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Su nombre es Bill O’Reilly y es el presentador estrella de la cadena de televisión Fox News. O lo era, no lo han destituido de su puesto todavía, pero tal vez ya no lo ronde el mismo éxito desde que el New York Times revelara que durante 15 años él y la cadena pagaron 13 millones de dólares para conciliar casos de presunto acoso sexual.

Pregunté a mis amigos en Facebook por las razones que pudieron haber llevado a estas mujeres a aceptar un pago económico como parte de un acuerdo, pues tal como está presentada la información en diferentes medios se da a entender que con la plata también cesaron las denuncias. Me explicaron personas que viven en Estados Unidos que es usual llegar a conciliaciones económicas por fuera de las cortes para agilizar los procesos y como un pago por los daños causadas a las víctimas, pero no necesariamente para silenciarlas.

De ser así, de todas formas es aterrador pensar que si el acoso fue cierto la empresa y el presentador siguieron tan campantes, como si nada hubiera pasado, y solo hasta ahora el nombre del acosador se haya puesto en la picota pública. Como si con la plata se borraran los hechos.

Otras mujeres opinaron en Facebook que muchas no denuncian el acoso sexual por el escarnio público al que las somete la justicia, que suele tratarlas como si ellas incitaran las agresiones. Prefieren entonces, guardar silencio y, como me escribió una sicóloga, pagar las terapias con la plata que les da el agresor en el arreglo y salir adelante.

No soy nadie para juzgar a estas mujeres, pero sí creo que mientras nosotras sigamos aceptando el pago en dinero para callar los abusos seguiremos legitimándolos y validando las razones que los originan: que el poder, el dinero y los hombres lo pueden todo, que las mujeres somos inferiores y que ellos tienen el derecho total sobre nosotras, incluyendo nuestro cuerpo.

Muy probablemente estas mujeres consideraron que no les creerían, que no fallarían a su favor o que hacer público el acoso acabaría con ellas, sus familias, sus hijos y sus carreras profesionales. O tal vez consideraron que el pago en dinero era justo.

Yo, por mi parte, creo que ninguna suma vale lo suficiente para permitir que los hombres se sigan paseando por ahí creyendo que pueden violentar a las mujeres y someterlas a sus instintos sexuales a la fuerza. Tal vez hasta ahora muchas han comenzado a sentirse lo suficientemente libres para hablar, tal vez hasta ahora han sumado fuerzas para hacerles frente a esto individuos o tal vez hasta ahora ellas han entendido que lo sucedido no estaba bien y que ellas fueron víctimas de un abuso.

Pero aun así creo que nosotras debemos ser las primeras en hablar, en luchar para que la justicia haga su parte y las primeras en entender que si alguien quiere pagar por nuestro silencio es porque nuestra voz puede ser muy poderosa y nunca más nosotros debemos quitarle a esta voz su fuerza a cambio de un arreglo.

Mientras no dimensionemos que nosotras sí tenemos derechos no vamos a poder luchar por ocupar en la sociedad un espacio donde nosotras mismas nos reconozcamos como seres completos y merecedores de todo, donde nos definamos en función de nuestra propia esencia y no por las comparaciones que hagamos frente a lo que ya tienen los hombres. Solo así lograremos ser libres y para ello no podemos seguir vendiendo nuestra dignidad a cambio de millones de pesos.

Por ahora, la primera consecuencia de las denuncias de acoso del hombre de Fox News es que 18 empresas retiraron su publicidad del programa que en este momento contaba con el más alto ‘raiting’ en toda su historia. ¿Y todavía creen que las mujeres no tenemos poder? Cómo habrán cambiado las cosas con el paso del tiempo, y a pesar de Donald Trump, que a las grandes marcas ya no les resulta negocio asociarse con aquellos que violentan al sexo femenino.

 

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PERFIL
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Después de escribir por más de 20 años en revistas, periódicos y páginas web sobre lo que opinaban, decían y hacían los demás, decidí dar mis propias opiniones. Ahora trabajo como periodista independiente y como profesora universitaria. Escribí el libro "Mi bipolaridad y sus maremotos" como una forma de luchar contra el estigma hacia la enfermedad mental.

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