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Las opiniones son como los culos. Todo el mundo tiene uno.

Harry El Sucio

 

Dentro de las herencias del Romanticismo y la Modernidad tenemos al individualismo y la libertad de expresión. Este último permite expresar nuestro punto de vista sin temor a represalias —así dice el papel al menos en Occidente—, y se ha llegado a que su validez repose en ese derecho. Y no. Los culos, sin contrariar a Harry, son útiles a sus dueños, y solo a ellos; en cambio las opiniones quieren serlo con los demás. Por eso se expresan en voz alta o se escriben. Deberían, pues, saberse sustentar para salir del terreno lábil de la libertad de expresión.

Esclavizados del “Qué tienes en mente” con el que nos recibe Facebook nomás entrar, las redes sociales están llenas de grupos de interés donde se juntan personas que, sin importar origen, credo o gusto, pretenden compartir opiniones sobre ese asunto que los agrupa. Pero con dificultad se logra el intercambio. Se presume apenas. Una de las formas de esa presunción se da cuando se equipara la opinión con el sentir. Los franceses pueden creer que el café que sale de su jarra de filtro es lo mejor del mundo, pero pobres de ellos que no lo beben de la moca. Lo cierto es que la sensación que nos queda es apenas la parte subjetiva de la opinión que debería además tener soportes objetivos. Como dice mi colega Jerónimo Rivera: “Me gustó la película, pero es muy mala”.

Alguien puede opinar que “está haciendo frío”, o que “la comida está picante”, y nadie podrá cambiar esa sensación en el otro por más conversaciones elevadas que haya. No obstante, esa información, “Está haciendo frío”, le dice casi nada a los centenares de amigos que tenemos en Facebook. Para que la sagrada opinión tenga algún valor y le sirva a los demás debería estar soportada por datos duros. ¿Cuál es la temperatura allí? ¿Hay viento, humedad, sol? ¿Dónde está el que comunica? Y otra serie de datos comprobables que le advertirían tanto al esquimal como al subsahariano que lean nuestro timeline, y le harían saber qué tipo de ropa traer si piensa venirnos a visitar. Pasaría igual con el sabor de la comida: “Está picante” es una cosa para un mexicano y otra para nosotros. En varios grupos “especializados” se leen opiniones de este tipo: “El libro XYZ no me gustó” y cuando se preguntan los porqués pareciera que el derecho a la libre expresión fuera el derecho a tener áulicos.

El ejemplo más evidente: B se anima a replicar lo expresado por A y casi por reflejo se pierde cualquier asomo de seriedad que hubiese podido tener el diálogo planteado. Si B se atreve a contrariar la idea presentada, así sea con pruebas y razones valederas, es sentirse ofendido la reacción habitual de A. La discusión, que tanto aportaría, escasea. Hemos logrado hacer sinónimo de discordia el verbo discutir —DRAE: “Dicho de dos o más personas: Examinar atenta y particularmente una materia”—. Pocas veces hay carga probatoria, comparaciones o citas que soporten las ideas mencionadas —el que lo hace es un pretencioso intelectual—. Y sí, al contrario, lo que llegan son insultos y la bobada. El que más creativo sea en estos dos campos gana la disputa.

En la Era Selfie llevó el individualismo al límite, y las redes sociales han ahondado el problema en cuanto el mal uso de estas herramientas sirven como escondite anónimo para ir a mal cuando vemos que la usanza es invalidar las ideas ajenas con racismo, sexismo, misoginia, y otros abusos del mismo tipo. Claro que hay foros especializados, lugares en Internet más controlados donde esta actitud no se permite; sin embargo, dice mucho del uso que le damos a la libertad cuando la templanza y el autocontrol no aparecen en su compañía cuando no está la policía.

 

Ve, y Uribe resbaló…

 

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