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(solo he estado en los sitios de verdecito)
 

Después de desechar dos revistas que compré por desparche y un libro que compré pero me aburrí de leer, y de darme cuenta que me monté a un avión sin televisorcito, prendí el computador y me dí cuenta que había un tema sobre el cual no he escrito en el blog y que me pesa en la cabeza como un piano en la espalda: viajar en avión. Ya he hablado de ir en bicicleta, de pasear en tren y de la incomprensible estupidez de andar en carro todos los días para todas partes. Me faltan todavía varios modos de transporte, hoy le toca a los aeroplanos, en los que he perdido más tiempo que K en su Proceso.

 

volar en avion (5) 

 Vómito. Es la primera cosa en la que pienso cuando me hablan de aviones. De pronto es porque llevo tanto tiempo viajando (y tantas millas viajadas) que ya me da rebote, y porque la comida que dan en los aviones es, invariablemente, la sustancia más asquerosa que puede haber sobre la faz de la tierra. Casi toda la gente que conozco dice “ay, pero es que la comida de avión es taaan rica” y me dan ganas de embutirles esa comida todos los días durante un mes, con el platico blandengue hirviendo lleno de pollo inyectado con quién sabe qué químico para saber tan inmundo. No, en realidad yo pienso en vómito cuando me monto a un avión porque hace más de diez años un ex-jefe usó la bolsita del vómito para escribir la tabla de contenido de un informe cuando se dio cuenta que no teníamos nada más en qué escribir y le parecía indispensable escribirla ahí y en ese momento…en una bolsita que nadie quisiera usar, ni siquiera para su propósito esperado. Pero… eso tuvo que haber sido hace rato, porque yo no veo una bolsa de vómito de esas hace raaato (aunque sí sigo oyendo aplausos cuando aterriza el avión de Madrid o Nueva York, eso sí todas las veces… no hemos progresado pero es que es nada, ala).
 

volar en avion (6) 

 
Vertigo. Si viajo en un vuelo de más de seis horas, siempre me despierto a la mitad del vuelo y me da un vértigo increible, una sensación de que alguien va a caminar muy duro por el piso del avión y yo voy a estar cerca y me voy a caer, con silla y todo, hasta el piso que está (por lo menos) diez mil pies abajo. Me imagino que voy a mirar hacia abajo, me imagino en quién voy a pensar primero (en mi hija, siempre siempre en mi hija, y después en mis hijos en plural y después en mi esposa con mis hijos – luego me doy cuenta de que no pensaba en mi esposa primero porque siempre, así no esté conmigo en el vuelo, está a mi lado en la catástrofe, acompañándome para que no me dé tanto susto). Después de unos cuatro minutos de hacer que mi estómago se carcoma de los nervios, me digo a mí mismo: “mí mismo, ¿qué le pasa? ¿no hace esto todos los meses?” Y lo interesante es que me tranquilizo con la respuesta que me doy a mí mismo, siempre la misma: “si me muero, estresado o no, igual me muero”. Y así me vuelvo a dormir, seguro de que mi muerte va a ser la misma, con o sin estrés, y que más bien puedo pasarla rico durante el resto de mis contados minutos o horas de vida hasta que el piso se rompa bajo mis pies y me precipite hasta las tinieblas del octavo círculo del infierno.
 

volar en avion (1) 

 Buses. También pienso en buses cuando me monto a un avión, en particular porque un avión es un bus con alas, y un aeropuerto es una terminal de transporte con más medidas de seguridad y más filas interminables. No le veo el glamour que todos le ven a viajar en avión, tampoco le veo lo exótico ni la emoción. Solo veo que me voy a montar en un bus donde el conductor va mejor vestido y no, no vamos a parar a comer en la mitad de la carretera y si le digo que se quede sentado es porque se quede sentado, muchachito, y con el cinturón puesto. Si un viaje de 12 horas en bus se asemeja a una tortura moderna, la idea entera de volar en avión como parte de mi trabajo es mi propia Inquisición, con la diferencia que en este caso todavía no he sabido qué es lo que tengo que confesar para que no me echen aceite hirviendo en el ojo, ni sé qué lágrimas llorar para que me suelten.
 

volar en avion (4) 

 Esperar. La disciplina de aprender a volar en avión consiste en la paciencia creciente ante la pérdida de tiempo esperando y haciendo filas, y el oficio de aprender a volar consiste en saber cuándo llegar al aeropuerto, cuándo ir a la puerta, en qué momento hacer pipí en el avión sin esperar a otros ni dejarse someter por el aviso luminoso de “abroche su cinturón”, y saber cuándo se puede prender el celular en cada país sin que la azafata se ponga brava – en China es solo cuando abren la puerta del avión, en Bogotá es cuando se le dé la regalada gana.

Vale, hay una que otra cosa buena de viajar en avión. La primera, que lentamente va perdiéndose, es la capacidad de concentración que uno logra tener cuando monta en esa chiva aérea. Es el único sitio donde uno está realmente sin distracción alguna, y donde trabajar durante tres horas es como si uno hubiese trabajado una semana sin parar. Todo se resuelve, todo se adelanta y nada se atrasa. Pero desde hace varios años se pueden ver quinientas películas en un solo vuelo, ya varios usan internet durante el vuelo y estoy seguro que en contados meses nos van a dejar prender el celular en algunos vuelos. Y se acabó ese refugio obligado de tranquilidad y atención. Lo más cercano a irse a vivir en una cabaña en medio del bosque para reflexionar era montarse en un avión, y todos piden a gritos que les devuelvan el ruido y desespero de poderse meter a su facebook todo el tiempo para ver qué pendejadas está diciendo una persona que no ven hace diez años pero esque tiene unos niños tan divinos y unos cuentos tan chistosos…Nos dan un Paraíso y tenemos que comernos la manzana, escupirla y pedir más bien un jugo de caja y que pongan música bien duro. Sí seremos bien idiotas.

