espalda, se amarran muchos aguardientes.

FIN

Vea en este link el mensaje que dejó Alfredito pocos días antes de su muerte:

La Fundación Hogar de Abuelitos Fe y Luz es una institución sin ánimo de lucro constituida legalmente en el año 2002. Desde sus inicios ha albergado y cuidado con amor a los adultos mayores, especialmente aquellos que se encuentran en estado vulnerable, enfermos y desnutridos, brindando un hogar a estas personas tan importantes.

Quienes quieran ayudar a la Fundación acá les dejamos los datos:

Dirección:
Cra 25 A #1B- 13 Bogotá- Colombia

Teléfono:
+57 3015002833+57 1 5603488

E-mail:
juan.urrego@abuelitosfeyluz.org

https://www.abuelitosfeyluz.org/


Giovanni Agudelo Mancera

Periodista

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Periodista, realizador y productor de televisión independiente. Luego de trabajar en varias emisoras, productoras y programadoras, canales regionales y nacionales, públicos y privados, RCN TV, Caracol TV, EL TIEMPO TELEVISIÓN, Citytv, Canal Capital y Colombiana de Televisión, entre otros, apoyo la adjudicación de más canales de tv. ¡Colombia necesita un tercer, cuarto, y quinto Canal, pero ya!

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