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La pandemia que agobia al mundo entero está ocasionando, por lo menos en Colombia, un dolor adicional a los familiares de quienes fallecieron como consecuencia del covid 19. Es así, por ejemplo, que muchos de estos deudos presentaron quejas ante los medios y por las redes sociales denunciando el impedimento que les impusieron en las clínicas y hospitales para ver a su ser querido después de ingresar a esos centros asistenciales. Pero peor aún, posteriormente al deceso de esas personas, a muchos no les entregaron los cuerpos porque fueron incinerados inmediatamente o los obligaron a esperar semanas para recibirlo. En algunos casos los entregaron amortajados dentro de un féretro totalmente sellado como medida de prevención. Y para rematar, hay constancia reseñada en publicaciones periodísticas, de que en más de una oportunidad los hospitales entregaron un cadáver equivocado.

El hecho de no ver por última vez el cuerpo de un ser querido para despedirlo y sepultarlo o cremarlo está sembrando en sus familiares dudas respecto a su verdadero fallecimiento. Algunos piensan que continúa con vida y hospitalizado bajo un nombre equivocado. Creen que la noticia de su muerte simplemente es un error y que deben averiguar dónde está.

Quienes están atravesando por ese mar de incertidumbres padecen un grave problema emocional y sicológico que les impide procesar correctamente el duelo. Es tortuoso vivir con la dubitación constante acerca de si esa persona querida aún vive y, si es así, dónde está, en qué condiciones, y si está bien atendida. Es una experiencia dolorosa muy similar a la que sufren los familiares de secuestrados y desaparecidos.

Creo que en Colombia, a pesar de los errores y las dilaciones en la entrega de los cuerpos de fallecidos de covid 19, no se ha llegado, como en otros países, al extremo de cavar fosas comunes para enterrar apilados los muertos entregados por las morgues de los hospitales, la mayoría de las veces sin una adecuada identificación por la premura del proceso y la escasez de personal. Los noticieros de televisión transmitieron las imágenes macabras de esos hechos.

Los comentarios anteriores están sustentados en correos que he recibido de distintos lugares los cuales tienen como denominador común que, quienes los enviaron, creen que un familiar suyo sigue con vida a pesar de ellos haber recibido la noticia de su muerte. Algunas de estas personas opinan que, por lo que han sabido, los estragos del covid 19 pueden causar la pérdida de la memoria y es posible que su madre, padre, tío o abuelo haya sido trasladado a otro lugar para recibir una mejor atención y que no recuerde su nombre.

Guardar la esperanza de la continuidad con vida de un ser querido legalmente fallecido, pero al cual no se pudo despedir como corresponde, influye de manera determinante en los sueños de quienes albergan esa ilusión. Pero esos sueños también los ayudan a despejar las dudas que los inquietan. Transcribiré uno como ejemplo:

“Señora Candy, buenos días, por favor necesito su ayuda para interpretar mi sueño. Se lo pido de corazón porque no encuentro tranquilidad en mi vida desde que murió mi madrecita. Mi mamá murió el 29/07/20. Hoy día soñé que la estábamos llevando a enterrar y en el camino un señor que cargaba el ataúd decidió cerrar bien la tapa del cajón. Yo me di cuenta y le reclamé por haberlo cerrado. Le pedí que lo abriera nuevamente y así lo hizo pero, en el esfuerzo por abrirlo, el cajón se inclinó y la tapa se levantó. Entonces noté que mi mamá se movió y entré en desesperación. Me metí dentro del cajón y empecé a reanimarla. Cuando puse mis manos en su pecho sentí el latido de su corazón. Seguí realizando el RCP y en eso mi mamá resucitó y se levantó. Se sacó el algodón de la nariz y yo me arrodillé y agradecí a Dios por devolver a la vida a mi mamá. La abracé muy fuerte y me sentí muy feliz. Ella me vio llorando y me preguntó ¿qué paso aquí? No sabía qué le había pasado, estaba perdida. Salimos del cajón, nos tomamos de la mano y caminamos juntas y muy felices. La gente del pueblo nos miraba y no podía creerlo. Yo tuve una conversación con mi mamá porque ella preguntaba qué había pasado y le respondí: ‘mamá, creímos que estabas muerta y estábamos llevándote a enterrar’. Mi mamá sonrió y me miró muy feliz. La soñé con una blusa roja y un pantalón blanco con puntos negros. Por favor ayúdeme”.

Este sueño confirma la no aceptación de la muerte de un ser querido por la situación que está ocurriendo. El mensaje para esta persona es el siguiente: primero, le pone de presente el sentimiento de culpa que padece por creer que pudo hacer algo más por su madre si hubiera estado a su lado; segundo, manifiesta el deseo de haber estado al lado de su madre para verla fallecer. Además, creo que con los espíritus de los fallecidos así está sucediendo en este momento lo mismo que acontece a los que perecieron violentamente: no estaban preparados para morir. Por eso el espíritu de la madre le pregunta a su hija “¿qué pasó?” pero al mismo tiempo en el sueño procura tranquilizarla y decirle que está bien. Tomarse ambas de la mano significa que el espíritu materno continúa con ella aunque no físicamente. La forma en que la hija la ve vestida y los colores de las prendas significan: el rojo, el amor que su madre siente hacia ella; el blanco, la honestidad con que la educó y los puntos negros algunos errores que cometió como ser humano. Lo importante para ella es que su hija esté tranquila. No debe preocuparse pensando que está viva en otro sitio. Ella descansa en la paz del Señor.

Les recuerdo a todos que al cementerio vamos a honrar los restos del cuerpo de un ser querido, pero su espíritu no está ahí sino alrededor de nosotros.

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PERFIL
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Nací en Barranquilla, Colombia, en 1949. Desde muy niña, a la edad de seis años, descubrí que poseía el don de interpretar los sueños. Al principio supuse que era una facultad natural que poseían todos los seres humanos. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo observé que no era así. Entonces, al llegar a la adolescencia, decidí ocultarlo para evitarme problemas y malos entendidos con quienes suponían que lo mío era un arte adivinatorio. Después de haber educado a mis hijos, de verlos casados e independientes, y ya retirada de mis ocupaciones laborales, consideré que había llegado la hora de desempolvar el don y ponerlo al servicio de los demás.

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