 

volar en avion (3) 

 Y hay cosas inevitables, y más enloquecedoras que el goteo de un grifo mal cerrado en la mitad de la noche: sentarse al lado de alguien (¡o en medio de dos personas!) sin saber quiénes son, a dónde van, por qué están a mi lado y por qué, Dios Santo, durante tanto tiempo. Por lo menos en TransMilenio uno está frente a frente, pechito con pechito con uno o más desconocidos en
cada viaje, pero esa deshumanidad se acaba después de unos minutos de poner la mente en blanco y pensar que uno está en otra parte. Pero en un avión el vecino es EL VECINO DURANTE DOCE HORAS, chuche lo que chuche, trague lo que trague, peye lo que peye. Es su vecino obligado y está a una distancia igual a la de su propia esposa en la banca en misa: ahí, al lado, tan cerca que uno puede adivinar los grados precisos de su calor corporal y también puede estimar de manera muy precisa hace cuántas horas se bañó, lavó los dientes y entró al baño a hacer del cuerpo. 
 Tener un vecino desconocido tan cerca que uno puede saber si se espicha o no las espinillas con frecuencia es desagradable y debería ser ilegal. Y, Dios nos libre y nos favorezca, peor aún cuando es amigable…. mejor dicho, si Usted se sienta a mi lado en un avión y yo no lo conozco, le ruego por el amor del Señor Jesucristo que no me hable sino hasta que falten menos de 30 minutos para aterrizar, y que ese tiempo de vuelo restante haya sido confirmado por el Capitán. Si es antes, prepárese para un mar de monosílabos y respuestas perfectamente estructuradas para dejarlo sin forma de responder. Porque la interacción social forzada sólo debería ser en bancas de parque, con solecito y nunca en la vida surcando los aires a velocidades imposibles. 
 Y viene la parte más desesperante, la efímera esperanza de que existe tal cosa como saber viajar… “Saber Viajar” es la capacidad que muchos quisieran tener, y cuya experticia muchos pregonan. Para los del segundo grupo, saber viajar es lo mismo que dice tener George Clooney en la película esa en que él no hace más que viajar – por Estados Unidos y en aerolíneas de ese país, qué karma-: “saber viajar” es entender qué hay que empacar, cuáles cosas dejan meter al avión, cuáles cosas pitan en la cosita de rayos equis y qué zapatos se quitan y ponen más fácil para llevarlos ese día. También es saber en qué aeropuerto venden el whisky más barato y cuántos paquetes de cigarrillos se pueden llevar a un país sin que lo regañen. Sí, también hay que saber cuál restaurante es menos caro (esa es fácil: todos son carísimos) y cuál aerolínea tiene las sillas más amplias en económica (cualquiera de Asia o Medio Oriente) y cuál regala más ascensos. Y pues claro, saber viajar es, para muchos, conocer cuáles aerolíneas le van a dar más millas por qué viaje y cómo combinar los vuelos para subir a categoría Diamante o Zafiro o Sinatra o como se llame. Y tampoco podía faltar el conocimiento de cuáles países piden visa y bajo qué condiciones, y cómo se llama esa muchachita de la Embajada de China que es super práctica, o cómo se hace para sacarle una sonrisa a una cierta Cónsul  que es medio energúmena. Eso no es Saber Viajar. Es nada más que la Aritmética de Viajar. 
 Yo creo que más bien hay un Álgebra de Viajar. Para mí, a punto de llegar a un récord personal de llenar un pasaporte mucho antes de que se venza (el mío es de 48 páginas y le quedan 8 años de vigencia pero ya no tiene sino 4 páginas vacías), Saber Viajar es simplemente No Viajar: aprender a decidir que un viaje en avión no siempre es necesario y me va a quitar más tiempo del que voy a ganar. Porque viajar en avión es exactamente lo mismo que hacen los Hombres Grises cuando tratan de correr: es llegar lejos por el hecho de llegar lejos, cuando sin siquiera ir a ningún sitio se pudo haber hecho eso mismo y más. Ese es el Arte de Saber Viajar, del cual yo he aprendido muy poco. 
 (suspiro, releo, vuelvo) 
 Después de leer toda la basura que escribí arriba, caigo en cuenta de que de pronto la mejor forma de viajar en avión es como lo propone un amigo de mi papá – digámosle, por poner un nombre, Henry Days -. Henry dice que la mejor forma de viajar en avión es siguiendo estos pasos: 
1- Consiga algunas revistas medio buenas, nada espectacular; 
2- Cómprese un buen whisky o bebida de su elección; 
3- Siéntese en su mejor sillón; 
4- Prenda la aspiradora y déjela prendida un rato a su lado; 
5- Cierre los ojos.

Gracias Henry, por lo menos puedo decir que algo aprendí de usted. Voy a ver si antes de mi próximo viaje (en siete días) me pego un buen viaje en mi Aerolínea Aspirator para ver qué tal me va.

 

volar en avion (2) 

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PERFIL
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Carlos Felipe Pardo es un colombiano con maestría en urbanismo de la London School of Economics que trabaja en temas de transporte sostenible, desarrollo urbano y calidad de vida. Le ha tocado ir a más de 60 ciudades en Europa, América Latina, Asia y África a dar asesorías, presentaciones y cursos sobre esos temas. Ha escrito libros y capítulos (unos más buenos que otros), varios de los cuales están en la página de su organización Despacio.org

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